Espíritu de las Leyes, Charles Louis de Secondat (barón de Montesquieu)

[L’Esprit des lois]. Es la obra que recoge los innumera­bles elementos y los firmes principios del pensamiento histórico, político y social de Charles Louis de Secondat, barón de Montesquieu (1689-1755). Fruto de largas me­ditaciones, viajes y lecturas, fue publicada en 1748.

Está basada en algunos principios generales, de los cuales, según el autor, toman origen y vida las instituciones polí­ticas y civiles que rigen la vida humana. Después de explicar, siguiendo los Tratados sobre el gobierno civil (v.) de Locke, el significado de las leyes como «relaciones necesarias que se derivan de la naturaleza de las cosas», y demostrado que tanto el mundo físico como el mundo de la inte­ligencia están gobernados por reglas y re­laciones intrínsecas a su propia existencia, Montesquieu examina la trama de las fuer­zas que actúan en las diversas sociedades históricas para descubrir coherencias y dis­cordancias entre las instituciones y las leyes con respecto a su esencial necesi­dad, a su «esprit». Las leyes fundamenta­les del Estado se reducen todas a la na­turaleza de su gobierno, que puede ser — como ya en la República (v.) de Platón— republicano (democrático u oligár­quico), monárquico o despótico, según pre­dominen en él la virtud, el honor, o el miedo. Siempre que en la realidad histó­rica estas leyes se demuestren aberrantes del «esprit général» que los ha determinado, y que las mantiene en vida, es necesario que sean mostrados la naturaleza y las razones de ese error.

Como la estabilidad del estado se apoya sobre el principio de gobierno y sobre el acuerdo de las leyes para mantenerlo y fortificarlo, cuando el principio se corrompe, las mejores leyes se vuelven malas. El principio de la democra­cia, por ejemplo, se corrompe cuando la nación pierde el espíritu de igualdad y lo interpreta arbitrariamente. Hay que esta­blecer neta separación entre los poderes, legislativo (Parlamento), ejecutivo (Prín­cipe), y judicial, con el fin de una mutua limitación y salvaguardia de la libertad, de lo que da un claro ejemplo la constitución inglesa, admirada y propugnada por Mon­tesquieu después de su viaje a Inglaterra. No hay que pensar, sin embargo, en )a ex­tensión de este ideal a todos los pueblos: los diversos elementos y relaciones que for­man el carácter de una nación podrían oponerse a ellos.

Si bien debe ser aborre­cida la esclavitud de los negros, no se pue­de por otra parte, desconocer que los países cálidos están predispuestos, más que los fríos, a la servidumbre; se concede parti­cular importancia a la influencia que tiene el clima en la historia de los pueblos. El desarrollo de esta materia, procede de este modo en los XXXI libros, subdivididos en breves capítulos con una articulación minu­ciosa de postulados y de investigaciones en torno a la relación que las leyes guardan, no sólo con los principios del gobierno, sino también con las fuerzas armadas, con la constitución, con el ciudadano, con la na­turaleza del clima o del terreno, con el co­mercio, con el número de los habitantes, con la religión, con los principios que for­man el espíritu general, las costumbres y las maneras de una nación.

Bajo el ropaje del racionalismo cartesiano se descubre en esta obra el oculto acicate de una curio­sidad empirista de donde proceden la no­vedad y valentía de las propuestas de re­forma de la justicia, de condena de la tor­tura, de las persecuciones políticas, de la inquisición; todo ello en nombre del «esprit de moderation», del cual el legislador debe — ser intérprete en su obra de ilustrada ade­cuación de las leyes al verdadero y oculto sentido de la historia. De este modo, el arbitrio de las legislaciones que, introduciéndose con mayor o menor coherencia en el haz de las leyes naturales, pueden acele­rar o retardar la parábola del progreso, atempera e integra el rígido determinismo histórico en que aquella concepción puede parecer inspirada. Su gusto enciclopédico, su fin científico, su interés humano y social, han hecho de este libro una de las más ricas fuentes de la cultura «ilustrada» del siglo XVIII.

Documento importante de las nuevas ideas sobre las libertades políticas y constitucionales, preparó el terreno para los acontecimientos desde la Revolución hasta la Constituyente; pero no representó nunca el espíritu de estos cambios por cier­to conservadurismo monárquico y por el carácter reformador y no revolucionario de sus principios. A este libro volvieron los historiadores y los hombres de gobierno del siglo XIX francés, hallando en él, unos, los gérmenes de nuevas concepciones historiográficas, los demás, principios liberales de los regímenes constitucionales y parla­mentarios. [Trad. de Juan López Peñalver (Madrid, 1820); de Narciso Buenaventura Selva (Madrid, 1845); de Clemente Fernán­dez Elias (Madrid, 1870) y de Siró García del Mazo (Madrid, 1906)].

L. Rodelli

Entre tantas cosas como Montesquieu pre­vio y adivinó, le faltó una para ser com­pletamente él mismo y para completar la educación de su genio: la experiencia de una revolución. (Sainte-Beuve)

Este gran libro, más que un libro es una existencia… En él hay, no sólo veinte años de trabajo, sino verdaderamente una vida intelectual. (Faguet)

El Espíritu de las leyes es para Mon­tesquieu lo que los Ensayos son para Mon­taigne, con la diferencia de que el estudio de Montaigne se refiere al hombre moral y a los recursos espirituales, y el de Mon­tesquieu al hombre social, y al mecanismo de las leyes. (Lanson)

Es una obra considerable, magistral, un verdadero monumento que señala el fin de una época y la promesa de una nueva era. (Fernández)