Las Cuitas del Joven Werther, Wolfgang Goethe

[Die Leiden des jungen Werther]. Primera gran obra de Wolfgang Goethe (1749-1832), publicada en 1774, vuelta a elaborar en 1782 en su forma actual. Es una novela en car­tas y en notas, como la Nueva Eloísa (v.) de Rousseau, pero con un solo corresponsal. Otra diferencia: Goethe escribe sin ningu­na preocupación retórica ni filosófica, pre­ocupaciones de las que Rousseau tanto abu­só.

La trama es muy sencilla: Werther llega a la pequeña ciudad, traba conocimiento con Carlota, sabe demasiado tarde, luego de haberse enamorado, que es la prometida de Alberto, alma honrada, pero árida y de miras estrechas. Werther se hace amigo su­yo, en tanto Alberto, aún dudando de sus sentimientos, le permite continuar viendo a Carlota. La cosa sigue adelante, el dulce veneno penetra más profundamente en las venas del ardoroso amante, que adivina que Carlota, arrastrada por la fuerza de su pa­sión, se siente también atraída hacia él. Una sola vez, tiene el valor de cubrirla de besos. Poco después, cae en la desespera­ción; en una escena desgarradora de adiós, dice que parte para un corto viaje, y se mata con la pistola que ha mandado recoger por su criado en casa de Carlota, y que ella ha entregado temblando. La novela, tuvo inmediata y enorme resonancia en toda Europa. Napoleón la llevaba consigo en la campaña de Egipto. Resultaba un libro lle­no de novedad; sobre todo en la descrip­ción de la vida y de las costumbres de la burguesía. Se habían publicado, es verdad, las novelas de Richardson, de Smollett, de Rousseau, pero la burguesía alemana era distinta de la francesa y de la inglesa; en cierto sentido, era más joven que aquéllas, en lo que se refiere a su distanciamiento de la política, y además resultaba más ingenua y más fresca.

La novela de Goethe, está por eso llena de realismo poético; entramos en la intimidad, vemos en ella la vida de familia, un baile, los niños. Las demás cla­ses sociales (los nobles, el pueblo ordina­rio) sirven para encuadrar lo puramente burgués, haciéndolo resaltar todavía más. Además,, se trata de una novela de amor, o mejor dicho, de deseos de amar. El corazón de Werther no tiene nada que interiormente se oponga a ello, por lo que todo sentimien­to que en él nace, se hace dominante, ocupándolo por completo. Tampoco le perju­dica lo tenue de la intriga, ni la ingenuidad de los tres protagonistas; la parvedad del enredo es algo así como el estudio de un especialista; vamos a conocer en este largo monólogo de cartas, ángulos secretos y co­rrientes hasta entonces desconocidos del co­razón humano. La voz de la pasión, no ha­bía resonado nunca en la poesía con tanta intimidad de entrega. En fin, Werther ado­ra la naturaleza. Su amor, que no ha podido expansionarse, refluyendo en su co­razón que sufre, lo hace todavía más acce­sible a toda la poesía de la naturaleza, de la cual tiene una comprensión muy distin­ta de la de Rousseau, y de su idea de la calma, de la paz, de la bondad naturales. En la contemplación de la naturaleza, sus sentimientos repercuten con resonancias in­finitas, de fondo vagamente panteísta. El Werther funde así en el crisol goethiano to­dos los elementos que el «Sturm und Drang» (v.) presentía y dándoles consistencia poéti­ca y forma, los transporta de lo irreal a la realidad psicológica, crea la novela moderna, y echa las bases del romanticismo intimista.

El estudio psicológico del personaje, está llevado con tal profundidad que todo con­curre para revelarnos y esclarecernos las gradaciones de la acción, tanto en los epi­sodios de la vida, como en el paisaje. En efecto, la primera parte, en la que se sienten los ecos del culto del joven Goethe por la ingenuidad homérica es idílica, tanto en la descripción de la naturaleza primaveral, como en las escenas patriarcales; la segunda, en la que a veces resulta evidente el eco de Ossián, se ve alterada por el terrible temporal, tiene un aire tristemente otoñal y prepara la trágica conclusión. Además, en toda la novela se respira un aire de vida vivida. Los propios personajes principales, están tomados directamente de la realidad. El modelo de Lotte, es Charlotte Buff, ama­da por Goethe durante los meses que pasó en Wetzlar durante la primavera y el ve­rano de 1772; y Alberto es J. G. Cristian Kestner, su novio, y más tarde, desde abril de 1773, su marido. Las cartas a Lotte y a Ketsner, el diario de Ketsner, los contem­poráneos desfogues epistolares de Goethe en las cartas a otros amigos, constituyen, para el estudio de lo que es «poesía y ver­dad» en el Werther, un documento singu­lar, seguramente único en la historia de la poesía. Goethe hizo pasar directamente a la novela, transfigurándolas, todas sus expe­riencias, desde el momento idílico de la pasión naciente, hasta el momento dramá­tico de la inevitable y dolorosa separación.

