Miguel Kramer, Gerhart Hauptmann

[Michael Kramer}. Drama de Gerhart Hauptmann (1862-1946), publicado en 1900. Señala un aparente re­torno del poeta al naturalismo después de las experiencias simbolistas iniciadas con Elga (v.).

El pintor Miguel Kramer, que enseña en la academia de pintura, ha llega­do al sentido del arte penetrando en el sentido de la vida; el arte es sólo para él una de sus últimas y más maduras expresiones, y piensa que quien no ha al­canzado la profundidad de la vida no pue­de plasmar una obra de arte. Por ello que­da asombrado y sorprendido cuando su hijo Arnold le trae uno de sus primeros e inseguros dibujos. Arnold es un desgra­ciado, y en vano el padre había esperado ver en él al continuador de su obra y de su sueño. Tullido físicamente, desviado mo­ralmente, Arnold amenaza con arruinar a toda la familia. Pero una noche es llevado a su casa muerto. Y en esta muerte, padre e hijo, que sin embargo se habían querido, se vuelven a encontrar. En un final gran­dioso Kramer vela durante la noche el cadáver de su hijo y observa los rasgos de su cara sobre los cuales, abandonados por la vida, se imprime ya sin ninguna desfigu­ración la huella del alma. Miguel Kramer ve finalmente a su hijo, aquel extraño ser que durante la vida se había adaptado a las circunstancias, como el agua a la forma del recipiente.

Ahora siente que «él es», y que si su alma quizá no se ha elevado, tampoco ha sido tocada por la mezquindad de la vida: «Ha permanecido como quien espera en la oscuridad y con paciencia». En la certidumbre de esta existencia con­siste el gran acontecimiento para el padre; la muerte le ha quitado el hijo, pero le ha vuelto vidente; y llevado por el dolor a examinar todos los valores de su vida, siente que después de aquel acto de glo­riosa grandeza nada mezquino ni efímero podrá mover ya su alma. Aquí el determinismo de la psicología hauptmanniana, el sentido irrevocable de la fatalidad, se ha convertido verdaderamente en un drama humano: el drama de la atormentada per­plejidad de Miguel que, a través de la muerte de su hijo, alcanza su catarsis.

O. S. Resnevich