La Casa de los Santos, Hermann Stehr

[Der Heiligenhof]. Novela del escritor alemán Hermann Stehr (1864-1939), concebida en la atmósfera trágica de la postguerra (1919) y considerada, no sin razón, como su obra maestra. Es la narración de una antigua enemistad, mantenida en el transcurso de las generaciones, casi connatural en la san­gre, entre dos familias de aldeanos de Westfalia (los Sintlinger y los Brindeisener) que viven en dos colinas próximas, tanto, que las voces llegan de unos a otros y así las dos familias pueden, en cierto modo, observarse continuamente. Los Sintlinger están representados por Andrés, uno de los per­sonajes mejor trazados, que revela clara­mente la cualidad de su estirpe: fantasía contenida, humor variable y, al mismo tiem­po, amor al trabajo, fondo íntimamente re­ligioso, capacidad de adaptarse al cambio súbito de un mundo a otro, mientras los Brindeisener son trabajadores, pero jugue­tes de la avaricia, de la sordidez, de la en­vidia y del odio, incapaces de reaccionar ante los avatares del destino, como sabe ha­cer Andrés. En este hombre, que no sabe mantenerse en la rígida línea de las cos­tumbres tradicionales, el nacimiento de una hija, misteriosamente ciega, produce un ex­traño cambio. La pequeña Elena, a medida que crece, da señales de poseer una especie de segunda vista, y a ejemplo de ella tam­bién el padre entra en un mundo supra­sensible, en el cual su naturaleza diligente consigue poco después encontrar de pronto su equilibrio.

La madre, Johanna, mujer buena pero de mente estrecha, no logra sino con temor seguirle en este nuevo mundo de insólitas presencias, y piensa secretamente sólo en la lejana promesa del oculista, con­sultado en los primeros años, según la cual la naturaleza le daría misteriosamente un día la vista a la niña, ya que se la había negado sin razón al nacer. Entretanto, la gente de los contornos — aquí las descrip­ciones de las supersticiones, de los distintos grupos de sectarios y herejes, de «ilumina­dos» y videntes, forman un rico y complejo fondo a la narración — crea una especie de leyenda en torno a la niña. La casa del aldeano se convierte en meta de peregrinos más o menos exaltados, lugar donde a me­nudo se originan incidentes a veces dolo­rosos, luminosos con más frecuencia, siem­pre extraños. Sin saber cómo, tal vez en un principio por burla, luego por costumbre y convicción, la casa de los Sintlinger se con­vierte en la «casa de los santos» — «der Heiligenhof»—. Naturalmente, de la colina opuesta se contempla con envidia este im­previsible éxito de los rivales. Cuando al viejo Brindeisener le matan las privaciones, consumida por la tisis su hija Amalia, mien­tras al regreso del entierro todos los vecinos, incluidos los Sintlinger, asisten al tradicio­nal banquete fúnebre, el pequeño Pedro, único de su familia que había mostrado siempre una invencible simpatía por la niña de la casa enemiga, aparece con la pequeña Elena sangrante entre los brazos.

La chi­quilla, aprovechando la ocasión, había sa­lido de la casa sin ser observada, y, como guiada por un instinto, había ido a la colina de los Brindeisener, encontrándose con Pe­dro y poniéndose a jugar con él como si fue­ra vidente, hasta que había caído sobre una piedra. Esto puede parecer un detalle insignificante; por el contrario, es el princi­pio de la cadena de acontecimientos, al pa­recer incoherentes, pero que luego apare­cerán en su trágica lógica. En efecto, la pequeña Elena crece rápidamente; la naturaleza la está, fatalmente, arrancando de aquel mundo angélico en el que había vi­vido desde su infancia, para llevarla a la tierra. Quien más sufre por ello es su padre, el cual, después de un nuevo testimonio de este proceso evolutivo, murmura con tris­teza: «He aquí que mi santita es una mujer.» Esto significa para él una caída sin espe­ranza, mientras que para la jovencita es una continua multiplicación, casi temerosa, de luminosos presentimientos. Elena ama en se­creto a Pedro, el único muchacho que ha estado junto a ella; y un día, cuando él regresa a su casa durante las vacaciones de la Universidad, en la que cursa estudios, Elena, como si la empujara un impulso interior, se dirige al bosque, nota la presen­cia de alguien que le espera y de repente, al oír la voz del muchacho, recupera la vis­ta. De la alegría general sólo queda excluido el padre. Elena y Pedro, ya prometidos, pa­recen encaminarse hacia una felicidad sin límites, ya que también el muchacho, desde niño y más tarde durante su vida universi­taria, no ha podido arrancar de su corazón la imagen casi angélica de la ciega. Sin em­bargo, en vísperas de obtener el título, mien­tras Elena, débil y enfermiza, se ha trans­formado en una hermosa joven, el padre de Pedro, al aprobar su petición para casarse, le revela cuáles son sus tristes designios: casándose con su vecina y renunciando lue­go a sacar provecho de sus estudios para volver a ser campesino, salvará a los Brindeisener de una ruina inminente, ya que como único heredero habrá de convertirse algún día en dueño de la rica casa de su rival.

En este matrimonio, el viejo sólo ve el triunfo, la más cruel venganza de su fa­milia. Pedro no resiste a la idea de rebajar hasta tal punto un amor que siempre le ha parecido celestial; atormentado por aque­lla sospecha, incapaz de superar esa situa­ción, decide al fin romper el noviazgo. Pero la presencia, la inocencia y la compañía de Elena lo encantan hasta tal extremo que sólo el día antes de marcharse, le revela, de una manera incluso brusca, su triste secreto. La joven no contesta a sus palabras; ha sido herida en la raíz misma de su existencia; al día siguiente desaparece misteriosamente; sólo su cinturón flota sobre la superficie de un hondo estanque, en el que desemboca, tras violentos remolinos, un riachuelo. El estanque no devuelve el cuerpo, y los faná­ticos de los alrededores juran que de vez en cuando la ven tendida serenamente en el fondo, como si durmiera con una sonrisa en el rostro. El golpe que recibe Andrés Sintlinger es violento; parece como si no pudiera recobrarse; pero un amigo, cuya voz siempre le había resonado en el alma a partir del primer encuentro y al cual se había sentido próximo durante todos aque­llos años, acude en su ayuda, revelándole, como si se hallara ante un espejo, todo el profundo sentido de su existencia. Es Franz Faber, un maestro, siempre dispuesto a in­tervenir por la justicia en favor de los hu­mildes, de los oprimidos, una figura en la que quizá puedan reconocerse algunos ras­gos del autor.

Después de este último en­cuentro, Andrés Sintlinger se siente calma­do y vive ya en los límites de su posesión, en una soledad animada por consoladoras presencias. Y ya no se preocupa del viejo Brindeisener, que sigue desahogando su odio hacia él, maldiciendo desde lo alto de su colina desierta y sombría, después de que su esposa se ha suicidado, su hijo mayor ha sido encarcelado a perpetuidad y Pedro ha huido con una joven del pueblo vecino. Al igual que Faber es el protagonista del relato anterior, Tres noches [Drei Nachte, año 1909], del mismo modo Pedro Brindei­sener (1924) será el protagonista de una no­vela posterior; por ello, Der Heiligenhof viene a ser el centro de una trilogía. Por la variedad de sus voces, por la riqueza de la trama, constantemente entretejida por episodios secundarios pero no superfluos, la novela, en la que sentimientos religiosos, problemas sociales y psicológicos son acogi­dos en la concreta expresión de figuras vi­vas, representa uno de los puntos culminan­tes de la narrativa alemana contemporánea.

R. Paoli