La Conquista de Roma, Matilde Serao

[La con­quista di Roma]. Novela, en parte más po­lémica y gráfica que artística, escrita por Matilde Serao (1856-1927), en 1885, cuando ya el contacto con el naturalismo francés, especialmente con el de Zola, comenzaba a turbar el ingenuo realismo napolitano y sentimental de la escritora. Sus propósitos quedan confesados en un artículo («Fanfulla», 12 julio 1885), según el cual, en los dos protagonistas pretenden apreciarse las consecuencias de la mediocridad espiritual, de la fatuidad sentimental y de las virtu­des corrompidas: así del falso amor no se obtienen frutos, y la acción iniciada con felices auspicios se agota. De tales inten­ciones se aprecian en la novela más las huellas que una explicación; y mientras la Serao anhela defender la fórmula zoliana del nuevo arte documental, en la novela, las partes vivas son aquellas en las que el esquema se olvida y reaparece la mujer intérprete de los instintos femeninos más naturales y la libre pasión. El estudio del alma de Angélica Vargas anima, casi exclu­sivamente, la fantasía de la escritora; el resto, en las partes mejores, es un magní­fico sentido del ambiente y un vigor rea­lista para pintar los aspectos de la vida social y parlamentaria.

El título de la no­vela nos pone en contacto con el protago­nista, Francesco Sangiorgi: joven nacido en los Abruzos, lleno de fantasía y de un orgullo completamente meridional. Marcha a residir a Roma, con el cargo de diputado, el mismo día en que se conmemora la ba­talla del Vascello, y platicando enfática­mente con un colega en la terraza de Villa Pamphily, al oír que se le advierte que «Roma no se entrega a nadie… Su fuerza, su poder y su actitud representan una vir­tud casi divina: la indiferencia», él respon­de que espera llegar a conquistarla. Sus co­mienzos oratorios le proporcionan un triun­fo; cae un ministro, y el que le sucede, don Silvio Vargas, lo halaga y entabla amis­tad con él; la esposa del ministro, bastante joven, bella y pura, fríamente devota al marido y más a sus éxitos, le ofrece su de­licada compañía. En contacto con Sangior­gi se siente ella conmovida, pero sabe mantenerse tan sólo como buena amiga y pro­tectora, mientras él, fiel a su programa, trabaja con fervor de asceta. Cuando la fa­miliaridad permite una confidencia mayor y más libre y el corazón deja oír su voz, la pasión de Sangiorgi se desata con vio­lencia. Entonces, movida por una profunda conciencia del mal, la mujer se confiesa a Silvio, que nada ignoraba, y él mismo im­pone al amigo que abandone Roma. La sa­lida de la capital significa para Sangiorgi el término de su amor y a la vez el fra­caso político. En una novela que debía re­presentar el conflicto entre las necesidades del corazón y la dura necesidad del poder y el éxito, pocas son las figuras vivas: a lo sumo, coloridas y vivaces, pero casi nunca íntimas.

Resaltan algunos episodios descrip­tivos, algunos fondos campesinos — bastan­te lograda la descripción de la campiña ro­mana ante la inminencia de la lluvia, la primera cita en el Pincio, la fiesta en el Quirinal—; pero las partes descriptivas conciertan mal con el conjunto del libro, el cual carece del justo ritmo y proporción, y presenta acusadas irregularidades e im­propiedades de estilo y de lenguaje.

G. Marzot