La Vida es Sueño, Calderón de la Barca

Drama de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681), compues­to y estrenado entre 1631 y 1635; publicado en la primera parte de su teatro (Madrid, 1636) y al mismo tiempo en Zaragoza en la Parte treinta de comedias de varios autores.

La gran concepción poética que Calderón nos ha transmitido es la que in­forma toda su producción dramática: la vida humana es un sueño del cual desper­taremos más allá del tiempo. Todas las cosas del mundo son ilusorias; no tienen en sí ningún valor, sino el que les confiere la vida de nuestros sentidos y de nuestras- pasiones inmediatas, y será también una ilusión el mundo de las ideas, cuando su necesidad sea deducida exclusivamente de la percepción sensible. La necesidad de la idea debe ser deducida de nuestra misma razón que nos convence de ella; una nece­sidad espiritual creada por nosotros y libre­mente querida; y por eso había de ser tal que más allá del móvil infundido por las cosas nos hace hallar lo permanente y lo eterno. Sólo entonces somos artistas de nuestra vida íntima y creadores de nuestra verdadera libertad, por encima y fuera de todas las influencias cósmicas o astrales que cruzan por el universo de los cuerpos.

En las raíces del drama de Calderón está la loca ciencia de Basilio, imaginario rey de Polonia. Experto en astrología, ha deducido de ciertos horóscopos que tendría un hijo pérfido y malvado, y que le derribaría del trono, hundiendo el país en la anarquía. Para evitar tanta desgracia, el rey mandó encerrar secretamente a su propio hijo Se­gismundo (v.) en cuanto nació; y nació ya causando la muerte de su madre, como los astros lo habían predicho. Lo encerró en un castillo perdido entre montes salvajes, confiándolo a la custodia de su fiel Clotaldo. La acción del drama se desenvuelve recti­línea y estriba toda, según el gusto de la época barroca, en el paralelismo de dos coordenadas psicológicas que se iluminan entre sí en fuertes claroscuros y contrapo­siciones violentas con una profundización de sus particulares motivos: las vicisitudes de Segismundo, que lo conducirán a la conquista de su verdadera libertad, y las de Rosaura, una joven que, disfrazada de hombre, va siguiendo el rastro del hombre que la ha seducido y abandonado.

Las dos acciones avanzan autónomas, pero una con otra se enlazan, se anudan, se separan; y lo que las corona, culminando la conclu­sión del drama, es la obra de justicia que Segismundo cumple con rectitud de ánimo, dando a cada cual lo suyo, sin perjudicar en nada la personalidad de nadie. Arte constructivo de Calderón, que encierra den­tro de sí el símbolo concreto, el senti­miento de la vida que el poeta vive y conoce como áspera conquista de libertad en la medida misma que la vida de la razón con­sigue dominar en nosotros la de los sen­tidos y de las pasiones. El drama se inicia revelando el ánimo exacerbado de Segis­mundo en su soledad inhumana y salvaje. Cubierto de pieles y encadenado como una fiera, maldice y odia la existencia, mientras anhela desesperadamente aquella libertad que es ausencia de toda constricción; la libertad de vida de que gozan hasta las criaturas irracionales que la ejercen con gozo.

La inesperada aparición de la bellísima e infeliz Rosaura, la cual le habla con feme­nina ternura y compasiva bondad, lo calma por un instante, aunque acaba por hacerle sentir con mayor intensidad su interior des­armonía de tendencias que se -combaten: la convivencia en él del hombre y de la bestia. Y en verdad el hombre no nace libre, esto es, señor de sí mismo, sino que llega a serlo con tal que sirva primero; de modo que cuando Segismundo, por voluntad del rey Basilio, que duda todavía si debe pri­varlo del derecho de sucesión al trono, sea sometido a una prueba que demuestre su carácter, él se revelará necesariamente como naturaleza inculta y hombre incapaz de dominarse y dirigirse, porque es víctima de las discordantes postulaciones del ins­tinto. Inmerso en el sueño y transportado al palacio real, Segismundo despierta entre gente que se le humilla y hace reverencias. Vacilante, perplejo, no sabe si confiarse a la percepción de los sentidos; pero de pron­to se aferra a la conciencia de sí mismo para convencerse de que no sueña.

