La Sonata a Kreutzer L. Tolstoi

El protagonista, Pozdnychev, cuenta en un tren a un compañero de viaje cómo mató a su mujer por celos. Su discurso es una requisitoria despiadada contra el concep­to de matrimonio imperante en las clases más pudientes: una prostitución legalizada, dice Pozdnychev, aderezada por falsos romanticismos, que conduce a la intolerancia recíproca.

Tras encontrar a una muchacha bonita de fa­milia acomodada, confundió por amor lo que no era más que apetito sensual. Con el claro de luna y un traje pro­vocativo como cómplices, se declaró y se casó. Sin em­bargo, pese a los cinco hijos habidos, nada excepto los sentidos los une. Cuando por un consejo de los médicos la mujer renuncia a tener más hijos, para Pozdnychev co­mienza la tortura: ve a su mujer embellecida y alegre, sin lo que para él es el único remedio contra la coquetería, los repetidos embarazos.

El día en que Pozdnychev pre­senta a su mujer a Trujachevsky, un personaje medio hombre de mundo, medio artista, determina la ruina de la pareja. En seguida nota un cierto entendimiento es­pontáneo entre ambos y cree adivinar en su mujer una vaga nostalgia de sus ilusiones sobre el amor, tal y como le habían enseñado que éste debía ser. Llega al absoluto convencimiento arbitrario de que es traicionado tras una velada nocturna en la que Trujachevsky, un diletante de excepcional talento, toca al violín la sonata de Kreutzer de Beethoven, fascinándolos tanto a él como a su mujer.

De este íntimo convencimiento (que luego se revelará in­fundado) al asesinato a cuchilladas de su mujer no hay más que un breve paso. Ni siquiera cuando la ve agoni­zar duda Pozdnychev de que ha obrado según su dere­cho, es más, se espera poco menos que sea ella quien deba pedirle perdón. Sólo algunos días después logrará ver de forma lúcida la concatenación de errores que lo llevaron al crimen.