[Et dukkehjem]. Drama de Henrik Ibsen (1828-1906), escrito en Italia en 1879. Nora (v.) es la mujer del abogado Helmer, que la mima como a una muñeca. Criatura ardiente y alegre, parecen complacerle las caricias de su marido, pero posee un secreto que la hace orgullosa. Para asegurar al esposo enfermo la cura que podría salvarle, no ha dudado en pedir prestada una elevada suma falsificando la firma de su padre. Está convencida de haber cumplido un deber, de haber hecho lo mismo que muchas mujeres en su lugar. Pero no logra pagar enteramente la deuda, a pesar de que durante años había trabajado robándole horas al reposo y a las distracciones. El nombramiento de su marido como director de un Banco la llena de gozo, porque le da la certeza de poder disponer de mucho dinero y librarse así de la deuda. Pero en aquel Banco está empleado Krogstad, el hombre de oscuro pasado que le ha prestado el dinero. Éste amenaza con revelar el secreto del préstamo y de la falsificación de la firma si Nora no induce a su esposo a darle un puesto mejor en el Banco. Nora no consigue persuadir a Helmer, que ha decidido ya despedir a Krogstad. La aproximación del momento fatal en que el secreto será revelado a su marido suscita en ella un terror ansioso. Su angustia se debe a motivos de los cuales ni ella tiene clara conciencia. Abriga la certeza de que su marido asumirá la responsabilidad de su falta, y está decidida a darse la muerte para no oprimirle con tal peso; pero en ella madura oscuramente la opuesta certeza de que la generosidad de su marido es una ilusión suya.
Así, pues, cuando Helmer, después de leer la carta en la que Krogstad reclama con amenazas el dinero, prorrumpe en invectivas contra ella, preocupado tan sólo de su propia honorabilidad y de su carrera, Nora no da la menor muestra de sorpresa. Se encierra en sí misma y deja que él dé rienda suelta a su cólera y ponga plenamente de manifiesto su ánimo mezquino. La inesperada llegada de una segunda carta de Krogstad, el cual renuncia a llevar a cabo su amenaza, desvaneciendo así todo temor en Helmer, no la disuade de la decisión que ha adoptado de ver un extraño en su marido; abandonará su casa y a sus hijos para aislarse y tratar de convertirse en una criatura consciente de su ser y de su destino. Casa de muñecas es uno de los dramas más famosos de la segunda mitad del siglo XIX y uno de los pocos de Ibsen que aún se representan con éxito, gracias, sobre todo, a la vistosa teatralidad de su escenificación. En su tiempo fue juzgado como una toma de posición en favor del feminismo, y desató discusiones apasionadas y violentas. Pero el drama debe ser considerado fuera de toda contingencia polémica, porque Ibsen, el verdadero Ibsen, lejos de ser un divulgador teatral de problemas sociales, fue y sigue siendo un dramaturgo de poderosa lírica. Sus actitudes polémicas, o las que pueden parecer tales, fueron en realidad estímulos que perseguían con extremo rigor, en sus representaciones, aquel ideal de perfeccionamiento ético tan vivo en él. Con Casa de muñecas comienza a definirse la personalísima forma de su teatro, en el cual el drama del hombre frente a su conciencia y a su destino se aclara en su íntima dialéctica a través de figuras nítida y casi realísticamente concentradas en una atmósfera de misterio. El aislamiento de Nora marca el íntimo alejamiento del poeta de la sociedad que tenía la ilusión de poder formar a su imagen, y su apartamiento en un mundo donde aquella sociedad no será más que un espejo inerte para sus personajes. [Traducciones de Pedro Pellicena en Teatro Completo, tomo VIII (Madrid, 1920) y de Gregorio Martínez Sierra (Madrid, 1917)]
G. Lausa

