Los Persas, Esquilo

Tragedia del autor griego Esquilo (525-456 a. de C.), la única de asunto histórico reciente que nos ha quedado de todo el teatro griego.

Obra de maravillosa poesía, en la cual la próxima realidad histórica (la tragedia fue repre­sentada en la primavera de 472 y la batalla de Salamina — en la que intervino Esquilo, como antes en 490, en Maratón — ocurrió el 29 de septiembre de 480) queda transfigu­rada míticamente y situada en una lonta­nanza temporal y espacial, pero no alterada ni deformada. Bastó para esto que Esquilo colócase la escena de la tragedia, no en Ate­nas, sino en Susa, ésto es, a tres mil kiló­metros de distancia, a cuatro meses de mar­cha y de navegación de Atenas. Esta fue la gran invención de Esquilo. De manera que su tragedia no es tanto el canto de victoria de los atenienses, como el canto fúnebre de la derrota de los persas* Esta diferencia es fundamental. Los personajes son la reina (esto es, Atosa, la viuda de Darío), el mensajero, la sombra de Darío y Jerjes.

El coro está constituido por ancia­nos persas. Entran en escena estos últimos. Son los fieles del rey, los únicos hombres que han quedado en la patria. Vuelven para saber, para preguntar si han llegado noticias del innumerable ejército que par­tió hace ya tanto tiempo. Pesan en sus corazones y en sus palabras funestos presa­gios. Suenan nombres bárbaros de pueblos, de jefes vasallos. El Asia ha quedado vacía. ¿Quién volverá del ejército? ¿Volverá el rey? De aquí parten los que son los dos temas centrales de la tragedia: el imperio demasiado grande, la potencia y la riqueza demasiado grandes; y las culpas de esta potencia y riqueza son de orgullo y ciega desconfianza. ¿No habrá sobrepasado el orgullo los límites permitidos? ¿No estará al acecho Até vengadora? El primer canto del coro está ya lleno de este terror. En este punto llega Atosa, la mujer de Darío, la madre de Jerjes. Lo que dice está en el tono del canto del coro.

Narra un sueño que ha tenido y que le parece pre­sagiar desventura. Son menester libaciones propiciatorias. Para esto ha venido. Y he aquí el mensajero que viene de Atenas, de Salamina; es el nuncio de la desventura, de la derrota. Antes del relato seguido hay un diálogo, interrumpido a cada paso por exclamaciones y por gritos, lírico y reci­tado. El mar de Salamina está lleno de ca­dáveres. Se ven estos cadáveres todavía flotantes con sus anchas ropas, henchidas y suntuosas. Atosa escucha en silencio, ate­rrorizada. Y después pregunta: «Dinos, ¿quién no ha muerto?» «Jerjes, el rey, está vivo». Aquí comienza el largo relato de la batalla, dividido en tres momentos. El primero es la batalla naval en aguas de Salamina: avanzan los trirremes griegos; una voz desconocida, un peán, un himno: «Oh hijos de los helenos, libertad a la pa­tria» (402 y siguientes), etc.; y los atenien­ses caen sobre los persas como si fuesen atunes en una gran atunera resonante de golpes, espumeante de sangre, relampa­gueante de cuerpos que brillan.

El segundo momento es el episodio de Pritalea, una isla donde habían sido reunidos los persas más valerosos para que hiciesen estrago en los griegos derrotados que allí se refugia­sen; y una vez más fueron los griegos los que hicieron allí estrago en los persas. Y el tercer momento es la retirada desas­trosa, que sembró de muertos todos los caminos: de muertos de hambre, de sed, de frío; sobre todo de muertos anegados en el paso del Estrimón helado, que cedió al peso y arrolló a los fugitivos entre ímpetus de aguas y cúmulos de hielos. Toda la narración está dentro del tono lírico del dra­ma; dentro del mismo espíritu de la ven­ganza divina, como después lo interpretará Darío explícitamente. Es necesario evocar la sombra de Darío, dice la reina, pedir ayuda al anciano rey. Y la sombra del rey se levanta de su tumba, interpreta la de­rrota sufrida y prevé la nueva, la del año próximo, Platea.

Desaparece la sombra de Darío, y entra en escena Jerjes. Jerjes y el coro. Es una gran lamentación de tipo oriental con gritos y golpes de pecho y la­ceraciones de cabellos y túnicas. De cuando en cuando Jerjes o el coro dan el motivo del canto, y el otro responde. A partir del cuarto par de estrofas y antistrofas parece que las palabras se adelgazan cada vez más, pierden su valor de palabras, son gritos, lamentos, sollozos. La tragedia queda ence­rrada dentro de un cerco suyo de tan com­pacta unidad como tal vez, escasamente, se halla en dos o tres más del mismo Esquilo, que fue el compositor de las tragedias más unitarias. También esta tragedia formaba trilogía con otras dos ahora perdidas, el Fineo, que era la primera, y el Glauco Potnieo, que era la tercera; pero no se ha logrado comprender qué ligamen pudieran tener, ni siquiera mítico, con los Persas.

Pericles fue corega de la representación de esta tragedia cuando apenas, en 472, con­taba poco más de veinte años. [Trad. espa­ñola de Fernando Segundo Brieva y Salva­tierra en Las siete tragedias de Eschylo (Madrid, 1880) y en el tomo II de la última edición (Madrid, 1942). Existe, además, la versión de Enrique Diez Cañedo traducida de la versión francesa de Leconte de Lisie (Valencia, 1915)].

M. Valgimigli