Relatos sobre Troya

La leyenda troyana transmitida por los escritores latinos y sobre todo por la Eneida (v.), es uno de los temas preferidos por la literatura na­rrativa medieval (v. Ciclo clásico) y cuenta con gran número de reelaboraciones en to­das las lenguas cultas de Occidente.

*    El primer reflejo, en el orden del tiempo, es la Historia de la guerra de Troya [Ephemeris belli Troiani libri VI], atri­buida a un tal Dictes cretense, testigo de los hechos, pero que en realidad es una paráfrasis de refundiciones griegas de la Riada (v.), hecha por el que se titulaba traductor latino, Lucio Séptimo, del siglo IV o V, el cual afirma haber compendiado la obra de un texto griego en nueve libros, originariamente escrito en lengua fenicia. El pseudo-Dictes mezcla el «epos» homérico y el posthomérico, y, substituyendo el apa­rato mitológico por elementos fabulosos, nos da una novelesca narración de la gue­rra troyana, de la destrucción de la ciudad y de la partida de los griegos, hasta la muerte de Ulises (v.).

*    Dejando aparte el poemita la Destrucción de Troya del griego de Egipto, Trifiodoro (siglo V), último vástago del Ciclo épico griego (v.), se remonta al siglo VI otra fabulosa narración, La his­toria de la destrucción de Troya [De excidio Troiae historia], atribuida también a un pretendido testimonio de la gesta, el frigio Dares. El anónimo autor imagina que la historia fue encontrada en Atenas por Cornelio Nepote, el cual la tradujo al latín para dedicarla a Salustio. Pero estos nom­bres ilustres de los dos historiadores figu­ran sólo como etiqueta sobre una narra­ción pseudohistórica cuyo intento principal es el de narrar la leyenda homérica, no de modo homérico ni poético, sino prosaico y casi crítico. Homero, según su autor, que vivió muchos años después de los hechos troyanos, no debía ser buen conocedor de los acontecimientos, antes bien fue un embustero declarado, porque había osado escribir que los dioses habían bajado a la Tierra a combatir contra los hombres. En cambio, Dares, un frigio que había ido a combatir bajo las murallas de Troya, podía saber perfectamente cómo habían sucedido los acontecimientos. Este personaje de los. tiempos ilíacos narra toda la leyenda de las gestas de los Argonautas, de la primera destrucción de Troya, de su reconstrucción por Príamo, del viaje de Paris a Grecia, del rapto de Elena (v.) y de la expedición panaquea hasta la traición de Antenor y de Eneas (v.) que provocaron la caída de la ciudad. En abierta polémica contra Homero está en Dares su actitud filo troyana, que en el fondo era la más agradable para los ro­manos, convertidos ya por la Eneida (v.) virgiliana al odio antihelénico. El original griego, que el anónimo autor tuvo presente, no debía tal vez prever las transforma­ciones romanas de la leyenda, pero en com­pensación defendía el valor de las poblaciones indígenas del Asia Menor contra la orgullosa jactancia de los griegos de Euro­pa. La fortuna de esta obra en la Edad Media fue enorme: el Román de Troya, para no citar sino el ejemplo más ilustre, versificó esta narración, transmitida por manuscritos.

F. Della Corte

*    El Roman de Troie o Estoire de Troie, poema de cerca de 30.000 octosílabos pareados, en dialecto de la Turena (Francia), fue compuesto en torno al año 1165 por un tal Benoît de Sainte-More, tal vez el mismo maestro Benoît que por la misma época versificaba, cumpliendo el encargo de Enrique II Plantagenet, una crónica de los duques de Normandía. Tenemos del poema una edición crítica cuidada por Léopold Constans con el título Le roman de Troie, en s3eis volúmenes impresos en París desde 1904 a 1912. Este roman entra en el que suele llamarse Ciclo clásico (v.), de la época medieval. En él se narra de nuevo la historia fabulosa de Troya, pero no según homero, al que el Occidente medieval sólo conoció de nombre, sin hacer el menor caso de él, sino siguiendo las huellas, prin­cipalmente, de los dos textos latinos de Dictes y de Dares. La obra de Benoit co­mienza, pues, con la empresa de los Argo­nautas y la primera destrucción de Ilion; termina después de haber cantado el rena­cimiento de la ciudad, las vicisitudes del asedio y la disolución del ejército griego, refiriendo la suerte de cada uno de los hé­roes, comenzando por Ulises. En realidad el escritor francés permanece poco fiel a su declarado propósito de atenerse escrupulo­samente a las fuentes; al contrario, altera con frecuencia y sobre todo amplía tra­yendo a colación un sinfín de pormenores, con fácil vena y clara dicción, hábilmente atractiva, aunque por lo demás no siempre evite la vulgaridad de rima y de fraseo. En su poema se acentúa más que en el Ro­mán de Tebas (v.) (al cual, por lo demás, se parece muchísimo), por una parte, el gusto por una ciencia hecha de curiosidad, y por otra parte, el gusto por la galantería caballeresca; las historias de amor son su predilección y a ellas se dirige el mayor empeño de su fantasía. Es invención suya por entero, probablemente, y desarrollada con particular diligencia, el largo episodio de la pasión y muerte de Troilo (v.), aman­te feliz de Criseida (v.) mientras ella está junto a él, pero apenas su amada pasa del campo troyano al griego, lo olvida por Diomedes; este argumento había de ser re­cogido por Boccaccio en el Filóstrato (v.), luego por Chaucer, y pasar de mano en mano hasta llegar a las de Shakespeare. Es un tema célebre y muy difundido en la literatura europea.

