La Escuela de las Mujeres, André Gide

[L’école des femmes]. Novela publicada en 1930.

Una mujer, mejor dicho una muchacha de alma noble y entusiasta, cuya ingenuidad y juvenil frescor ocultan un juicio independiente y singularmente claro, se enamora de un joven católico, «bien pensante», lleno de nobles sentimientos y de «idealismo», Ro­bert, que le parece la suma de todas las perfecciones. Pero a medida que van pa­sando los años, se ve obligada a cambiar progresivamente su juicio: Robert es, en realidad, un hombre de refinada avidez, ca­paz de adornar con las más brillantes apa­riencias sus acciones, todas dirigidas a resguardarlo de los golpes de la suerte y a presentarlo con la mejor imagen posible.

De manera que la mujer confiada y enamo­rada se convierte en una rebelde y en un juez inexorable de lo que ella llama «hi­pocresía» de su marido, y su rebelión es singularmente favorecida por el carácter decidido e independiente de su hija, en la que la madre se complace en encontrarse a sí misma, aunque mucho más libre y despreocupada. La mujer confía su larga y dolorosa experiencia a las páginas de un diario, que se imagina, después de la muer­te de la madre, entregado por la misma hija al autor y por él publicado. A pesar de lo ingenioso de la construcción, no es difícil ver en esta obra, cuyo título el autor tomó de la comedia de Moliere (v.), la presencia demasiado evidente de una «tesis». La rebelión de la mujer llega a ser en verdad una polémica contra ese ca­tolicismo acomodaticio y rozando la hipo­cresía, del que Robert parece el campeón. La causa de la parte contraria, la expuso el autor imaginando que el viudo, Robert, al enterarse de la existencia del diario de su mujer, escribe su autodefensa, que se publica en apéndice con el título de Ro­bert.

«¿Es mía la culpa, si Evelina me atri­buyó mayores cualidades que las que tenía?; ¿podemos acusar a nadie de no ser Racine o Píndaro, sólo porque lo creyó tal una mujer enamorada? Siempre estuvo vivo en mí el afán de virtud, y si ésta no^ era siempre en mí plena y sincera, hacía lo posible para alcanzarla y encaminar todos mis actos a este noble fin». Pero claro está que Gide, entre los dos peligros, el de una temeraria sinceridad o el de una prudente hipocresía, es particularmente sensible al de la hipocresía. Sin embargo, el libro es un documento sugestivo del incansable deseo de verdad que guía y anima casi toda la obra del autor. El estilo, aunque siendo en cada frase rigurosamente analíti­co, encuentra en la luminosa precisión con la que logra dar vida a todo, matiz del pen­samiento, en ese tono clásicamente castiga­do, en la fuerza epigramática de las conclu­siones, una capacidad emotiva que parece brotar sólo del argumento.

M. Bonfantini