Su car­celero Clotaldo le revela que él es hijo del rey Basilio y príncipe heredero de Polonia. Inmediatamente Segismundo estalla contra él y contra el rey porque, al negarle lo que le era debido por ley de naturaleza, el rey ha faltado a la justicia y ha impuesto a su criado una injusticia. Como príncipe de nacimiento, Segismundo exige de los demás los honores que le corresponden; pero obra con los demás como tirano, haciendo arbi­trariamente todo cuanto le place, sin admi­tir excusas ni negativas. Soberbio para con todos, violento contra todos, impetuoso en su ira, Segismundo llega a ser homicida y culpa de todo ello al rey, que se horroriza y lo rechaza como hijo; y no le falta razón, pues su padre le ha dejado crecer como bestia en lugar de educarle como hombre. Sólo ante Rosaura, que ha llegado a la cor­te, donde ha encontrado al amante que le ha hecho traición, la furia de Segismundo se aplaca. Se exalta al admirar tanta belle­za, y anhela hacerla suya.

El rey Basilio se reafirma en la verdad de lo que pronos­ticaron los astros; su hijo es un malvado, un violento; y manda volverle otra vez, dormido, a su antigua prisión. Apenas des­pierta Segismundo, sin poder darse razón de lo que le sucede, se encuentra de nuevo encadenado como antes, en la misma pri­sión, y ha de reconocer necesariamente — porque puede dudar de todo menos de sí mismo — que ha tenido un espléndido sueño. Sus dos experiencias, la de la pri­sión y la de príncipe en el palacio real, se sitúan para él en un mismo plano, dentro de una misma trama de vida vivida, con plena conciencia de su propio yo. Verdad es que Segismundo trae a su memoria cosas vistas por sus propios ojos y tocadas con sus propias manos; de manera que de todo ello no puede sacar sino una conclusión:

«Ni aun agora he despertado;/que según, Clotaldo, entiendo,/todavía estoy durmien­do,/y no estoy muy engañado;/porque si ha sido soñado/lo que vi palpable y cierto,/lo que veo será incierto;/y no es mucho que, rendido,/pues veo estando dormido,/que sueñe estando despierto».

Al negar realidad a las cosas a que Segismundo se había afe­rrado para aferrarse a sí mismo y recono­cerse como verdadero príncipe de Polonia, en su propio palacio real, debe ahora nece­sariamente negar fe a la realidad de las cosas que ahora lo rodean y a las cuales se aferra para reconocerse como prisionero. De modo que las cosas por él vistas y toca­das no son sino puras imágenes: las imá­genes de un sueño que él vive con los ojos abiertos, con plena conciencia de sí mis­mo, mientras sueña ser este o aquel perso­naje: el príncipe y el prisionero, que aque­llas imágenes le inducen a reconocer en sí mismo. De su experiencia de príncipe no le queda a Segismundo sino la sombra de un sueño. Todo ha terminado ya para él; todo menos su pasión por una mujer hermosa (Rosaura) a la que amaba… Es todo cuanto le basta para asegurarle la identidad de sí mismo, en sueño como en vigilia. Y en ese caso el problema de la vida, en relación con la vana fantasmagoría del mundo sen­sible, se le ilumina con luz nueva. Toda la vida es un sueño, que es menester vivir con la conciencia de que es un sueño, del cual habremos de despertar un día, llevando con nosotros solamente la riqueza del bien cumplido:

«¿Qué es la vida? Una ilusión,/ una sombra, una ficción/y el mayor bien es pequeño/que toda la vida es sueño/y los sueños sueños son».

Con este sentimiento de la vida, obrará Segismundo en adelante, protagonista de acontecimientos que el pro­pio rey Basilio ha determinado, designando para sucederle en el trono a sus dos sobrinos Astolfo y Estrella. Contra esta decisión se rebela el pueblo: corre a la prisión donde Segismundo está encerrado y lo aclama rey de Polonia. Primero Segismundo duda que cuanto le sucede sea un sueño vano; des­pués cede a ese sueño y acepta soñar, po­niéndose a la cabeza de los rebeldes y guián­dolos a la batalla. Por el camino se le pre­senta Rosaura que, vestida de soldado, le pide socorro para vengarse de Astolfo, el seductor que le ha hecho traición y se ha prometido a Estrella. Ella se le da a cono­cer recordándole sus encuentros en la sole­dad del castillo y entre los esplendores del palacio real. ¿Entonces fue verdadera su experiencia de príncipe?, concluye para sí Segismundo; ¿verdadera y en todo semejante a la que ahora vive como guerrero? ¿Ver­dad o sueño una y otra? Su razón vacila agarrándose a las cosas, porque las cosas son ilusorias.

