La Conquista del Reino de Maya por el Último Conquistador Español, Pío Cid, Ángel Ganivet

Novela de Ángel Ganivet (1865- 1898), publicada en 1897. Pío Cid — nombre que mezcla al «Mío Cid» y al «pío Eneas» — está privado de toda forma de «pietas» y totalmente incapacitado para afrontar los riesgos de la lucha. Es, por el contrario, un abogado-mercader que llega al reino de Maya caballero en un hipopótamo, donde le acogen como un Mesías, y sin más se en­cuentra amo y señor de los indígenas. La conquista, exteriormente, es la civilización del pueblo bárbaro, pero en manos de Pío Cid los instrumentos de progreso se con­vierten en algo que está colocado entre la impostura y los materiales para un estudio, divertido e interesante tan sólo para el in­vestigador. Los mayas son los instrumentos del experimento de Pío Cid. El país se transforma con la transformación de los in­dividuos: los salvajes experimentan a su costa los aspectos menos agradables de la civilización dejándose convencer por las en­gañosas apariencias; Pío Cid juega con la «ofelimidad» de los bienes, olvidando cons­cientemente su utilidad.

Cuando Pío Cid ha europeizado a su manera el reino de Maya, acaba dándose cuenta de que ha es­tropeado a unos seres felices; la sombra de Hernán Cortés se lo dice claramente en la mística atmósfera del Escorial: «Los negros eran felices como bestias y tú los has hecho infelices como hombres.» Si por estas pa­labras — que son la conclusión del libro — se tuviese que sacar una deducción sobre Ganivet sociólogo y pensador político, por un lado nos sentiríamos tentados de acercarle a Rousseau, y a Séneca por otro, y quizás a otros. Es dable pensar en un uto­pista que profetizase el advenimiento de «un socialismo anárquico nirvánico» para usar su misma expresión. Pero en el fon­do, Ganivet no cree en la felicidad del hom­bre en ninguna condición, ni siquiera en la de la naturaleza: sus sátiras sobre la organización primitiva tienen un significado clarísimo. Proclama el fracaso de la civi­lización pero deja abierta una puerta a la esperanza: «las empresas más grandiosas no son aquellas en las cuales interviene el dinero, sino aquellas cuyos gastos recaen exclusivamente sobre el cerebro y el co­razón». De aquí la justificación de la se­gunda parte de la novela destinada tal vez a demostrar precisamente lo ilusorio in­cluso de esta esperanza.

R. Richard

*  La novela tuvo una continuación en Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, pu­blicada en 1898, que por lo que es dable deducir de su misma contextura y por va­rias alusiones, debía probablemente conti­nuar. Aquí, más que en parte alguna, Ga­nivet no sólo parece extremadamente «fin de siécle», sino que se coloca claramente en el movimiento de reacción anti tradicionalista propio del intelectualismo del 1898, junto a Azorín, Baroja, etc. Mientras la Conquista tiene por campo de estudio la sociedad en general, y tan sólo de una ma­nera secundaria al individuo, en los Tra­bajos la posición se invierte. Todos los tra­bajos de Pío Cid lo son en profundidad, ahondando en la psique individual y, como consecuencia, social, de los sujetos en par­ticular. Pío Cid ha olvidado, o casi olvi­dado, sus aventuras de conquistador; se de­dica, en cambio, a desasnar a un grupo de estudiantes y a asumir el gobierno de una casa de mujeres, a redimir prostitutas o a crear poetas, a reformar la política espa­ñola, con la transformación previa de los sujetos, o a devolver un sentido de huma­nidad a quien lo ha perdido. Y todo esto, según se van presentando los casos, sin programas de larga duración pero con di­rectrices que van empleándose según la si­tuación lo requiere.

Probablemente, los tra­bajos de Pío Cid debieron de ser tan sólo los seis contenidos en los dos volúmenes de la edición de 1898: tal vez, parafraseando ejemplos celebérrimos, Ganivet prevé para Pío Cid, recién llegado a Barcelona, «otros trabajos nuevos y utilísimos, y capaces de proporcionarle una gran fama.» Sin em­bargo, todo se limita a una vaga promesa. En su contenido, la obra de Ganivet cons­tituye un hecho en sí y en muchos aspectos una novedad: el tono irónico de la conquis­ta es abandonado para dar lugar a una construcción casi siempre reflexiva. En la forma, Ganivet vuelve al tipo de novela «realista» y presenta muchas analogías (e incluso algunas extrañas coincidencias) con celebradísimos maestros del género. Pío Cid es aquí, más aún que en la Conquista, el mismo Ganivet: el hombre que se da cuenta del «sentimiento trágico de la vida» y vive, como consecuencia, trágicamente. El ideal de Pío Cid parece ser un mundo he­cho a imagen y semejanza de lo que Pío Cid querría ser o por lo menos querría creer que es. Pero Pío Cid no será jamás un Don Quijote (v.) que vive del propio ideal, encontrando en sí mismo el punto de fusión entre la fe y el amor. Es, por el contrario, el escepticismo personificado que busca perennemente y en vano la fe como perfecta razón de vida. La fe que le falta y que jamás podrá tener le sería posible alcanzarla solamente de aquel amor divino que no sabe conocer y que no se unirá jamás en él con el amor profano.

La transitoriedad de todo lo que se refiere a este último lleva al fracaso de todos los «tra­bajos»; y el fracaso de los «trabajos» es el fracaso de la vida de Pío Cid, es decir, de Ganivet. Pío Cid estaba destinado al suicidio: Ganivet se suicidó. Trágica con­firmación del carácter espiritualmente auto­biográfico de los Trabajos. La trama es, en el fondo, pobre; el interés se concentra casi solamente sobre lo que Pío Cid dice y es­cribe. De todos modos, no faltan páginas es­tupendas en las cuales Ganivet se revela como poeta exquisito. Baste por todas aque­lla en que tiene lugar el encuentro entre Pío Cid y Martina de Gomara, la criatura en la cual él concentrará su amor por la humanidad entera. Es posible adherirse a todo lo que dice Fernández Almagro: «no recuerdo página de la literatura en que de una manera más cándida y al mismo tiempo con tan humana emoción se narre la entrega de una mujer… es un ejemplo per­fecto de cómo una realidad vulgar puede transfigurarse bajo el dominio de una inten­ción estética y ética de alto valor ideal». Son, además, notabilísimas, algunas poesías líricas intercaladas en el texto.

R. Richard