La Propaladia, Bartolomé de Torres Naharro

Colección miscelá­nea que contiene, además de varias poesías de acusado matiz erasmista (sátiras, epísto­las, romances, etc.), ocho obras de teatro de Bartolomé de Torres Naharro (1476?-1531?).

El título helenizante de la obra, publicada en Nápoles en 1517, quiere indicar que las composiciones contenidas en ella consti­tuyen las primeras producciones poéticas («primae res Palladis») del autor. Torres Naharro, en el «proemio», considerado como el más antiguo tratado de preceptiva dra­mática española, siguiendo a Horacio y las reglas^ de la comedia clásica, establece la división en cinco actos o jornadas, con un número de personajes no inferior a seis ni superior a doce, a pesar de que en una de sus comedias (la Tinellaria) intervienen una veintena de personajes; hace saber, además, que sus comedias, antes de ser im­presas, fueron representadas en Italia, y las divide en «comedias a noticia» y «comedias a fantasía».

Las comedias son; Imenea, Aquilana, Calamita, Jacinta, Serafina, Trofea, Soldadesca y Tinellaria, y cada una va precedida de un «introito» y de un «argu­mento». Pertenecen a la primera categoría: la Trofea, que exalta los descubrimientos y conquistas realizados por los portugueses bajo los auspicios del rey Manuel; la Sol­dadesca, grotesco cuadro de costumbres mi­litares de la Roma de los papas, y la Tinellaria, comedia del «tinello» o comedor de la servidumbre, que nos revela el inte­rior de una gran casa cardenalicia. Es par­ticularmente viva, por su sabor picaresco y fuerza cómica, la comedia Soldadesca. Un capitán del Papa, en busca de soldados para el ejército, recluta entre la infantería a unos españoles y un fraile exclaustrado, los cuales se alojan en casa del campesino Cola y le piden comida, dando lugar a cómicos equívocos al no entender éste el español.

Los soldados cortejan a las muje­res, y los italianos acuden a sus bastones para castigarlos; dos de ellos intentan robar la paga y huir con sus amigas, hasta que interviene el capitán poniendo todo en or­den y reclutando, además, a Cola. Muy viva por su realismo y agudo espíritu satírico es también la comedia Tinellaria. Un doctor es nombrado Cardenal por el Papa. La ser­vidumbre, compuesta por franceses, italia­nos, portugueses, españoles, etc., comenta el nombramiento, mezclando todas las len­guas, especialmente el español y el latín. Mientras los criados charlan, los encarga­dos que están al frente del «tinello» se dan buena vida, echando mano a todo y embo­rrachándose, mientras los demás están con la boca seca, con gran desdoro del nuevo cardenal. A la segunda categoría pertenece la comedia Jacinta, que representa los in­fortunios de una Circe moderna.

El siervo Jacinto, que está de viaje en compañía de Precioso y Fenicio, es acogido por la her­mosa Divina, que se interesa por sus des­venturas, se enamora de Jacinto y se casa con él, acogiendo además en su casa a sus dos amigos. La Aquilana, la Calamita y la Serafina, pertenecientes también a la se­gunda categoría, son comedias de fondo romántico y caballeresco, donde no faltan detalles de farsa. Finalmente, la comedia Imenea pone en escena las peripecias de los amores contrariados de Himeneo y Fe­bea. Ésta cita a su amante en su propia habitación. Pero el Marqués, hermano de Febea, oye la conversación, y cuando Hi­meneo entra en la casa, la noche siguiente, logra hacer huir a los criados de éste que montan guardia en la calle y, sorprendien­do a los amantes, amenaza de muerte a Febea. Himeneo logra apaciguar al Marqués, obteniendo además su consentimiento para la boda. Esta última comedia es la que tiene una intriga más compleja (aquí aparece por primera vez el «punto de honor») y es, asimismo, aquella que, a pesar de la sim­plicidad de su esquema italiano, manifiesta mejor la intuición anticipadora del hombre de teatro Bartolomé de Torres Naharro.

A. R. Ferrarin

Por muy primitiva y elemental que pa­rezca hoy la dramaturgia de la Propaladia, no puede dudarse que hay en ella un in­tento reflexivo. El poeta sabe lo que hace, procede con espíritu crítico aplicado a sus propias obras, tiene un fin artístico, conoce el valor de la acción, el de las costumbres y los caracteres, distingue lo que toma de la realidad de lo que pone de su cosecha, y sobre todo, insiste en la propiedad del diá­logo, como trasunto fiel que debe ser de aquella lógica dramática que Torres Naha­rro llama «decoro» y que compara cori el gobernalle o timón de la nao, al cual debe estar siempre vigilante y atento el buen maestro de la poesía cómica. (Menéndez Pelayo)

Las ideas rectoras del teatro español ya se hallan también in ovo en las piezas de Torres Naharro. El erotismo procaz estram­bóticamente combinado con la idea del honor caballeresco; la yuxtaposición, que no llega nunca a la mezcla que produce el verdadero humorismo, de lo cómico y de lo dramático; la tendencia franca a la ex­pansión lírica (por no hablar de la rapidez de la acción y de la sobriedad en los deta­lles, por lo que las piezas de Torres Na­harro son verdaderos bocetos de drama o dramas en embrión), todos los rasgos prin­cipales y típicos que habían de distinguir posteriormente al teatro clásico español, los hallamos ya más o menos acusados en las piezas escénicas de Torres Naharro. (M. de Montoliu)