Estafa de Cielo, Franz Werfel

[Der veruntreute Himmel]. Novela publicada en 1939, du­rante su destierro en Francia después de la anexión de Austria a la alemania nazi.

Se inicia con un largo prólogo de cuatro capítulos, que forma la primera parte y re­presenta precisamente la vida serena y espi­ritualmente refinada de la vieja Austria en un simpático cuadro de familia y de so­ciedad vienesa: el autor es huésped habi­tual de sus queridos amigos Argan en su hermosa casa de campo en Grafenegg, en los Alpes de Estiria, donde naturaleza y cultura compiten para ofrecer lo mejor que puede recrear la mirada y el espíritu. Marido, mujer y dos hijos de poca edad constituyen un pequeño mundo de huma­nidad amable y cordial, de intelectualismo elevado y de genial musicalidad.

Una ines­perada tragedia —la muerte del hijo en caída accidental— destroza la armonía de aquella felicidad familiar, generosamente hospitalaria. El círculo se rompe; poco des­pués una epidemia de encefalitis letárgica ataca a la hija, que ha de ser internada en una clínica. El poeta se aleja y, mien­tras está en el extranjero, la calamidad nazi cae sobre su patria. Se queda desterra­do en París, separado de la única familia amiga, de quien sólo sabe que el padre ha sido enviado, por antinazi, a un campo de concentración. Agota todos los recur­sos para conseguir su liberación. Des­pués de más de un año, en el epílogo del libro, le llega la noticia de que el amigo está liberado, que la enfermedad de la hijita está casi completamente dominada y que en breve se reunirán con él en París. Todo esto es el marco, pero de singular valor artístico, para el verdadero cuadro que presenta a la figura central de la nove­la: Teta Linek, vieja criada y cocinera de la familia Argan.

El poeta la ha conocido en los días felices de Grafenegg y la ha guardado en su memoria, como un querido vínculo con el pasado. La originalidad de su tipo, lo que supo entonces de su vida y lo que, por una curiosa casualidad, un joven sacerdote hallado por él en el des­tierro le ha contado de su muerte, a la que asistió, encontró en el espíritu del escritor una elaboración psicológica y artística que ha elevado a la modesta sirvienta, irrepro­chable en el desempeño de sus quehaceres culinarios, cerrada y enigmática en su per­sonalidad interior, a heroína de novela y de poesía. Su historia es melancólica: de­dica todo el fruto de su infatigable trabajo cotidiano a la educación de un sobrino, que casi ni conoce, y de quien quiere hacer un sacerdote: para que éste, el día de su muerte, la asista con sus plegarias y, des­pués de la muerte, celebre para ella misas de sufragio. Pero el sobrino, un vulgar pi­caro y simulador, la explota desde lejos hasta lo inverosímil, manteniéndola duran­te 30 años en el engaño.

Cuando al fin des­cubre la inutilidad de sus sacrificios, pues el joven nunca ha sido sacerdote, todo el castillo ideal de su vida se derrumba. La historia es verdadera pero en ella —dice acertadamente el poeta — la verdad se enla­za con la leyenda. La grandeza de la hu­milde criatura está en su conciencia meta­física, en su fe absoluta en una realidad eterna, en la constante preocupación por la salvación de la propia alma, a la que es justo sacrificar todo bien terrenal, en la extrema necesidad de sobrevivir a sí mis­ma presentando a Dios, en el hijo espiri­tual de los propios sacrificios, una especie de ofrenda viva. Ciertamente hay en esta construcción ingenuamente primitiva de la propia futura bienaventuranza, en este ex­traño empleo del capital celestial, un cálcu­lo egoísta y una carencia de amor (el so­brino en sí mismo le es indiferente), del cual su alma se da cuenta en el momento del derrumbamiento; y el sentido de la pro­pia responsabilidad en la culpa de quien tenía que ser el instrumento de salvación, la transfigura: debe expiar la malversación del cielo efectuada con su inconsciente com­plicidad.

Y como en las antiguas leyendas, su penitencia la lleva peregrina a Roma. El libro termina con una admirable descrip­ción de una de las últimas peregrinaciones austríacas antes de la anexión: desde el conseguidísimo dibujo del animoso orga­nizador hasta la grandiosa figura del S. Padre Pío XI, que casi moribundo se prodiga heroicamente para confortar y animar a los fieles. En la audiencia solemne el Sumo Pontífice se apoya por un instan­te en el hombro de la anciana sirvienta arrodillada; ésta, vencida por la emoción, no vuelve a levantarse. Herida de apople­jía y transportada al hospital, muere algunos días después, entre el afectuoso interés general, visitada por monseñor Caccia Dominioni que le transmite la bendición especial del Santo Padre, y amorosamente asistida por un joven sacerdote que ha acompañado a los peregrinos y ahora pare­ce sustituir junto a la moribunda al sobrino por quien fue engañada. Así, el sueño de su vida se realiza en una especie de apo­teosis que premia su mística fe en la eter­nidad. Y Werfel nos da una nueva expresión artística del propio sentimiento religioso, en busca constante de lo divino: «Un mun­do sin Dios es como un cuadro sin pers­pectiva». [Trad. de D. J. Vogelmann (Bue­nos Aires, 1942)].

C. Basseggio