Se da el nombre de jarŷa a la breve estrofa que cierra la muwaššaha hispanoárabe. ¿Qué es una muwaššaha? Según Ibn Bassam, que escribía en Sevilla en 1109, y Al-Hiyarí, nacido en Guadalajara en 1106 y muerto en 1155, un poeta natural de Cabra, al que dan el nombre, indistintamente, de Muhammad y Mucaddam. inventó un género de poesía, bajo el nombre de muwaššaha, que introducía tres notas inéditas en el ámbito de la poesía árabe: 1) el nuevo tipo de composición estaba escrito en versos cortos, no en versos largos bimembres como los de la qasida; 2) esos versos estaban ordenados en estrofas de rimas cambiantes, mientras que las qasidas eran monorrimas; y 3) estaban escritos en correcto árabe literario (su versión en árabe coloquial se llama zéjel), pero su última estrofa — nuestra jarŷa —, que era el verdadero núcleo del poema, lo estaba en vulgar: árabe o hispánico. Massignon ha puesto de relieve el papel de protagonista que desempeña la jarŷa dentro de la muwaššaha: «Mientras en la poesía clásica el acento carga sobre el primer verso — arranque del arco de violín (Mutanabbí) —, en la muwaššaha el acento carga en el último verso — flecha suprema —». Este género de poesía fue pronto cultivado por los poetas judíos españoles. Existen, por lo tanto, muwaššaha compuestas de estrofas en lengua árabe y muwaššaha compuestas de estrofas en lengua hebrea, pero en ambas la jarŷa aparece en lengua vulgar árabe o romance.
Entre unas y otras, sólo puede señalarse una diferencia: las primeras traducen una pasión más sensual y coloreada, mientras que las segundas nos sumergen en un clima de blanca pasión virginal. El mejor preceptista de la muwaššaha, el egipcio Ibn Sana al-Mulk, nos da las leyes que regían la jarŷa, que Emilio García Gómez ha resumido en los siguientes términos: 1) ha de ser sorprendente y electrizante; 2) ha de estar en estilo directo, o sea, puesta en boca de alguien; 3) ha de estar por lo común en lengua vulgar árabe, argot o romance, pues sólo estará en árabe clásico en casos contados y tratándose de poemas panegíricos; 4) como la jarŷa es la esencia de la muwaššaha, debe componerse antes que ésta, y ésta se ha de ajustar después a aquélla como a un pie forzado; 5) si el poeta no es capaz de componer una buena jarŷa, será mejor que tome una ajena.
En principio, las jarŷa en lengua románica mozárabe no son obra del autor de la muwaššaha, sino que han sido tomadas por éste de las canciones tradicionales de la poesía románica que le circunda, de manera que algunas muwaššaha árabes y hebreas, sustancialmente distintas, se cierran con la misma jarŷa romance. Los autores de muwaššaha nos han transmitido, pues, al final de sus composiciones, breves cancioncillas en lengua romance que constituyen la primera muestra conocida de la lírica románica. Los poemas de estos autores «han actuado — escribe Dámaso Alonso — de prodigiosos frascos de alcohol, dentro de los cuales los hombres del siglo XX encontramos ahora, frescas, palpitantes, estas criaturas líricas del siglo XI». El interés que los poetas árabes y judíos demostraron por la poesía hispánica de tipo tradicional hace pensar en el de los notarios y juristas boloñeses de los siglos XIII y XIV, los cuales incorporaron, a sus colecciones de cartas latinas, poesía tradicional italiana, que de otra manera hubiera desaparecido; o el del clérigo del cabildo de York, quien, en el siglo XIV, «entretenía el aburrimiento de sus obligaciones clericales» copiando un fragmento de una canción amorosa inglesa junto a la homologación de un testamento.
El estudio de estas cancioncillas mozárabes — unas cincuenta conservadas en muwaššaha árabes y unas veinte en muwaššaha hebreas, de los siglos X al XIII — ha obligado a críticos e historiadores a replantear un sector de la lírica hispánica medieval, que ahora podemos esquematizar con los siguientes términos: en el siglo I d. de C., según el testimonio de Marcial y Juvenal, la sociedad más refinada de Roma gustaba escuchar la canciones de la Bética y celebraba, con entusiasmo, las danzas de las bailarinas gaditanas. El tipo de canción andaluza que postula este testimonio parece ser que ha mantenido, a través de los siglos, una fecunda continuidad. Las cancioncillas mozárabes, que formaban las jarŷa de las muwaššaha de los poetas árabes y judíos del Andalus, constituirían las primeras muestras conservadas. Más tarde, volvemos a encontrar manifestaciones de esta veta de poesía tradicional en el léxico y los temas de las cantigas d’amigo gallegoportuguesas y en la lírica castellana tradicional, cuya vida a lo largo de la Edad Media, a través de alusiones y la pervivencia en la literatura culta y tradicional posterior, ha sido determinada magistralmente por Menéndez Pidal.
