Novela de Felipe Trigo (1865-1915). Este autor, cuya obra se considera, en general, como una forma del agotamiento del naturalismo — eliminando todo sentido de concepción artística, y acentuando el lado simplemente de observación de laboratorio —, a veces sin que ello salve otros aspectos de sus novelas, tuvo una certera visión de los problemas sociales.
Leyendo Jarrapellejos nos encontramos con tipos y circunstancias no olvidados: la dura férula del cacique, su intervención feudal sobre sus sometidos, el uso indebido de su autoridad sobre la hacienda y la vida de los mismos que le sostienen con sus votos. La amarga inmoralidad de los cobardes, de las mujeres vanidosas, el sucio velo que se corre sobre los delitos si éstos pueden perjudicar a la política, rastrera y miserable, de los prohombres rurales o de la capital… Indudablemente, el autor en esta obra no insiste en los asuntos sexuales que le dieron tan efímera pero tan extensa publicidad: se limita a aplicar a la herida nacional, que retrata, el brutal cauterio de su pluma.
Escrita en 1914, un año antes de su muerte, está dedicada al político Melquíades Álvarez: «…Yo, desde la majestad de mi independencia de «hombre que escribe» (no de artista ni de novelista — dejemos esto para los del castillo de marfil), en nombre de la Vida, que no es de marfil, sino de angélica bestialidad de carne y de hueso, le digo a usted: vea si en dejar pasado a la historia bárbara de España el asunto de este libro, no está todo el más urgente empeño de gobierno digno de la majestad de un gobernante».
C. Conde

