Poesías Alemanas, Paul Fleming

[Deuts­che Poemata]. Colección de versos de Paul Fleming (1609-1640), publicada en 1641 al cuidado de Olearius (Adam Oehlenschláger), célebre viajero y orientalista, amigo del autor, con quien había estado en Persia des­de 1635 a 1637.

Fleming era un discípulo de Opitz, pero como poeta supera en mucho al maestro, y aunque sus poesías obser­ven estrictamente las normas dictadas por el «legislador de la poesía alemana», con­servan una natural sencillez de expresión y una musicalidad más leve, fluida y es­pontánea. Este último mérito es debido a la educación particularmente musical que el autor recibió en la célebre escuela de canto de Leipzig — la «Thomasschule» — donde más tarde había de enseñar Sebas­tian Bach. Gran parte de las poesías de Fle­ming están dedicadas a los numerosos ami­gos desperdigados por el mundo, que reco­rrió en todas direcciones como agregado a la embajada en Rusia y en Persia, entre 1633 y 1635.

Durante dichos viajes conoció en Riga al Duque de Holstein y se enamoró de Elsabe Niehausen, amor desgraciado que le inspiró las poesías más hermosas, dedi­cadas a «Salvie» o «Basile» y otros nombres parecidos, todos más o menos acrósticos del nombre de la amada. Una de las más conocidas es la dedicada al «Corazón fiel», «inestimable tesoro» que consuela de toda pena y dolor, donde se repite al final de la estrofa el estribillo «porque tengo el corazón fiel». Entre las poesías de inspiración impersonal, no íntima sino religiosa y civil, hay que recordar entre otras los sonetos — por ejemplo, «Contra aquellos que sólo son alemanes de nombre», «A la madre Alema­nia», o el conmovedor «Aléjate de mí: sólo soy un pobre pecador». La fama de Opitz era todavía demasiado grande para que su discípulo pudiese al principio oscurecerla.

Sólo varios decenios después de su muerte se reconoció su mérito, y sus versos, sobre todo los «Salmos», se hicieron populares. Todavía hoy son cantados en las iglesias evangélicas durante el culto: el más cono­cido es el entonado «A la manera del Sal­mo 6.°», exaltación de la Providencia di­vina. Murió a los treinta y un años y dictó él mismo el epitafio para su tumba: «¿Por qué me preocupo tanto de exhalar el últi­mo suspiro? No hay nada en mí que viva, fuera de mi vida».

G. F. Ajroldi

Fleming tiene un ingenio gracioso, algo prosaico y burgués; hoy día ya no puede servir. (Goethe)