S. Pellegrini

*    El poema de Benoît halló amplio favor en la Edad Media, especialmente en Alema­nia, porque según una antigua tradición los francos eran también descendientes, co­mo los romanos, de los troyanos fugitivos; y obtuvo allí más de una refundición. La primera fue el Canto de Troya [Liet von Troye], poema compuesto a principios del siglo XIII por el poeta alemán Herbort von Fritzlar por deseo del landgrave Hermann de Turingia (1190-1217) como preámbulo a la Eneida (v.) de Heinrich von Veldeke. El relato comienza remontándose a la ex­pedición de los Argonautas y a la conquista de Troya por Hércules para descender pau­latinamente a los hechos narrados por Ho­mero. Son frecuentes también en este Canto las descripciones de batallas, de escudos, de paisajes, etc. El Liet von Troye adapta la narración al tiempo, a la mitología y a las costumbres del país de su autor, y por este esfuerzo de adaptación al gusto de la Edad Media germánica, el poema de Herbort no podía resultar ni fiel al espíritu griego, ni obra de gran valor. Hay en él demasiado disfraz de los héroes griegos como caba­lleros medievales, demasiada preocupación porque cada acción corresponda a los pre­ceptos de gentileza y nobleza de la época cortesana. Además, en cuanto a la forma, el poema, con sus residuos populares y con sus asperezas, está lejos aún de la gran épica caballeresca que pronto llegará. Pero, precisamente por este carácter de transi­ción y preparación, su obra ofrece un in­terés histórico propio y no puede ser desdeñada.

M. Pensa

*    Otra refundición es la Guerra de Troya [Trojenischer Krieg], largo poema (en 40.424 versos) de Konrad von Wurzburg (1230-1287), el cual se sirvió además de la relación latina de Píndaro tebano y de la Aquileida (v.) de Estacio para hechos que el modelo francés no contenía. Y precisa­mente en esta parte de su obra Konrad dio libre curso a su fantasía perdiendo de vista el conjunto de la narración y deteniéndose en detalles secundarios. El poema halló un continuador que narró en 10.000 versos el epílogo de la guerra de Troya (regreso de los griegos a su patria, etc.) de manera todavía menos feliz, porque disfrazó hasta lo grotesco la vida de los griegos según el gusto convencional caballeresco alemán de la época.

M. Pensa

*    Hacia 1300 debió de ser compuesto otro poema alemán sobre el mismo tema, esto es, La guerra troyana [Del Trojaner Krieg] llamada de Gottweig por el nombre del convento de que proviene su códice. No es mejor que el poema de Konrad ni que el canto de Herbort von Fritzlar y, como éste, disfraza la epopeya griega a la manera cor­tesana utilizando motivos y maneras pro­pias del ciclo bretón y de la saga de Teodorico. Entre otras refundiciones posteriores de la guerra troyana son dignas de recor­dar tres novelas en prosa: una de Hans Mair, otra de Heinrich von Braunschweig y una tercera anónima.

M. Pensa

*    En Italia hubo la célebre refundición de Guido delle Colonne (siglo XIII) Historia Destructionis Troiae, terminada en 1287, impresa por primera vez alrededor de 1473, y luego en deficiente edición crítica por N. E. Griffin (1936). Bebiendo en la ex­tensa narración de Benoit (a quien, sin embargo, no nombra), Guido delle Colonne ofreció a sus contemporáneos, en una forma más sintética y en una lengua más difusa, el disfraz medieval de aquellas mixtificaciones literarias de la epopeya homérica que habían sido atribuidas a Dictes cretense y a Dares frigio. Cuenta, por lo tanto, cómo Jasón (v.) y Hércules (v.), dirigiéndose ha­cia la Cólquida, desembarcaron en Troade y fueron expulsados de mala forma de allí por Laomedonte. Después de la conquista del Vellocino, volvieron y tomaron terri­ble venganza de aquella afrenta, destru­yendo Troya y llevándose esclavas a sus mujeres. El insulto de Telamón a Hesione, hija de Laomedonte, dejó fecunda simiente de odio en la nueva Troya que resurgió bajo Príamo (v.). El rapto de Elena (v.) fue la consecuencia de este odio, y provocó la gran guerra, de la cual se describen en esta obra, por extenso, sus once batallas, con las muertes de los principales perso­najes: Héctor (v.), Deífobo, Sarpedón, Palamedes, Troilo, Memnón, Aquiles (v.), Antíloco (v.), Pentesilea (v.). Finalmente, Eneas (v.) y Antenor entregan la ciudad a los enemigos, y el sacerdote Toantes les vende el sagrado Paladio. Troya es des­truida: Eneas y Antenor emigran. También parten los caudillos griegos, cuyas princi­pales hazañas se refieren, deteniéndose so­bre todo en Agamenón (v.) y en Ulises, con cuya muerte termina el relato. Confluyen en éste todas las deformaciones experimenta­das por la epopeya homérica: el racionalis­mo de los relatos de Dares y Dictes, el dis­fraz medieval del Román de Troie con su tono sentimental y su larga vena de espíri­tu aventurero y caballeresco. Guido añade todavía una cosa nueva: un minucioso cui­dado en los pormenores que puedan acrecer la credulidad de los hechos referidos y un tono moralizante que se explaya en varias digresiones: sobre la falsedad de los dioses paganos, las tristes consecuencias de la des­cortesía de los príncipes, los peligros de la promiscuidad de los jóvenes y de las mu­jeres durante las fiestas, y así sucesivamen­te. La compilación de Guido fue traducida a todas las lenguas cultas y por su extra­ordinaria difusión eclipsó el original de Benoît.

