Pero el Amor, Richard Dehmel

[Aber die Liebe]. Reco­pilación de poesías del poeta alemán Richard Dehmel (1863-1920), editada en 1893; el tí­tulo está inspirado en las palabras del após­tol San Pablo.

La obra fue acusada de irre­verencia religiosa y el autor procesado. En las Metamorfosis de Venus (v.), el poeta social con tendencias socialistas; en las su­cesivas el carácter del libro se transforma: sacadas algunas poesías insertadas más tarde en las Metamorfosis de Venus (v.) el poeta las sustituye con otras de composición más tardía y de inspiración erótica. El problema social, aunque profundamente sentido en su sustancia humana, tiene para Dehmel poeta sólo un interés transitorio: no es que no desease encontrar resonancia en el alma del pueblo, pero se daba cuenta de que el poeta se hace popular no ya a través de una contingente poesía política, sino creando una obra de arte que trascienda de sí mis­mo y de su propia época.

Incluso con la poesía de contenido erótico trataba de ha­blar al pueblo, tanto más cuando, según su pensamiento, el amor como sentimiento de solidaridad humana no es contrario al amor sensual, sino que constituye un complemento, en el que se amplía y perfecciona. Desde el punto de vista de la poesía, lo que distingue este volumen de las demás obras de Dehmel es su tono meditativo. El im­puso lírico no tiene ya la fuerza que tenía en Redenciones y que volverá a encontrar en Mujer y mundo (v.). La fusión del mo­tivo erótico con el motivo social aparece en muchas composiciones como un acto de reflexión, además de sentimiento; y Dehmel es llevado a menudo a formas de poesía ya no solamente líricas, sino también des­criptivas o narrativas.

No es en general el tono que mejor responde a su tempera­mento: sin embargo, en algunas composi­ciones— como «Una cita» [«Ein Stelldichein»] «Nocturno» (transcripción de un nocturno de Chopin), «La criada» [«Die Magd»], «El trabajador» [«Der Arbeitsmann»], «Canto de vendimia» [«Erntelied»], etcétera —, tanto la poesía de inspiración subjetiva como la de contenido social en­cuentran un calor de acentos que asegura su vitalidad.

L. C. Palmerini