LA SEGUNDA VISITA DE WILLIAM BOURROGHS (Carlos Calderón Fajardo) Lima, Pe

La novela es un tratado sobre el fracaso. La historia está muy bien estructurada, los personajes correctamente formados y el lenguaje, que utiliza el escritor para presentarnos esta tragedia que sólo se contenta, como en las tragedias griegas, con la destrucción de todos sus personajes, es esquisito.
En mi lectura, el narrador inicia la historia como un individuo que va a contar su vida y de pronto la desdobla y hace que su yo se bifurque en dos posibilidades de sí mismo, su yo y su alter ego. Es decir, la del novelista-idealista, pero extremamente tímido, Portillo, un “Soñador que no domina el absurdo arte de la felicidad”, al que trata con deferencia a pesar de su vida miserable de inacción, y la del poeta, Montero, aparentemente triunfante, dueño del mundo y de las mujeres, pero fatuo, falso, violento, infiel y excesivamente orgulloso, que se contrapone, en todas las facetas posibles, al primero. En el fondo ambos son la misma persona que se desdobla en dos para permitirle al escritor el análisis de lo qué hubiera pasado si este hombre tímido hubiera decidido hacer lo que hizo su alter ego. Sin embargo, es importante recalcar que el narrador se ensaña con Montero. Al narrador no le gusta el personaje Montero. Montero no piensa, Portillo, sí.
Con esta novela, Carlos Calderón demuestra la madurez que corresponde a su edad como narrador. Es decir, es una novela que corresponde a hombre ya cuajado, un hombre que ha experimentado una vida completa y ha sacado conclusiones que son le son importantes.
La vida de Portillo, la versión del introvertido, es exasperante. Su inacción es tan dramática que es difícil de aceptar. Es un hombre dedicado a “una vocación tan insulsa que en realidad es una enfermedad silenciosa.” Allí aparece el extraordinario manejo de la prosa que hace Calderón, que nos permite soportar a este ser miserable, “que le importa más escribir que ser leído”, en una historia personal tan larga. Portillo-personaje es tan real que se convierte en amigo del lector y por lo tanto se sufre la miseria de su inacción, se le compadece. Al leer la novela me sentí tentado de hablar con Portillo y decirle a gritos que abandonara a Raquel. Que saliera de esa prisión ridícula y sin puertas, que construyera una vida propia, que luchara por publicar y que asumiera la gigantesca tarea que implica el querer ser “el mejor”, no importa cuánto trabajo demande.
Montero, el extrovertido fanfarrón, es una buena representación de lo que a Portillo le falta, incluida la posesión de Berenice, la mujer que Portillo desearía con locura tener, pero todo esto, sólo hasta un determinado momento. Aquí me da la impresión que Calderón ha dejado de lado la oportunidad de enfrentar, de igual a igual en el tiempo, a Portillo y su inacción con un escritor extrovertido, dueño de sí mismo (“un poeta joven que, a pesar de no haber publicado aún su primer libro, ya era famoso”), que pudiera vivir y terminar su vida como escritor. Pero esta es sólo mi lectura.
De todas maneras, Montero es un personaje totalmente creíble, conozco varios Monteros en la vida real, con los cuales alterné en el Perú de los 70 y los 80, período de tiempo en que viví allí. Pero Montero representa el otro tipo de inacción frente al arte. En el libro, Montero prefiere la inacción en el arte, en la literatura o en todo caso en la poesía que era su territorio, y se dedica a la búsqueda del dinero y el poder, con el único objeto de usufructuarlos y disfrutar de sus beneficios o consecuencias, en lugar de continuar la lucha y hacer realidad las premoniciones que tenía de ser un gran poeta. Los dos, Portillo y Montero abandonan su amor por la literatura (desde diferentes perspectivas), y se niegan a vivirlo plenamente, con todas sus consecuencias positivas y negativas. Sin embargo, es bueno aclarar que Montero tiene, al final de la novela, un chispazo de redención, cuando después de una inmensa borrachera y sintiéndose al borde de la muerte, busca una hoja de papel para escribir un poema.
Burroughs es tan sólo una bisagra que une elementos dispares en la historia que se narra. Su presencia en la novela sirve para darle un tono exótico, como dicen los gringos. La obsesión de Burroughs por las drogas, su estadía en México tras el peyote y en la amazonia peruana tras la ayahuasca, hacen posible la inserción del chamán y la niña selvática, víctima del sacrificio-asesinato hacia el final de la novela. Este elemento, sin embargo, permite al escritor mantener la tensión, la expectativa de la historia y con ello hace agradable y rápida su lectura.
Considero que esta es una novela que debe ser leída porque entretiene y cautiva por la belleza de su prosa. Además, subyacente a la historia que cuenta, se puede percibir otra diferente que es profundamente filosófica. Es un análisis y cuestionamiento, muy honesto, de la vida transcurrida. No de la vida en general, sino de una vida en particular. Pero en fin, esta es sólo una lectura, la mía.
Publicada en Lima, por la Editorial de la Universidad Mayor de San Marcos
Carlos Calderón Fajardo: Juliaca 1946; Sociólogo (PUCP); Maestría en Francia.

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