La Escuela de las Princesas, Jacinto Benavente

Comedia del dramaturgo español estrenada en 1909, haciendo el actor Vilches el papel del prín­cipe Silvio. Transcurre la obra entre prin­cesas y languideces de amor, con fondos musicales y modalidades líricas. Refiriéndose a obras del tipo de esta comedia o de La Princesa Bebé, decía Pérez de Ayala que producían «inquietante impresión, pero una impresión truncada como si le falta­se algo. Les falta la música de vals. Serían excelentes libretos de opereta». Parece que el crítico de Las Máscaras quiso dar más una intención irónica que una justa ca­racterización. No yendo más allá de lo es­tricto de las palabras, podemos ver en este sector benaventiano del teatro de salón, que se acerca al mundo musical de la ópe­ra vienesa, con su fina cadencia y su ama­ble frivolidad, una notable y encantadora muestra, adormecedora y esfumante, como el país imaginario en que transcurre la acción de La escuela de las princesas.

¿Escuela de amor, de gobierno, de diplo­macia, de busca de un matrimonio, a la vez anunciado con marcha militar y nup­cialidad lohengrinesca? Acaso todo, y tam­bién el asomo de lo cursi, como en casi toda música de vals, no por eso menos en­cantadora y definidora de una época, que en nuestros años soñamos con cariño de mitigada nostalgia. Valseando, pasan por nuestros ojos lánguidas las princesitas jó­venes y las damas maduras aleccionadoras, y, entre el grupo, el príncipe Silvio, viene a ser el héroe azul, un poco modernista y rubeniano, pero situado en los salones y uniformes de fin de siglo, y el novecientos, sin el halo de leyenda mágica de épocas lejanas. En conjunto, comedia fina con sabor de estampa de época, de un teatro más lírico que psicológico.

A. Valbuena Prat