Poemas a Penique, James Joyce

[Pomes Penyeach). Publicada en inglés, en París en 1927, es una minúscula colección de trece poemas cortos del escritor irlandés James Joyce (1882-1941). Joyce, si fue artífice y escultor de la prosa, sin embargo, rehusó conside­rar la poesía como otra cosa que no fuera un pasatiempo y una diversión; para él, la prosa era viril; la poesía, le gustaba decir, convenía a las mujeres.

En efecto, la obra que nos ocupa, con Música de cámara (v.), es la- sola concesión que él hizo a la poe­sía. Puede verse además, en el mismo título de esta colección la realidad de este des­precio, de esta burla, verdadera o afectada. En inglés el título Pomes penyeach su­pone un significativo juego de palabras (y anuncia ya, en miniatura, la gigantesca transmutación del lenguaje, el retruécano trascendental, que debía ser la última obra de Joyce: La vela de Fvnnegan, v.). «Po­mes» es una transformación de «poems», pero también un recuerdo del francés «pommes» y por consiguiente del grito fa­miliar de las vendedoras y pequeños ven­dedores de manzanas que se encuentran por las esquinas de las calles de Dublin: «Penny each apples!» («A penique la man­zana»). Significativo igualmente el número de poemas: trece por docena, evidente­mente.

Y no obstante, a pesar de la burla de Joyce, todo hace pensar que se trata de una actitud de desprecio más hacia los hombres en general que hacia la poesía — los hombres que en la mayor parte de las ocasiones consideran la poesía como un juego —. Pues la hechura de estos trece poemas es absolutamente perfecta. Fiel a la más pura, tradición poética inglesa: la aliteración, que se emparenta directamente con el arte de este otro gran escritor y poeta irlandés, casi contemporáneo de Joyce, que fue W. B. Yeats (1865-1939). Es una poesía esencialmente musical, toda ella de medias tintas, con sonidos muelles y alineados, casi a boca cerrada, o dominando los soni­dos en «ou» largo (no debe olvidarse que James Joyce, muy amante de la música y poseedor de una hermosa voz de tenor, adoraba el «bel canto»).

De poema en poema el lector es arrebatado por la continuidad de este hilo poético que corre a lo largo de veinte años y, partiendo de Dublin (1904), pasa por Trieste y llega a París. En cuanto a los temas, son la fragilidad misma y par­ticipan del carácter exquisito del instante que muere y que uno quisiera retener. Es característica, en este sentido, la breve pieza titulada : «A flower Given To My Daughter» («Una flor dada a mi hija»): «Frágil es la blanca rosa y frágiles son/Las manos de aquélla a la que hizo don/Aquella del alma más pálida, consumida/Que es en el tiempo lívida marea». Pero hay fragilidades amargas y exquisitas aspere­zas. Algunos de estos poemas de a penique llevan en ellos todo el disgusto de la gaz­moñería humana, toda la dureza y el frío desencanto de la conciencia expectante, que son la marca señalada al rojo vivo en la obra de Joyce. Tal es, por ejemplo, el caso de «Recuerdo de los actores en un espejo a medianoche» [«A Memory of the Players In a Mirror at Midnight» ] : «Canto o palabra en ti es un soplo rancio/Fetidez felina tiene el aliento agrio/Lengua áspera…», donde se reconoce la voz de Stephen Dedalus, tal como resuena en el Ulises (v.) o en el Retrato del artista ado­lescente (v.).