Los Bandidos, Friedrich Schiller

[Die Rduber]. Trage­dia en cinco actos, la primera de las obras dramáticas de Friedrich Schiller (1759-1805), publicada anónima en 1781 (la 2.a ed. con el famoso lema «In Tyrannos», que no es de la mano del poeta, es de 1782, año en que tuvo efecto la primera representación, en Mannheim, bajo la dirección del barón von Dalberg). Franz Moor, con malas artes, logra de su padre autorización para respon­der en su nombre a su hermano Carlos (v.), quien ha manifestado a su viejo progeni­tor, en una carta, su arrepentimiento y so­licita perdón por la disolución de su vida estudiantil, lejos del hogar paterno. La res­puesta que debía ser sólo admonitiva y de reconciliación, se convierte, en las manes pérfidas de Franz, en una inexorable condena del hijo, que es repudiado y deshere­dado. Carlos queda abrumado ante la ines­perada severidad de la respuesta, que él recibe en el preciso momento en que con­versa con sus compañeros sobre la corrup­ción del siglo. Esta injusticia prende en él la llama de la rebelión, y acepta la fatal propuesta de sus compañeros para ponerse al frente de una cuadrilla de bandoleros, con el propósito de vengar todas las vio­lencias, iniquidades y tiranías. Entre tanto, Franz, que pretende ganar el corazón de Amalia, novia de Carlos, hace creer a ésta lo mismo que al padre, que el hermano ha muerto en la guerra. A su vez, Carlos, as­queado de que la realización de sus ideales le imponga atacar por igual a inocentes y culpables, siente el anhelo de recobrar la inocencia de su lejana infancia, que le em­puja hacia la casa paterna.

Como Franz no ha logrado vencer la fidelidad de Amalia, ni con lisonjas ni con amenazas, vuelca su maldad contra Carlos, sin pararse en las mayores bajezas. Pero Carlos no quiere mancharse de sangre fraterna, y como ya él tampoco se siente digno de amar a Ama­lia, vuelve a alejarse del castillo de su fa­milia. En un bosque próximo descubre a su padre, que todos creían muerto de dolor por la pérdida del hijo cuando la realidad es que había sido enterrado vivo por Franz. Carlos se propone vengarlo. Franz, hundido en la mayor bajeza espiritual y física, blas­fema contra Dios e incluso le desafía en presencia de un sacerdote, el pastor Moser, pero en el mismo instante tiembla ante el castigo eterno que sobre él se cierne y, cuando oye aproximarse a los compañeros de su hermano, que se proponen hacer justi­cia con él, se suicida. Pero también queda por cumplirse el destino de Carlos. El padre, viendo en él solamente al bandido y el asesino de su hermano, muere de dolor; él mismo, convencido de que ya no es digno de la mujer amada, acaba por matarla y comprendiendo que ha destruido el mundo de la justicia y la moral que él trataba de salvar con el exterminio y la sangre, se en­trega en manos de la justicia. Esta trage­dia, concebida ya en 1777, es el gesto re­belde de aquel poeta de dieciocho años con­tra la sociedad de su tiempo y la despótica tiranía del duque Carlos Eugenio (1728- 1793), a quien conoció en la Academia mi­litar (Karlsakademie), donde se vio obli­gado a residir desde 1773 a 1780. La influen­cia de Shakespeare, inspirador de los jó­venes poetas alemanes de la época (Franz recuerda a Edmundo del Rey Lear, v.), de Rousseau, cuyos inofensivos y dulces pri­mitivos se convierten en bandidos violen­tos y sanguinarios, de Lessing, que había ensalzado la llama pura de la virtud bur­guesa contra el despotismo de los príncipes en su Emilia Galotti (v.), de Goethe, que en su Werther (v.) había encontrado acentos de un nuevo sentimentalismo y humanidad; el influjo, sobre todo, de los poetas del «Sturm und Drang» (Goethe, con el Goetz de Berlichingen, v., Leisewitz con Julio de Tarento, v., Klinger con Los gemelos, v.), que habían exaltado héroes sobrehumanos, reyes superiores a toda ley y atacado en su raíz el derecho y la justicia del orden es­tablecido, se manifiesta claramente en esta primera obra del poeta, junto a su inexpe­riencia juvenil, que él mismo confiesa en la revista «Rheinische Thalia».

