Vida Escolar, Bonvesin da la Riva

[Vita scholastica]. Breve obra poética de Bonvesin da la Riva, reli­gioso milanés, que vivió desde la segun­da mitad del siglo XIII hasta principios del XIV, compuesta de dos libros perfecta­mente diferenciados: el primero, muy ex­tenso y detallado, va dirigido a los alum­nos; el segundo, a los maestros. Cada uno de ellos está dividido a su vez en una serie de distinciones y subdistinciones.

Cinco son las reglas que debe seguir todo escolar para adquirir la sabiduría. Dentro del conjunto de estas claves, como las llama Bonvesin, ocupa el primer lugar el temor de Dios, tratado que el autor expone en más de la mitad de los 468 dísticos que forman la obra. Recomienda en primer lugar la necesidad de la fe, de la que deriva la limpieza de corazón, de pensamiento y de expresión. Pero, puesto que no es suficiente la bondad manifestada solamente por las palabras, el autor pasa revista a los pecados capitales, exhortando al lector a mantenerse alejado de ellos, pues son obstáculos para conseguir la verdadera sabiduría, y confirma sus aser­tos con ejemplos de la Sagrada Escritura. Expone también una serie de pequeñas de­vociones con el fin de que su práctica nos conduzca al temor de Dios. El segundo ca­mino para llegar a la sabiduría consiste en honrar al maestro : el escolar debe estudiar con empeño, obedecer los mandatos del profesor, acoger las advertencias y los cas­tigos como una señal de predilección, y debe, por fin, ser solícito en devolver los favores recibidos.

La tercera norma es la constante lectura: debe leer en voz baja, de manera que la materia quede grabada con más facilidad en su mente, sin molestar a los compañeros y tomando notas duran­te la lectura. La cuarta consiste en pre­guntar a menudo a los demás lo que uno ignora o duda. Finalmente, la quinta regla versa acerca de cómo retener en la memoria lo que se ha estudiado, y con tal fin será conveniente leer y releer varias veces lo que se quiere aprender. Tres son las reglas del segundo libro, mucho más breve y diri­gido a los maestros. El profesor debe ser tal que pueda ser siempre un modelo para sus alumnos, tanto en su aspecto exterior como en el decoro de su vestido. Sigue (segunda norma) la exposición de los debe­res del maestro respecto a los alumnos : debe evitar las disputas, alabar a los aplicados, exhortar constantemente con oportunidad, inculcar el respeto y el amor a los padres y el culto a Dios. La tercera regla, que resume en cierta manera la precedente, si bien ennobleciéndola, trata de la dignidad del magisterio. El maestro debe continuar estudiando para hacerse digno de su cargo, debe enseñar con claridad y con orden, invocando primero la ayuda de Cristo y de la Virgen; sea moderado en sus gestos, pro­cure no caer en errores, hable siempre en latín y exija que los demás hagan lo mismo.

Cierran la obra tres dísticos en honor y gloria de Dios que ha inspirado al autor, e infundido gracia en su alma cándida e ingenua, que no siempre sabe mantenerse en un tono de elevado magisterio, pero que desmenuza una después de otra reglas de buena educación, pequeñas y tal vez trivia­les (aunque quizá necesarias en aquel tiempo). El autor nos muestra su viva preocupa­ción por el arte de aprender, que, más todavía que el de enseñar, gozaba de gran prestigio y de gran crédito, pero Bonvesin no consigue disimular la pequeña vanidad personal de maestro que se complace en sentirse admirado por discípulos, conocidos y vecinos. El poeta se manifiesta verdade­ramente apasionado por su profesión, que él desarrolla con escrupulosa exactitud y con un exquisito sentido de alta responsabi­lidad.

El metro empleado es el dístico ele­giaco, e incluye en el texto ocho anécdotas («exempla») en prosa, que constituyen la parte más viva de la obra y mediante las cuales el escritor quiere confirmar lo que va exponiendo. El verso no conserva nin­gún rasgo de su antigua solemnidad, antes al contrario, discurre aceleradamente y de forma discontinua, que se parece mucho más al ritmo de las lenguas vulgares que al de los modelos clásicos. La lengua es netamente medieval, y junto a los frecuentes juegos de palabras encontramos el estilo y el vocablo del pueblo.

G. Billanovich