[Zerbrochener Krug]. Comedia de Heinrich Kleist (1777- 1811); es quizá la mejor comedia alemana con la Minna de Barnhelm (v.) de Lessing. Argumento y título están tomados del conocido cuadro «La cruche cassée» de Greuze, y fue escrita en 1803.
Un desconocido penetra de noche en el cuarto de una muchacha. Obligado a huir por la ventana, rompe un jarrón de mayólica de Delft. En torno a este objeto, que es la prueba del delito, se incoa el proceso ante el juez Adam. Las pruebas parecen ser contrarias al novio de la muchacha, pero poco a poco la acusación cesa, hasta recaer en el propio juez Adam, que desciende del estrado perdiendo su digna peluca y huye como un loco. Lo cómico deriva del hecho de ser el juez el culpable, porque constituye un amenísimo desdoblamiento de su propia persona. Sin embargo, todos nos encontramos en la misma situación cuando juzgamos un delito: llevamos la posibilidad de este delito dentro de nosotros aunque no lo cometamos; nadie es pues digno de ocupar el puesto de juez, porque siempre habrá un Adam que se arrogue el derecho de juzgar a otro Adam.
Por eso la comedia alcanza honduras metafísicas; afortunadamente, el tema no está planteado de modo abstracto, al contrario; en un largo acto sin interrupción alguna, lo que no deja tiempo para descubrir al culpable por anticipado, la acción se desenvuelve intensa, llena de detalles, en el clima de un pequeño burgo de Holanda, donde cada objeto tiene el relieve de una naturaleza muerta. Con particular relieve destaca en el centro de las peripecias, el jarrón roto, en torno al que todo gravita; objeto sin vida, del que depende la afanosa vida de los personajes.
F. Lion

