Poemas, Oscar Venceslas de Lubicz Milosz

Oscar Venceslas de Lubicz Milosz (1877-1939), príncipe litua­no, llegado a París a finales de siglo, cón­sul de Lituania, que se naturalizó francés y se convirtió al catolicismo, fue uno de los más destacados representantes del sim­bolismo en Francia.

En sus primeros ver­sos, Poema de las decadencias (1899), Mi­losz acoge sin reservas los temas y descu­brimientos verbales del simbolismo. Pero lo que en muchos sólo era afectación, en Milosz enlazaba íntimamente con su experiencia personal y sus antecedentes nacio­nales y sociales. Este aristócrata, que arras­traba tras de sí una atmósfera de sombrías leyendas nórdicas, estaba perfectamente pre­parado para inundarse de melancolía, de tristeza y de esa laxitud que engendra el espectáculo de las civilizaciones agonizan­tes. En este sentido, fue poco original, pero supo conferir a los lamentos y languideces simbolistas una dignidad y altivez poco habituales, borrando de su spleen toda afec­tación. Estos primeros versos no constitu­yeron ningún éxito ni llamaron la atención del público sobre su autor, en momentos en que el simbolismo ya iba de capa caída.

Milosz, sin importarle que se le catalogase como «decadente», se recreaba pintando con las más negras tintas una tristeza que ningún resplandor místico venía a atenuar. Las siete soledades (1906) no hacen más que acentuar los caracteres de su primera obra. Estos alejandrinos, de un gran poder evo­cador, nos adentran en el ardiente ámbito dramático de un alma que no cesa de sen­tirse perseguida por la duda. Una inmensa tristeza se desprende de estos versos, donde la angustia de la muerte amenazante al­canza el paroxismo: «Y gracias a los ho­yos cavados por la negra primavera/los cuervos engordan de fría carne humana;/ y gracias al magro viento con voz de niño/ dulce es el sueño de los muertos de Lofoten./¡Ah, los muertos, incluso los muertos de Lofoten,/los muertos, en el fondo, están menos muertos que yo!» No obstante, el alma del poeta se ve surcada por misterio­sas reminiscencias de un mundo sobrenatu­ral que Milosz no sabe todavía concretar ni nombrar, pero que ya deja presentir su futura conversión. En el transcurso de los años que preceden a la guerra, Milosz viaja por toda Europa.

Convertido en un perso­naje cosmopolita (para lo que era terreno abonado por lo abigarrado de su ascen­dencia, su expatriación y su conocimiento de idiomas extranjeros), traduce, y casi siempre de un modo excelente, a los poetas líricos del’ Norte: Byron, Shélley, Coleridge, Goethe, Schiller, etc. Pero estos itinerarios europeos sirven, sobre todo, para que pron­to nazca un Milosz muy distinto del de sus primeras obras, que se expresará en Los elementos (1911). La calma y serenidad de los paisajes contemplados le han lle­vado a descubrir las promesas de esa espiritualidad que oscuramente buscaba. Su fer­vor religioso surge, pero todavía de un modo tímido y panteísta, en un esfuerzo para transformarse mentalmente en simple elemento del Cosmos inmenso. La misma muerte se transfigura, convirtiéndose en la promesa de eterna comunión con la vida del universo.

Esta evolución del pensamien­to de Milosz, este retorno al orden, se revela en su novela titulada Iniciación amorosa (v.) y sobre todo en su Miguel de Manara (v. Don Juan), donde don Juan se nos pre­senta como el místico caballero del amor humano y divino que quisiera abrazar todo el Universo con íntegra y absoluta pasión y que finalmente llegará a Dios. Milosz, convertido por completo a la fe católica, se transforma en un ferviente lector de la Biblia, en la que se inspiran la mayoría de sus poemas ulteriores. En Mephiboseth (1913) reemprende el tema del amor sublimado que ya había desarrollado en Miguel de Manara. De un modo parecido a como ha­bía resucitado la poesía oriental en esta última obra, Milosz expresará la nostalgia de su país natal en los poemas compuestos durante la guerra, publicados en 1915 bajo el título de Sinfonías.

Podría a primera vista parecer que no hubo ninguna evo­lución en el pensamiento de Milosz a raíz de su primer libro de versos; y, en efecto, aquí como en el Poema de las deca­dencias, la más amarga tristeza y los sue­ños de un pasado difuso, envuelto en las brumas, inaccesible, vienen a hacer más aguda la soledad del poeta: «Soledad, madre mía, vuelve a contarme mi vida». Pero la novedad de las Sinfonías («Sinfonía de sep­tiembre», «Sinfonía de noviembre» y «Sin­fonía inacabada») estriba en una resigna­ción gozosa que testimonia cumplidamente que Milosz se ha desembarazado de su anti­guo nihilismo. Tras las tristezas y las nos­talgias, surge la luz, signo de una nueva vida,0gustada ya en cierto modo y poseída: «Un sol interior/Se alza sobre las viejas comarcas de la memoria». Este impulso má­gico que triunfa de la angustia, se afirma todavía más en la Confesión de Lemuel (1922). «Las voces que oyes no proceden de las cosas», puede decir entonces con seguridad Milosz, que tratará, con las pala­bras más precisas que pueda encontrar, de relatarnos la ascensión que emprende en su Cántico del conocimiento: hele aquí, esca­pado de ese «mundo de la negación del adulterio y del asesinato», subiendo por la montaña, a pesar de «la demencia de la negra eternidad de al lado», e «inundado en la beatitud de la ascensión».

Una vez alcanzada así la plena madurez, Milosz abandona la rima y conquista su forma pro­pia y personal, punto de equilibrio entre el verso libre y el versículo claudeliano. Preocupado en lo sucesivo sólo por proble­mas espirituales, Milosz se aferra a la Bi­blia, que interpreta a través de un simbolis­mo muy oscuro. Los poemas místicos de esta época, el Salmo de la Reintegración, el Salmo del Rey de la Belleza y el Salmo de la Estrella Matutina, donde se nos aparece una Virgen insólita, fastuosamente cargada de ornamentos barrocos y hebreos, perte­necen mucho más a la experiencia espi­ritual propiamente dicha que a la literatura. Su hermetismo revela el fracaso de Milosz al pretender expresar los nuevos descubri­mientos de su alma. Es por ello que el poeta renunciará, desde entonces, a componer más poemas. Se concibe que esta obra haya per­manecido casi desconocida de los contem­poráneos. De atenerse sólo a la forma, hay que convenir que Milosz ha permanecido demasiado fiel a la estricta ortodoxia del simbolismo, incluso a las debilidades de éste. La gran virtud de sus Poemas es la de desprender un clima indistinto y pecu­liar, de un exotismo difuso y envolvente, y la de excitar en nosotros la evocación de esos misteriosos países legendarios, descu­biertos por Nerval, donde las almas fati­gadas aspirarán siempre a arribar para di­luirse en ellos.