La Cárcel de Amor, Diego Fernández de San Pedro

Novela didacticoalegórica de Diego Fernández de San Pedro, que vivió en tiempos de los Reyes Católicos, escrita probablemente entre 4465 y 1475 y publicada después de 1492. Tiene capital importancia para la interpretación de las manifestaciones literarias posteriores sobre asuntos de amor, entendido como in­clinación nacida de un conocimiento, como deseo o tendencia de naturaleza metafísica; es, pues, una novela indispensable para pe­netrar el significado real de obras como la Celestina (v.), el Amadís de Gaula (v.), la novela pastoril según el tipo de La Dia­na (v.), de Jorge de Montemayor, o La Ga- latea (v.), de Cervantes, y la misma obra maestra de la literatura española, Don Qui­jote (v.). Diego de San Pedro procede por símbolos, dándonos su explicación racional, y sumiéndose luego en un «exemplum»; una narración novelesca donde el amor como acto de vida ha de ser entendido y justificado por sí mismo entre las imáge­nes con las que se transparenta. El autor se finge perdido en Sierra Morena, donde encuentra a un caballero «assí feroz de presencia como espantoso de vista» que sostiene con la mano izquierda un escudo de acero y con la diestra una figura de mujer grabada en piedra brillantísima. Este caballero es el Deseo, inclinación irresisti­ble de la naturaleza que sabe defenderse contra todo asalto y que es consecutiva al conocimiento de esa belleza del ser que refulge en la mujer. El Deseo arrastra de­trás de sí a un hombre doliente, llevándolo a «la Cárcel de Amor»: una fortaleza si­tuada sobre una roca, adornada con pilas­tras, estatuas y puertas de hierro. Aquí se delinea el carácter simbólico de la obra, cuyo significado entiende el autor después de haber visto al prisionero de amor sen­tado en sitial de fuego, mientras dos mu­jeres sumidas en lágrimas le rodean la ca­beza con una corona de hierro y espinas. El prisionero es Leriano, hijo del Duque de Macedonia, enamorado de Laureola, hija del Rey Gaulo.

Narra cómo se ha producido su suerte: «Pero como los primeros movi­mientos no se puedan en los onbres escusar, en lugar de desviallos con la razón, confirmólos con la voluntad y assí de amor me vencí, que me truxo a esta tu casa la qual se llama Cárcel de Amor». La cárcel donde se ha encerrado se basa en la piedra de la Fe, es decir, de la Fidelidad, que es dedicación de uno mismo al amor como actividad autónoma. Los cuatro pilares que la sostienen son las tres potencias superio­res del alma: Memoria, Entendimiento y Voluntad, confirmadas por la Razón. En lo alto de la torre de la cárcel están Tris­teza, Congoja y Trabajo, que atan con sus cadenas el corazón. La silla de fuego es la Justa Afición, es decir, el orden que el amor emana de su seno. Las dueñas que colocan en la cabeza del enamorado la corona del martirio son el Ansia y la Pa­sión. Encontramos, en resumen, una teoría del amor, como pasión por la belleza que nos es connatural, basada en una concep­ción metafísica de molde francamente es­colástico, incluso tomista: es el amor como actividad autónoma que perfecciona y fina­liza el sujeto en la misma línea de su cons­titución específica. El autor se instituye como mediador entre Leriano y Laureola, presentándose a la mujer y templando su ánimo demasiado orgulloso y desdeñoso. Así se inicia entre ambos jóvenes un intercam­bio de cartas: cartas de análisis sentimen­tal, que siguen el hilo de una emoción ilu­minada constantemente por la inteligencia.

Leriano puede al fin volver a la mujer amada: pero Persio, su rival, denuncia al rey la intriga amorosa y Laureola es ence­rrada en un castillo. Todavía no satisfecho, Persio desafía a Leriano, pero resulta ven­cido con la pérdida de la mano derecha. Desea entonces la venganza, aduce falsos testimonios que declaran haber visto a Le­riano y Laureola en lugares sospechosos. En consecuencia, Laureola es condenada a muerte. Sólo que Leriano consigue libertarla y conducirla a una fortaleza, defen­dida bravamente por él contra los ejérci­tos del rey. Al fin, el testimonio de Persio y de sus acólitos es reconocido como falso y se proclama la inocencia de ambos aman­tes. Esta parte de la novela trata de poner de relieve lo mucho de providencial que hay en el amor de dos jóvenes enamorados, que resultan misteriosamente protegidos contra todas las fuerzas adversas. Pero aquí Diego de San Pedro sigue distinguiendo: Laureola, que a causa de Leriano ha sido acusada, advierte que no puede darse a él con absoluto amor; por ello ordena a Le­riano que no comparezca más a su pre­sencia: piensa, naturalmente, más en sí misma que en Leriano. Éste, en cambio, por amor a ella, se atiene a la orden reci­bida, pero decide dejarse morir de ham­bre para escapar a tanto dolor. La mujer se detiene en el puro amor a sí misma; el hombre quiere quedarse en el puro amor, que toma su propia vida como una oferta hecha al objeto amado. Y a un amigo, el caballero Tefeo, que se desata contra las mujeres declarándolas a todas malvadas, Leriano contesta: «Todas las co­sas hechas por la mano de Dios son buenas necesariamente, que según el obrador han de ser las obras, pues siendo las mujeres sus criaturas no solamente a ellas ofende quien las afea, mas blasfema de las obras del mismo Dios».

Y en ese caso, la caba­llería, entendida como respeto hacia la mu­jer, criatura de Dios, es en términos meta- físicos una ley de nobleza espiritual. Así la mujer es para Leriano el ser gracias al cual el hombre conquista el esplendor de las virtudes cardinales y teologales; aman­do en la mujer la belleza del ser, se ama al mismo tiempo la belleza de Dios al saber que ella es imagen de Dios. Lo cual es la resolución tomista del problema del amor, que Diego de San Pedro representa del mis­mo modo que entre los italianos hicieron los poetas del «dolce stil novo», desde Guinizelli hasta Dante. La novela termina si­guiendo el lento agotamiento de Leriano, que muere, como Don Quijote, incapaz de realizar el orden de su amor. Bebe en una taza las cartas de su amada después de haberlas hecho pedazos, mientras junto a su lecho su madre solloza y llora. La obra, escrita con estilo de claridad cristalina y extrema sencillez, es rica en penetrantes anotaciones psicológicas que se atienen constantemente al punto vital en que meta­física y poesía, se identifican, realizándose al unísono. Naturalmente el pensamiento de Diego de San Pedro, juzgado desde un plano moral, o sea en el campo de la acti­vidad práctica, justifica la condena del San­to Oficio y las recriminaciones de Luis Vi­ves y otros moralistas; pues lo que meta- físicamente es bueno no siempre es, sin embargo, bueno desde el punto de vista moral. La obra tuvo amplísima difusión en España e influyó singularmente en los epi­sodios sentimentales de Don Quijote (Mar­cela y Crisóstomo, Lucinda y Cardenio), para no citar la disputa sobre el amor que ocupa el centro de la Galatea, de Cervan­tes, y explica su significado.

M. Casella

El Werther de su tiempo.(Usoz)