La Princesa Lejana, Edmond Rostand

[La princesse lointaine]. Drama en tres actos y en verso de Edmond Rostand (1868-1918), estrenado en 1895. La vieja leyenda de Jaufré Rudel inspiró a Rostand una obra que no carece de verdadera inspiración poética, aun cuando ciertas artificiosas complicaciones la debiliten.

Vemos aquí a Jaufré Rudel que navega en busca de Melisenda, princesa del lejano Oriente, que nunca vio y a la que, sin embargo, ama por lo que oyó contar de ella y por su nombre que sabe a miel. El gran trovador provenzal ya está consumido por la enfermedad que le atacó durante el viaje, y su única esperanza es la de llegar a tiempo para ver a la princesa; cuando llega no tiene fuerza para desembarcar; es necesario que su fiel amigo, Bertrand de Allamanon, vaya a verla y la traiga a su buque. Y Bertrand en un alcázar de cuen­to de hadas encuentra a la princesa, no figura de sueño sino mujer real, como sus pasiones y sus arrebatos.

También Meli­senda oyó hablar de Jaufré, y cuando Ber­trand llega cree que es él el poeta ena­morado; el diálogo que se sigue no aclara el equívoco y hace brotar el amor en la mujer. Al conocer la verdad, Melisenda no quiere seguir a Bertrand al buque, hacia el verdadero Jaufré, pues éste ya no halla eco en su corazón. Pero pronto llega la purificación: lentamente la mujer real y apasio­nada consigue adecuarse al ensueño; figura necesariamente ideal, comprende que ha de renunciar a su positivismo. Va a Jaufré, y el poeta, al encontrar su sueño, puede morir tranquilo y feliz.

La lírica sencillez de la leyenda se enriquece en contrastes y complicaciones de gusto decadente, pues­tos de relieve por el alarde verbal, precio­sista, amanerado. Esto se advierte, principal­mente, en los dos actos centrales: el primero y el último, más cerca de la tradición, tienen un acento más sincero. La figura de Bertrand, que adquiere tal vez excesiva importancia con respecto al tema central, ofrece rasgos que más tarde encontraremos en Cyrano de Bergerac (v.).

U. Déttore