Pero Rosaura está allí pre­sente. ¿Por qué no aprovecharse de su be­lleza y gozar del instante que vuela? Breve ilusión del sentido, de la cual será menes­ter despertarse acto seguido. No; la única verdad cierta que entre tantas y vanas ilu­siones Segismundo podrá conocer, será la que le dé razón de sí mismo y que, en el orden de la acción, le persuada de un bien alcanzado y que nadie podrá quitarle nunca.

«Acudamos a lo eterno;/que es la fama vi­vidora/donde ni duermen las dichas,/ni las grandezas reposan»,

exclama Segismundo. Alegría de un alma que sólo se apoya en sí misma y se revela toda como razón moral que la guía en un eterno presente: una razón absoluta válida en toda estación. A la ca­beza de su pueblo Segismundo deshace las fuerzas del rey, el cual a los pies de su hijo prosterna en el polvo sus canos cabellos. De este modo se realiza lo que los astros habían pronosticado y se realiza porque Basilio, haciéndose esclavo de las leyes de los astros se ha negado a la vida de aquella razón na­tural que exige de todo padre el amor, e impone el deber de educar a sus hijos en el seno de la familia, en el seno de la sociedad donde, sirviendo, aprenden cómo el hombre se eterniza. Segismundo levanta del suelo a su padre y se arroja a sus pies.

«Dame tu mano, que ya/que el cielo te desengaña/de que has errado en el modo/de vencerle, humilde aguarda/mi cuello a que tú te ven­gues :/rendido estoy a tus plantas».

Con un acto de humildad suscita en el anciano pa­dre el amor y la admiración. Basilio lo abra­za y lo proclama príncipe, Segismundo ins­taura la justicia, obliga a Astolfo a casarse con Rosaura para que sea pagada la deuda contraída con el honor de ella, y ofrece su mano a su prima Estrella. Al jefe de la rebelión militar que hizo traición a su sobe­rano le asigna la prisión bajo buena guar­dia. «Que el traidor no es menester — dice — siendo la traición pasada». Revivido den­tro de la trama de pensamiento en que se funda, el drama calderoniano, con su con­creto problema de vida real y vida ilusoria, de vida de la razón y de la libertad, y vida egoísta de los sentidos y de las pasiones, revela su originalidad de concepción; y no halla comparación en ninguna de las fuen­tes literarias que han sido señaladas una tras otra con derroches de erudición, par­tiendo de abstractos módulos fantásticos, de metáforas de carácter universal y de por­menores secundarios.

El drama que acen­túa exageradamente en el protagonista el aislamiento del yo interior, del mundo de las cosas, con la consiguiente ruptura del de dentro con el de fuera, nos transporta de nuevo a la España de la Contrarreforma, al voluntarismo de sus grandes místicos y de sus grandes aventureros de la acción. Sabiamente construido y motivado en todas sus partes, con una psicología que mira al ser humano en su dinamismo secreto, este drama se informa en un austero y noble sentimiento de la vida en el orden moral, y queda como auténtica obra maestra de la época barroca, cuyo lenguaje lírico, inte­lectualmente dominado y tenso, traduce el gusto de su época y conserva su color.

M. Casella

Si otros de nuestros dramaturgos le aven­tajaron en sendas cualidades, él es quien mejor encama el espíritu local y transito­rio de la España castellana castiza y de su eco prolongado por los siglos posteriores; más bien que la humanidad eterna de su casta, es un «símbolo de raza». (Unamuno)

…esta obra de Calderón no pasa de ser un embrión de obra maestra; su pensamiento encierra un hondo simbolismo; hay en toda esa concepción grandeza o idealidad. Pero vemos, después de la primera lectura, sin necesidad de un detenido examen, que La vida es sueño no pasa de ser un boceto del drama, un rudimento, soberbio, sí, más al cabo, un rudimento. (Azorín)

En ningún teatro de los pueblos modernos existe una obra que contenga una visión tan profunda de la vida humana como la que desarrolla este célebre drama. Lástima que la ejecución de su idea matriz adolezca de ciertos defectos esenciales de amanera­miento y convencionalismo, que atenúan la impresión de grandiosidad que produce el magnífico simbolismo de la acción dramá­tica. (M. de Montoliu)