Por todo ello sus protagonistas carecen del justo equili­brio que equidista del ángel y del demo­nio, y se alinean entre las criaturas sin tra­bas del «Sturm und Drang» (v.), que tan­to entusiasmaban a los contemporáneos. Más que seres humanos, los protagonistas del drama son símbolos del mundo espiritual del poeta. Así, Carlos, modelo ideal del joven deseoso de libertad, en lucha con­tra la tiranía y la inmoralidad e inclinado al mismo tiempo hacia los más delicados sentimientos de amor y de amistad, y a veces de melancólica compasión, no puede vencer el contraste entre la abstracta vir­tud de su voluntad y su palabra, y su vida, marcada por el asesinato y la destrucción. Tampoco a Franz, sentina de los más bajos instintos, no acierta Schiller a darle —ex­ceptuando la primera escena del quinto ac­to — un soplo cálido de pasión que lo haga verdaderamente humano. Lo mismo puede decirse respecto a Amalia, símbolo de la joven amada, cuyo carácter se nos muestra contradictorio e incierto, fluctuando entre nobles y sobrenaturales sentimientos, de una parte, y ardor e ímpetu heroico, por otra. La predilección de Schiller por el tea­tro de masas se manifiesta en las figuras secundarias que se agrupan alrededor de los protagonistas, hasta formar casi el coro de la tragedia en una rica gama de matices y variaciones, del fiel Schweizer al leal Roller, al miserable Schufterle, hasta el tipo pati­bulario del judío Spiegelberg. A pesar de to­dos los defectos antes señalados, el genio dramático de Schiller se muestra patente en la composición amplia y firme de la tra­gedia, en su desenvolvimiento lógico, en la rebusca consciente de los efectos, en la ha­bilidad con que las situaciones y figuras son proyectadas con sus justas proporciones dentro de una segura perspectiva. Aunque repita el viejo tema del contraste entre her­manos, el poeta tiende hacia una esfera es­piritual superior, hacia una humanidad ideal.

Comprende que el mundo nuevo no debe surgir de la demolición y destrucción de todo lo pasado sino de la renovación espiritual. Al terminar la tragedia, Carlos, este ángel gigantesco de luz y de tinieblas que todo lo ha trastornado a lo largo de su camino, convencido de que «la ley no ha logrado formar todavía un hombre grande, mientras la libertad engendra colosos», pro­rrumpe en estas palabras: «¡Oh, loco de mí, que creí hacer un mundo mejor con el horror y asegurar la ley luchando contra ella misma! He aquí que me hallo al límite de una vida atroz… y comprendo que dos hombres como yo hubieran podido derribar el edificio entero del mundo moral. El or­den pisoteado requiere una víctima que re­fleje su inviolable majestad ante todos los hombres. Esta víctima soy yo». Én Los Ban­didos se revela ya el contenido ideal que persistirá como motivo inspirador del poeta y que Goethe resume en un breve e insu­perable juicio: «Toda la obra de Schiller está animada por la idea de la libertad, que adopta incesantemente formas diversas a medida que el poeta hace más profunda su cultura y desarrolla su mundo interior.»[Trad. de J. Fernández Matheu (Barcelona, 1867), de Eduardo Mier, en Obras dramáti­cas (Madrid, 1881) y de José Yxart en Dra­mas (Barcelona, 1881-82)].

G. Gabetti

*   Este drama, que reúne en sí tantas pa­siones violentas y tan fuertes claroscuros románticos, había de ser recogido y elabo­rado repetidamente por los músicos. La tra­gedia schilleriana ha sido objeto de una ópera cuya partitura compuso Johann Rudolf Zumsteeg (1760-1802); músico también un libreto de Crescini, sacado de la obra de Schiller y titulado Briganti, Saverio Mercadante (1795-1870), ópera que fue repre­sentada en París, el año 1836, aunque no figura entre las mejores de dicho compo­sitor. La música de Mercadante, clásica y acabada en su desarrollo, se ajusta mal a las bruscas transiciones del argumento y de las situaciones escénicas.

*   También compuso una ópera titulada Masnadieri, el italiano Giuseppe Verdi (1813-1901), sobre un libreto de Andrea Maffei, que recogió el argumento de Schi­ller. La ópera fue estrenada en Londres el año 1847, pero no logró una favorable aco­gida; la música no responde con el debido vigor a la violencia del drama y debe considerarse como una de las óperas secunda­rias de Verdi.