Poemas Bárbaros, Charles-Marie-René Leconte de Lisie

[Poèmes barbares]. Colección de poesías de Charles-Marie-René Leconte de Lisie (1818-1894), publicada en 1862, con el título de Poesías bárbaras, am­pliada en la segunda edición (1872), que lleva su título definitivo. Con la visión pe­simista de los Poemas antiguos (v.) que se ha vuelto más cruel todavía, Leconte de Lisie continúa evocando las religiones creadas y destruidas por el espíritu huma­no.

Lejos de la sabiduría hindú, del sereno politeísmo griego, ahora son los cuadros terribles sacados de la Biblia (el poderoso byroniano «Quain», y la cruenta «Vigne de Nabot»), y otros sombríos, extraños, de las mitologías nórdicas, escandinava, finlandesa y céltica. También son recordadas las le­yendas cosmogónicas de la Polinesia. Hay sólo dos asomos del mito griego, tomados de un primitivismo tosco y feroz. Son carac­terísticos sobre todo los poemas nórdicos, netamente opuestos a los «antiguos»; oscu­ridad de los cielos, blancura eterna de las nieves, existencia ruda, apasionada y gue­rrera, tal vez buscada y amada en compa­ración con la civilización moderna, cortés, elegante, pero escéptica y vil. Los mitos de los Edda (v.), del Kalevala (v.), los célti­cos, austeros y poderosos, interesan también al poeta por su aversión al catolicismo, que los ha extinguido uno por uno, a veces con su bárbara fuerza medieval.

Mitos general­mente mal conocidos, de manera que estos poemas se imponen a menudo por la sola virtud del arte: así «Le cœur de Hialmar», «La mort de Sigurd», las melancólicas y delicadas «Larmes de l’ours». En «La Runoïa» se cuenta la última batalla entre paganismo y cristianismo, la inevitable vic­toria de éste, que también caerá, cuando los hombres arrojen el yugo de toda creencia. Pero al Cristo, el último nacido de las familias divinas, Leconte de Lisie expresa más de una vez su reverente sim­patía. A los cuadros históricos se añaden sencillos cuadros de la naturaleza, ardien­tes y luminosos, o de animales (entre los cuales son bellísimos «Les éléphants»), o nocturnos fúnebres, con la aspiración al final de la vida, a toda vida, como «Le vent froid de la nuit», que repite el elevado estoicismo de Alfred de Vigny. Austeramente delicado es su recuerdo ju­venil en «Le manchy» (litera de Mada­gascar). Porque el poeta, que vive y sufre su desolado pensamiento, afirma la volun­tad de no ostentar nunca en el verso sus pequeños dolores, para el vulgar placer de la muchedumbre (soneto «Les montreurs»).

V. Lugli

No habríamos citado a Leconte de Lisie como último poeta de cierto valor (antes del Pamaso y del Simbolismo) si en él no hubiese una fuente nueva y deliciosa de poesía, una frescura que él trajo sin duda de los países tropicales en que vivió. (Proust)

Vastos pasajes de narración con aquella porción de lo bárbaro que comporta el alejandrino francés, es decir muy poco. El Asia que nos presenta es un Asia de bi­blioteca. Su Grecia de cándidos mármoles, de cielo azul, de razón, de verdad, nos pa­rece hoy académica. Y es significativo que aquel poeta de los mitos no haya creado un solo mito vivo; no tenga ni su «Cen­tauro», ni su «Sátiro». (Thibaudet)