Los Señores del Mayorazgo, Ludwig von Arnim

[Die Majoratsherren]. Esta novela corta de Ludwig von Arnim (1781-1831), escrita y publi­cada eh 1820 en el «Taschenbuch zum geselligen Vergnügen» de Wendt, fue unida luego a la primera edición completa de sus obras (22 volúmenes) editada por su mu­jer Bettina Brentano y por W. Grimm (Ber­lín, 1839-48). La casa del mayorazgo de una familia noble francesa del antiguo ré­gimen, deshabitada desde hace muchos años por temor a una antigua maldición, es he­redada por un joven pálido y soñador.

Para librarse de la profecía que pesa so­bre la casa, el nuevo señor no va a vivir allí, pero se establece junto a un primo suyo llamado «el Teniente», un ex oficial que todavía se complace en llevar su viejo uniforme y corteja a una vieja dama de la corte, acicalada y entristecida por el re­cuerdo de su vida arruinada por un desa­fío amoroso. Desde la ventana de dicha casa, situada en el barrio judío, el joven señor, que está obsesionado por aparicio­nes de espíritus diabólicos, espía en la casa de enfrente a Esther, pálida muchacha ator­mentada por su madrastra Vasthi. Cada noche, en la casa de Esther, suena un pis­toletazo: la joven entra en una especie de «trance» y ve a personas con las que baila y celebra fiestas; y el señor enamorado par­ticipa de dichas alucinaciones y se ve con horror a sí mismo entrando y hablando con las visiones. En una de las visitas conoce el misterio que pesa sobre su casa: Esther es la verdadera hija de la señora del Ma­yorazgo a quien el joven creía su madre, mientras que él es hijo de la anciana dama de la corte, y la sustitución fue efectuada al nacer la muchacha, por la necesidad de tener un heredero varón. La historia es completada más tarde por la dama de la corte que afirma que ofreció la sus­titución de su hijo ilegítimo para privar de la herencia al primo teniente que había matado en duelo a su amante.

En la tensión de las visiones espectrales de ambos jóvenes, la novela se precipita inesperadamente: Esther, durante un desmayo, el día de sus bodas, es asesinada por la madrastra, y el señor que ha asistido a la escena desde la ventana muere por haber bebido en el vaso de Esther, donde el ángel de la muerte sumergió su espada. La casa maldita pasa entonces al teniente, pero la profecía se cumple también sobre él del modo más grotesco, pues se casa con la anciana dama que le hace la vida imposible llenando las habitaciones con perros y gatos y tiranizándole de todas las maneras. La novela combina, con una fantasía desenfrenada, todos los elementos más típicos del segun­do romanticismo: el sentido de lo maravi­lloso y de lo oculto, el misterio del sub­consciente, la magia y el ilusionismo, el compenetrarse de la realidad y del sueño, lo grotesco penetrado de aquella «ironía» que es uno de los cánones de la estética romántica y que aquí manifiesta plenaménte su efecto disgregador e impide una fusión armónica. La forma estilística es musical y rítmica, la expresión lozana pero como manchada de luces y sombras.

A. Cori