Por ejemplo: una jarŷa que nos ha transmitido Todros Abulafia dice: «¿Qué faré yo o que serád de mibi?/¡Habibi,/non te tolgas de mibi!»; paralelamente, en la cantiga 228 del Cancioneiro da Vaticana se lee: «¿Que farei agor’, amigo ?/pois que non queredes migo/viver». Otra jarifa dice: «¡Albo diyah este diyah,/diyah de l-‘ansara haqqá!/Vestirey mew l-mudabbay/wa-nasuqqu l-rum- ha saqqá», que García Gómez traduce: «¡Albo día [es] este día,/día de la sanjuanada!/Vestiré mi [jubón] nuevo/e iremos a quebrar lanzas»; el tema del alba del día de San Juan es frecuentísimo en la lírica tradicional conservada en nuestra literatura del Siglo de Oro; así Lope de Vega escribe: «Despertad, señora mía,/despertad,/porque viene el alba/del señor San Juan».
Las jarŷas conservadas permiten subrayar algunos de los temas y situaciones más característicos de esta primitiva lírica tradicional hispánica. El mundo que transcriben, mezcla de apasionamiento y honestidad, expresada siempre con delicada vehemencia, revela un temblor de alta calidad lírica. La doncella enamorada, que proclama sus penas de amor, sufre por la enfermedad del amigo o llora su ausencia y busca el consuelo de la madre y las hermanas, es su personaje central. De tanto amar, sus ojos han enfermado: «Tant’amare, tant’amare,/habib tant’amare,/ enfermaron uielios gaios,/e dolen tan male» [«Tanto amar, tanto amar,/amigo, tanto amar,/enfermaron unos ojos antes alegres/ y que ahora duelen tanto»]. En otra jarŷa pregunta a su madre qué debe hacer cuando su enamorado está en la puerta esperando: «¿Qué faré mamma?/Meu al-habib est ad yana» [«¿Qué haré, madre?/Mi amigo está en la puerta»]. Confiesa a sus hermanas, angustiada, que no puede vivir sin su enamorado y que irá a buscarle: «¡Garid vos, ay yermaniellas,/com contener a mieu mali!/Sin el habib non vivréyu,/advolerai demandari» [«¡Decid vosotros, ay hermanillas,/cómo contener mi mal!/Sin el amigo no podré vivir,/volaré en su busca»]. En su angustia y soledad, pregunta a una adivina el día en que volverá el amado: «Gar, si yes devina e devinas bi-l-haqq,/garme cuand me vernád mió habibi Ishaq» [Di, pues eres adivina y adivinas con verdad ,/dime cuándo me vendrá mi amigo Isac»]. La ausencia del enamorado cuando llega el tiempo de la Pascua (el «gens tems de pascor» de los trovadores) aumenta el sufrimiento de la doncella: «Viénid la Pasca, ¡ed yo sin ellu!/ ¡cóm cáned moi corachón por ellu!» [«Viene la Pascua, ¡y yo sin él!/¡cómo arde mi corazón por él»]. El dolor de la muchacha estalla cuando sabe enfermo a su enamorado: entonces el corazón se le escapa y duda de que lo recobre: «Vayse meu corachón de mib,/ya Rab, ¿si se me tornarád?/¡Tan mal meu doler li-l-habib!/Enfermo yed, ¿cuándo sanarád?» [«Mi corazón se me va de mí,/ Oh Dios, ¿acaso se me tornará?/ ¡Tan fuerte mi dolor por el amado ¡/Enfermo está, ¿cuándo sanará?»]. La espera del amigo se hace tan larga, que la enamorada está a punto de morir: «Gar, ¿qué farayu,/cómo vivrayu?/Est al-habib espero,/por él murrayu» [«Decid, ¿qué haré,/cómo viviré?/ Espero a este amigo,/por él moriré»].
Aparece, también, el tema del amigo celado, que después habremos de encontrar, aplicado a la doncella, en las cantigas d’amigo, en el Marqués de Santillana y Cervantes: «K’damay/filio alieno/ed él a mibi./Kéredlo/ de mí vetare/su al-raqíbi» [«Que adamé/ hijito ajeno/y él a mí./Quiérelo/de mi apartar/su guardador»]. Los demás personajes de las jarŷas romances — el amigo, la madre, las hermanas, el joyero, etc., — son meros puntos de referencia que ponen de relieve, violentamente, la primaveral calidad literaria de estos textos, primeros eslabones conocidos de una larga y firme cadena de creación poética peninsular. Puede decirse que con este hallazgo la poesía española ha ganado un siglo de antigüedad.
J. Molas

