Poesías Alemanas, Christian Hofmann von Hofmannswaldau

[Deutsche Gedichte]. La vasta obra lírica del jefe de los marinistas alemanes — la llamada segunda «Escuela de Sile­sia» —, Christian Hofmann von Hofmannswaldau (1617-1679), ocupa los dos primeros volúmenes de la recopilación de Benjamín Neukirch: Herrn von Hofmannswaldau und andrer Deutschen auserlesener und bisher ungedruckter Gedichte erster und anderer Teil (Leipzig, 1695-1697).

Hábil artífice de versos fluidos y sonoros, magnífico señor del idioma, artista más que poeta, Hofmannswaldau, que se había formado en su patria en la escuela de Opitz y, viajando luego por Holanda, Inglaterra, Francia e Italia, había encontrado manera de ampliar y poner al día sus conocimientos de las lite­raturas modernas, recurrió ampliamente a todas las fuentes y tradujo (entre otras co­sas publicó en 1679 una traducción alemana de escaso mérito del Pastor Fido, v.), imitó, plagió, cultivó todos los géneros literarios entonces de moda, desde la cancioncilla galante de tipo francés hasta la epístola heroica, desde el epitalamio hasta el epi­grama, de la prosopopeya al poema sacro. Sobre todo tomó como modelo, en la forma y en el espíritu, la obra de Marino, al que celebró en las «Grabschriften» como al gran «praeceptor amorum», a quien la misma Venus tendió la mano y señaló a sus con­temporáneos como maestro insuperable de la dicción poética.

Sólo en sus años madu­ros Hofmannswaldau consiguió formarse un estilo propio, que puede considerarse como la más genuina expresión del panerotismo del siglo XVII. Combatido entre las opuestas tendencias del rigorismo histórico y calvinista y de la libre afirmación rena­centista de la íntegra naturaleza humana, el espíritu germano trata de liberarse en el supermundo del arte, donde el contraste se calma aparentemente en el equilibrio for­mal, sentido como victoria del hombre nue­vo sobre la materia sorda y rebelde. De ahí el orgullo del poeta artífice y el virtuosis­mo verbal y métrico que caracterizan a la nueva escuela. En el centro del cuadro que el poeta trabaja, está la mujer, no ya cria­tura de Dios, sino forma perfecta e ídolo de carne, cuya belleza es anhelada como el sumo bien concupiscente. A la insatisfecha ansia sensual se suma, como voz callada o expresa, pero siempre presente y viva, el sentido sórdido de la muerte que ma­dura en nosotros.

No es, pues, la pasión ni el sentimiento el alma de esta poesía: se centra por completo en la relación meta­fórica que el poeta de tarde en tarde crea libremente entre la efímera belleza terrena y los paradigmas de una perfección incorruptible. El arte, así como la historia, está concebido como «una guerra ilustre contra el Tiempo». Y como todas las luces con­vergen sobre el único objeto que el poeta ansia, de ahí la serie interminable de metá­foras de que se sirve para celebrar las gra­cias de su amada, que expresan la absoluta inadecuación de toda imagen terrena para significar el valor trascendente del bien su­premo. Aquí la línea infinita del barroco no es ya forma vacía, sino expresión de toda una cultura y de un alma.

Los dos móviles de la aspiración hacia el disfrute perfecto y la fugacidad del hombre, que combinándose en contrapunto componen el tema dominante de la mejor poesía de Hof­mannswaldau, en las poesías religiosas de años posteriores se fundirán en una armonía única y más amplia. Pero también aquí el poeta queda próximo a la tierra. No sólo el alma, sino todo el hombre, cuerpo y espí­ritu, siente ahora su dependencia de Aquél que por la semilla paterna y en la oscuridad del seno materno misteriosamente lo ha formado, para conducirlo algún día, caída la envoltura ter ena; hacia el goce que los deseos anuncian. Los sentidos, por virtud divina, quedan redimidos de la servidum­bre del pecado.

El ojo, que reflejaba como un espejo todas las formas del mundo, se fija en la luz eterna. El oído, antes sordo a las advertencias divinas, se ha abierto para escuchar al Padre. Y el Tiempo, antaño odia­do como el mayor enemigo del hombre, es llamado ahora a ser testigo, de la nueva vida.

C. Grünanger