LOS YOS QUE SOMOS

Carles Duarte
“Alba del vespre” (“Alba al anochecer”),
Poesía 3i4, Barcelona, 2013, 48 pp.
por Anna Rossell

El último poemario de Carlos Duarte, “Alba del vespre” (“Alba al anochecer”), viene enmarcado por dos citas, una a modo de introducción, de Empédocles (“Sobre la naturaleza”, citado en Sexto Empírico, Contra los matemáticos, VII, 124): “Rápidos en morir, en la vida / no vislumbran más que una pequeña parte de la vida, y como humo / alzando el vuelo se desvanecen, confiando sólo / en lo que cada uno encuentra por azar / vagando por todas partes, y todos se jactan / de haberlo descubierto todo “, y la otra, que cierra el pequeño volumen, de Aristóteles (Poética, 21, 1457b22): “Lo que la vejez es en relación a la vida, lo es también la tarde con respecto al día. Se puede decir, pues, que la tarde es la vejez del día, o, como Empédocles, que la vejez es ‘el atardecer de la vida’ o ‘el crepúsculo de la vida “. La primera nos prepara el espíritu para la lectura, la última, a modo de conclusión, nos ratifica lo que hemos ido asimilando en el transcurso de la lectura. Ellas son los puntales que dibujan el trasfondo filosófico en que se nos despliega el universo espiritual de la voz poética: la pequeñez del ser humano y la fugacidad de la vida, una realidad que recoge Aristóteles en el paralelismo que formula entre la luz y la oscuridad, entre el día y la noche, y que el poeta muy significativamente emplea en el título en forma de oxímoron: “Alba al anochecer”. Porque, la viva luz que acompaña la caída del día, también ilumina el crepúsculo de la vida y ejerce con su brillo rojizo un poder de atracción en el que la contempla que le devuelve al seno natural de donde procede: “Hechos de la Tierra / somos un retorno, / ya sin tiempo, / al mar, […]” (“Mares entre los astros”). Animado por la “nostalgia de universo”, el sujeto poético se complace en la visión de escenarios naturales que cautivan y alimentan la introspección, un diálogo consigo mismo que da a la voz poética la conciencia del nexo que la une con el paisaje hasta llegar a fundirse en él y formar parte de él, “la conciencia de un yo menor integrado en un yo mayor”, como decía el poeta en la entrevista que le hacía Jordi Nopca con motivo de la publicación del poemario (ARA, Sábado, 22 de junio de 2013). Como cuando dice: “El universo no está fuera de nosotros; / Nos construye, / lo construimos, / nuestro cuerpo, como el fuego, lo transforma” (“Tensho”).
Heredero de la tradición impresionista: “[…] celebramos en silencio este instante / tan puro, tan frágil, tan fugaz […]” (“Oro y magenta”) y simbolista, la voz poética se entrega a la evocación sensorial, se recrea con la vista: “Desciende la mirada hacia los campos de olivos […]” (“Olivos”), con el tacto: “Pisamos la tierra venerada, / de donde resurgimos después de cada muerte, / arena entre los dedos del aire “(“Los árboles”) o el oído: “Un canto antiguo / como un cristal de luz / atraviesa el aire” (“El canto”), para leer los signos ancestrales del paisaje, en plena comunión y sintonía con él, el enigma existencial de sus orígenes, el lenguaje que lo acerca al absoluto, casi a la trascendencia: “[…] / esa voz ya estaba antes del cuerpo, / como si aquel llanto o aquel deseo / nos conmoviera por existir de nuevo / […] // El canto antiguo donde estamos, / donde estábamos” (“El canto”). O bien: “Hijos de Dios, padres de los dioses / ser y morir no nos basta: / necesitamos el sueño, […]” (“Los dioses y los nombres”).
