Espíritu de la Tierra, Frank Wedekind

[Erdgeist]. Drama en cuatro actos estrenado en 1895 con el titulo de Lulú. Procedente del medio social más bajo, Lulú (v.) ha ido subiendo social­mente, usando nombres diferentes, y aho­ra es esposa de un respetabilísimo ancia­no, el señor Schwartz.

En el primer acto seduce al pintor que hace su retrato; su marido la sorprende y muere de un ataque apoplético. En el segundo acto ella se ha convertido en esposa legítima del pintor, que la tiene por un ángel de pureza; pero, el dueño de su corazón, Schoen, que la ha acompañado durante toda su carrera, des­cubre al ingenuo pintor algo de la verdad, y éste se mata. En el tercer acto Lulú engatusa a un aristócrata, explorador afi­cionado, y le lleva a la ruina. En el último acto ha obligado por fin a Schoen a pasarse con ella. Ya están frente a frente. El que­rría volver a la vida ordinaria; pero Lulú le impone su atmósfera de perdición. En un acceso de asco irresistible Schoen se sui­cida. Cada acto termina con una muerte. Esta obra se halla situada entre el teatro naturalista y el «guignol» genial. En un prefacio en verso Wedekind anuncia con la grandilocuencia requerida de un poeta- payaso su propósito de presentar no seres civilizados, sino criaturas fuera de la so­ciedad, verdaderos faunos. Su Lulú es una inconsciente fuerza de la naturaleza; y el título dado a la obra de Wedekind cuando, más tarde, la unió con un nuevo drama que constituye su directa continuación, La caja de Pandora (v.), muestra el singular afán de metafísica propio de este autor.

Su fuerza consiste en una veracidad cruda, que unida a la prudencia y a la corrección burguesa produce la impresión de una vida moderna muy audaz. Semejante a Nietzsche y a Strindberg, Wedekind, con una clari­videncia terrible ve el amor como una lu­cha de voluntad de potencia. ¡Ay de los vencidos! Todos sucumben a la enorme fuerza enmascarada de Lulú. El único que parecía capaz de resistirle era su igual, Schoen, un superhombre en sentido nega­tivo. Pero ella acaba por dominarlo tam­bién, porque, como mujer, está más inme­diata y más ligada al demonismo de una materia prima y a la necesidad de su na­turaleza.

*   La caja de Pandora [Die Büchse der Pandora], drama en cinco actos, fue es­trenado en 1901. Después del suicidio de su marido Schoen, Lulú ha estado en la cárcel. Una amiga suya, que la ama con amor equívoco, la condesa Geschwitz, con­sigue que la dejen en libertad y esta vez vemos a Lulú en su verdadero mundo: un atleta de circo, filibusteros que se dedican a la trata de blancos, un especulador sos­pechoso, muchachas vendidas por su pro­pia madre, viejos borrachos, Schigolsch, padre de Lulú, por quien ella se deja ex­plotar. Reducida a la miseria, se ve obligada a acudir a la prostitución callejera, como en sus primeros años de abyección. En este momento de decadencia aparece finalmente el que había de dominarla: Jack, el famoso asesino, que la toma con sus manos ensan­grentadas. Podríamos pensar que una serie de escenas como éstas que se desenvuelven en el mundo más abyecto, deberían hacernos retirar indignados.

Pero Wedekind está muy lejos de ser un inmoralista; es, por el contrario, un profesor-predicador de ex­trañas teorías, en las que cree y por las que estaría dispuesto a sacrificarlo todo, hasta el arte. Con todo, como obra de arte esta Pandora tiene un valor propio. Wede­kind ha creado en ella todo un mundo de primitivos al margen de la sociedad, los cuales conservan una especie de frescura de materia prima, por encima de su abyecta vida social. Y parece que se pregunte si la sociedad de mañana no estará consti­tuida por ellos. Trabajando en este plasmable barro, en esta lava sórdida pero ardiente, Wedekind ha alcanzado el tono de los predecesores de Shakespeare; hay en él algo de Marlowe. No es extraño que el teatro alemán de su tiempo fuera influido más por Wedekind que por Hauptmann, el cual, sin embargo, le es superior. Pero el perfecto dominio del arte es menos creador e incitante que estos turbios prin­cipios, en que se agitan larvas espantosas.

F. Lion