E. C. Valla

*    Tanto del poema de Benoit como de la refundición de Guido delle Colonne se hicieron varias traducciones españolas con el título de Crónica troyana. Una de ellas, conservada en un códice de El Escorial, fue terminada en 1350; otra, en gallego, que perteneció al marqués de Santillana, publicada en 1900, es considerada como el documento más antiguo de la literatura ga­llega. Se conocen además una traducción bilingüe (gallego-castellana), una catalana que firma Jaime Conesa (1367) y otras muchísimas españolas.

*    En Italia se conoce también la Istorietta Troiana, versión en prosa vulgar del Ro­mán de Troie de Benoit o, más probable­mente, derivada de una refundición de ella, pues en muchos puntos presenta abrevia­ciones o discordancias. Ha llegado hasta nosotros incompleta en un códice laurenziano gaddiano (LXXI) de los primeros años del siglo XIV, y en un códice magliabechiano más tardío con el título «Questo é el libro de la destruction de Troie». Después de haber narrado la empresa de Jasón, sus amores con Medea y, después de la primera guerra entre griegos y troyanos, la primera destrucción de Troya, continúa con el rapto de Elena del templo de Venus. Todos los héroes de la segunda guerra son minucio­samente descritos; así Ulises «fue ricco re effu ñero, barbuto e piloso, grosso e corto efforte, savio e sottile, eppure il piü bello parladore chell’uomo saDesse». La muerte de Patroclo en un furibundo combate da lugar a una tregua, durante la cual Briséis, amada por Troilo, es restituida a su padre Toante, y por Diomedes hace traición a Troilo. Reanudada la lucha, resplandece el valor de Acciles (v. Aquiles) y de Héctor, que chorreando sangre es desarmado y llo­rado por mujeres y doncellas. Al comienzo de una reseña de «reyes, duques y baro­nes» griegos y de sus naves se interrumpe el manuscrito. Los amores de Jasón y Medea, el juicio de Paris entre «madonna Juno, madonna Palas y madonna Venus», la belleza de Elena, la magnificencia de la ciudadela de Troya y el lamento de Héc­tor herido forman episodios desarrollados con gracia y colorida vivacidad, en un len­guaje vulgar que se resiente de la traduc­ción del francés. Éste es el escrito más ar­tísticamente notable entre todos los que tratan en lengua vulgar la materia de Tro­ya, tan viva todavía en la Italia de la Edad Media, aunque disfrazada con los caracte­res y los elevados y generosos ideales de la caballería.

P. Onnis

*    Una versión dramática de la obra de Guido fue redactada en cerca de 28.000 ver­sos por el francés Jacques Milet (1425 aproximadamente-1466). Ignoramos si Ulstoire de la destruction de Troyes, uno de los raros ejemplos de teatro profano serio del siglo XV francés, fue representada; de todos modos obtuvo notable éxito literario, ates­tiguado por gran número de manuscritos y de impresiones antiguas (la primera de ellas de 1484; tenemos una edición mo­derna al cuidado de Edmund Stengel, pu­blicada en París en 1883). La acción, en cuatro jornadas, se inicia con la negativa por parte de los griegos a restituir a Hesione, hermana de Príamo, raptada por ellos, y con el consiguiente permiso dado por Príamo a Paris para robarle Elena a Menelao; continúa con el desembarco de los griegos en la Troada, y una serie de batallas en que caen Patroclo, Héctor, Aqui­les, Paris y la reina de las Amazonas: ter­mina con la introducción del .caballo  madera en la ciudad, el saqueo, el incendio, la matanza, la fuga de Eneas y la disolu­ción del ejército vencedor. El poeta se de­clara francamente partidario de los venci­dos y se esfuerza por desacreditar a los griegos, a los que atribuye, como se ha visto, la responsabilidad de la guerra; esta actitud tiene móvil nacional, pues el autor adoptó la fábula repetida desde el siglo VII hasta el XVI, del origen troyano de los francos. A pesar de su tono patético, el drama parece a los críticos pesado y pro­lijo; pero con justicia se alaba su versifi­cación rica en ritmos y melodías, con un timbre que sin duda alguna podría llamarse metastasiano.

S. Pellegrini