La contemplación del paisaje y de los astros proporciona a la voz poética la verdadera medida de la existencia humana en su calidad de fugaz y eterna, pequeña e inmensa vez: “Somos navegantes de un océano de sueños / hacia un destino de hielo o fuego. // Miramos la noche, miramos el paso de los astros; / Lo nuestro es vivir y lo nuestro es la muerte / para que otras vidas sean; / El ciclo nace y se consume; […]” (“Océano de sueños”) y contemplando los colores de un crepúsculo reflexiona: “La felicidad y el abismo que nos unen / los sueños que éramos, / la nostalgia de infinito que somos, [… ]” (“Oro y magenta”). Se hace patente la intuición de que el recorrido vital del ser humano no se agota con la muerte ni comienza con el nacimiento, como si nuestra existencia -parte de un común proyecto cósmico de algún demiurgo- tuviera sus orígenes antes de la conciencia y sobrepasara el tiempo que la muerte trunca: “Ávidos de vida, / sedientos de horizonte / somos un gesto del paisaje. // No hay sino una ruta / y en el paisaje reencontramos. nuestra antigua existencia // Mirando los astros, / sentimos nostalgia de universo. // […]” (“Navegando a través de las estrellas”).
Mención especial merece la percepción del tiempo, que se manifiesta en una pérdida continuada. La vida de un ser humano se compone de una cadena de yos, siempre diferentes y en evolución: “Somos multitudes en la mirada. // ¿Qué queda en este yo de hoy / de todos los que fueron, / de nuestros debajo de antes, / los otros bajo que eran? […]” (“El yo que duerme”). Pero no hay lamento en la pérdida, la pérdida es a la vez un renacimiento, una renovación constante: “[…] perdemos sólo aquello que poseemos” (“Océano de sueños”). O bien: “Vencido por la onda poderosa / que toma nuevo impulso / contra mi cuerpo ya exhausto / hasta rendirme, / hasta extinguir el aliento / de donde resurgía el sueño” (“Alba de la tarde I”) .
La maestría de Empédocles no se limita a la cita inicial del poemario, sino que parece conducirlo de principio a fin: el ser humano, un microcosmos, concebido como un resumen del macrocosmos universal – “un yo menor integrado en un yo mayor “-, con el que comparte los mismos elementos, se acerca a este macrocosmos y lo comprende (lo integra) por simpatía, en el sentido etimológico de la palabra: “Lo parecido conoce lo semejante” (“Empédocles”). El poemario rezuma palabras que nos remiten a los cuatro elementos, la materia prima que nos ha hecho y a la que retornamos: el fuego (con sus variantes: el crepúsculo, el sol, el rojo), la tierra (la arena, el barro, el campo, la arcilla), el aire (el viento) y el agua (el mar, la ola, el océano, la lluvia), que un estudio más profundo nos permitiría asociar simbólicamente con otras palabras no relacionadas aparentemente, muy recurrentes en Duarte, que hace un ejercicio de altísima depuración lingüística para construir un mundo poético de una inmensa riqueza metafórica y alegórica con las palabras más esenciales: luz, amanecer / amanecer, abismo, sueño(s), anhelo(s), horizonte, nostalgia, piedra, roca, hielo, noche, muerte, cuerpo, piel, ojos, astros / estrellas. Pero es el mar el que adquiere un protagonismo axial, el lugar de donde provenimos, ante la inmensidad del cual tomamos conciencia de nuestra pequeñez, a veces alegoría de la vida, otras -como en “La muerte en Venecia” de Thomas Mann, de la muerte.
El tono melancólico que atraviesa el poemario no es, sin embargo, sinónimo de tristeza, la melancolía es el estado de ánimo necesario a la voz poética para sumirse en su introspección -en un monólogo íntimo o haciendo uso del plural inclusivo-, para abordar la búsqueda de sí mismo, que lo hace más sabio y lo devuelve al universo sideral al que pertenece: “Ya no existe lo que fue, sino en nosotros / y en la fruta que cosechas y saboreas, / las formas que la arcilla esculpió / para que la vida convocara la vida” (“Tensho”).
Carles Duarte ha recibido por este poemario el Premio Nacional de la Crítica Literaria, y la Universidad de Jaén lo ha editado en español.

© Anna Rossell
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Alba del vespre (Carles Duarte) 2