Y cuando Goethe, lejos ya de Wetzlar, se ocupaba en la composición de su obra, fue todavía Ketsner quien le envió la noticia del suicidio del joven diplomático y filó­sofo Jerusalem (30 de octubre de 1772), no­ticia que sugirió a Goethe el pistoletazo con que la novela termina. También otros acontecimientos íntimos de la vida del jo­ven Goethe, pudieron tal vez encontrar en el Werther un eco, tal, por ejemplo, la llamarada de simpatía por Maximiliano La- rocha Brentano; pero el mismo Goethe, al enviar a Lotte un ejemplar de la novela con palabras emocionadas por el acento de la antigua pasión, hacía notar en la carta que la acompañaba, el rescoldo de amor que le había dado vida. La «sensibilidad» del si­glo XVIII, tiene en la novela de Goethe su obra poética más típica y en la que se halló a sí misma y se reconoció en seguida. Su influencia fue mucho más allá del mun­do de la pura poesía; no es que determinara propiamente un nuevo lenguaje poético, pe­ro inspiró la moda de tomar como motivo a la realidad misma de la vida. El propio Goethe, frente a la repetición de casos de suicidios por amor que la lectura del Werther favorecía, se decidió a poner en boca de Werther en una poesía de 1775 la ad­monición: «soy un hombre, no sigáis mi ejemplo». [La primera versión castellana, anónima, es la de París, 1803, a la que siguen otras varias, también anónimas, de Barcelona y Valencia, 1819. La mejor tra­ducción clásica es la de José Mor de Fuen­tes (Barcelona, 1835), reimpresa moderna­mente (Madrid, 1919). La más escrupulosa y fiel es la de R. Cansinos Assens, en las Obras completas de Goethe (Madrid, 1950)].

F. Lion

Goethe parece un Galileo mirando con el telescopio en el alma y descubriendo en ella todo lo que hay. (De Sanctis)

Comenzó a perturbar a la casera Germania con la turbulenta pasión de Werther y contaminó con sangre suicida los hogares domésticos, alegres hasta entonces con el árbol de Navidad y el pan de especias. (Carducci)

Es la situación sin límites de la juventud. (Hoffmansthal)

Es el libro de uno que sabe, de uno que entiende, y que, sin ser Werther, penetra plenamente en Werther y palpita con él, sin delirar con él. En esto consiste su encanto: en la fusión perfecta entre la proximidad del sentir y la mediación de la razón; en la unión del ímpetu pasional con la trans­parencia de aquel tumulto. (B. Croce)

*         Una de las primeras elaboraciones musicales de la novela de Goethe, es la ópera Wherter, de Vincenzo Puccita (1778-1861), representada en Milán, 1804.

*         De la misma novela Edouard Elau, Paul Pilliet y G. Hartmann, tomaron el libre topara la ópera en cuatro actos Werther, de Jules-Emile Massenet (1842-1912), representada por primera vez en Viena en 1892 y al año siguiente en París. Es una de las obras típicas de la vasta producción de Massenet, y seguramente aquella en que los caracteres fundamentales de su arte llegan a su má­xima expresión. La acostumbrada belleza formal, unida al finísimo colorido de la or­questa, están más de manifiesto en ella que en ninguna de sus obras anteriores, gracias a una concepción musical puramente lírica y melódica; el encanto amoroso está captado, si no con profunda humanidad, sí con gran sensibilidad artística, y alcanza un acento verdaderamente patético en el aria de Wer­ther «¡Ah! No me despiertes, soplo de abril», que es uno de los trozos más célebres de la obra. No toda ella se ha conservado hasta hoy fresca y atrayente; gran parte del se­gundo acto, carece de interés, asimismo las figuras de segundo orden entre las que se cuenta Sofía, tienen muy poco relieve. No falta tampoco alguna concesión al público, y algunas páginas adolecen de una dulzura de efectos demasiado fáciles. Mas a pesar de ello, la obra es sustancialmente orgánica y sentida y, con Manon (v.), constituye se­guramente la única producción que se ha demostrado vital entre las creaciones del fecundísimo autor.

F. A. Mella

*   Otra ópera con el mismo título, compuso Víctor Vreus (n. 1876). También ofrece al­gún interés la obra L’Ombra di Werther, de Alberto Randegger júnior (1880-1918), re­presentada en Trieste en 1899.