Escenas de la Vida Bohemia, Henri Murger

[Scénes de la vie de bohéme]. Novela publicada en el año 1848. Está compuesta en gran parte por ar­tículos que aparecieron en un modesto pe­riódico, «Le Corsaire», del que Murger era redactor.

Los capítulos no tienen entre sí la menor relación aparente: son, como in­dica el título del libro, «escenas de la vida bohemia», de la verdadera bohemia, que el autor en el prefacio del libro desea distin­guir de las demás formas de vida vagabun­da que suelen comprenderse bajo este nombre. Para Murger la bohemia es el estado inicial por el que deben pasar todos los artistas y literatos antes de alcanzar una sólida notoriedad. Los principales per­sonajes del libro son el filósofo Schaunard, el poeta Rodolfo y el pintor Marcelo. Encontrándose por azar en difícil situación económica, establecen una especie de aso­ciación para afrontar juntos las agradables o melancólicas contingencias de su vida va­gabunda.

La mayor independencia reina entre ellos; turnándose aparecen y desapa­recen según sus aventuras amorosas o sus recursos financieros, sin que los restantes se preocupen lo más mínimo, y sin que se quebrante su fraternidad. Los tres se di­rigen hacia un seguro éxito; por interva­los su nombre corre en boca de los críti­cos y su producción es requerida; pero bastante más a menudo la necesidad es urgente y les obliga a humorísticas discu­siones con el casero y con los acreedores asediantes, cuando no les obliga incluso a pernoctar bajo el cielo estrellado. Pero cuando la fortuna llama a su puerta, en­tonces se produce la batahola más feliz, hasta que la última moneda les obliga a volver a la ruda realidad cotidiana.

Cerca de ellos pasan y traspasan infinitas figuras femeninas, compañeras de una hora, de un día alegre; y se recuerdan particularmente Musette, la amiga de Marcelo, que sabe amar y traicionar con tan espontánea franqueza, y Mimí (v.), dulce muchacha llena de deli­cadeza que, después de haber abandonado a Rodolfo por un rico vizconde, vuelve a él para morir entre sus brazos. La buhar­dilla fría y tétrica y el cafetín de Montparnasse en invierno, los bulevares en verano, sirven de fondo a esta existencia vi­vida al margen de la sociedad. Murger ha­bía sido un bohemio y por ello las «esce­nas» están escritas verdaderamente con el mismo amor con que fueron vividas. El li­bro, donde un sabroso realismo se colorea con sencillas notas románticas, gustó a sus contemporáneos, y los nombres de Rodolfo y de Marcelo, de Mimí y de Musette per­duraron como símbolo de juventud, de des­preocupación y de tierna melancolía. [Trad. de F. Casanovas (Barcelona, 1901)].

*     Théodore Barriere (1823-1877) extrajo un drama en cinco actos, La vie de Bohé­me, representando en el Variétés de París en 1851.

*     La novela de Murger debía inspirar so­bre todo al teatro musical de fines del si­glo pasado. Es famosa la ópera en cuatro actos con música de Giacomo Puccini (1858- 1924) y libreto de Luigi Illica (1859-1919) y Giuseppe Giacosa (1847-1906). La Bohé­me fue representada por vez primera en Turín en 1896. El tenue asunto de la no­vela francesa está adaptado por los libre­tistas con fines esencialmente teatrales, perdiendo así su sabor de sencilla me­lancolía, su sentido de vida vagabunda de los bohemios y la clara y sin embargo pia­dosa imagen de la miseria moral de sus amores, que constituían su modesto valor artístico.

En el libreto de la ópera los epi­sodios están escogidos y dispuestos según la tendencia de un crudo realismo senti­mental o cómico, reproduciendo lo más mediocre y mezquino que hay en la vida de los «boulevards» parisienses. Los cuatro protagonistas masculinos (Rodolfo, poeta, Schaunard músico, Marcelo pintor, Colline filósofo) y las dos mujeres (Mimí y Musette), constituyen la parte principal del asun­to, cuyos varios episodios están combinados por los libretistas con consumada habili­dad teatral. La escena de la buhardilla con los cuatro amigos sin un céntimo y sin embargo despreocupados, el expediente con que se libran del incómodo casero Bénoit, el encuentro entre Rodolfo y Mimí con el truco de la llave perdida en la oscuridad que él se mete en el bolsillo, el encuentro más vulgar entre Marcelo y Musette (se­gundo acto) basado en las peripecias de un zapato molesto, entre los alborotos car­navalescos por las calles de París, en el tercer acto, dominado por la atmósfera de la nevada y por los gritos lejanos de los vendedores ambulantes, el lamentable co­loquio que precede a la separación de Rodolfo y Mimí, mísero final de una mísera unión, con la que contrasta la disputa y separación de la otra pareja, en estilo de taberna; y, en el último acto, la vuelta a la desnudez de la buhardilla, donde Mimí va al fin a refugiarse y vivir junto a su amor y a sus amigos los últimos instantes de su vida consumida por la tisis, mientras Musette, se transforma en un ángel de bondad: todo ello era indudablemente ade­cuado para inspirar la vena de Giacomo Puccini, quien consiguió una ópera que, junto a Manon Lescaut (v.), puede considerarse la más equilibrada y sincera de las suyas, si por sinceridad se entiende única­mente dar libre desahogo a las propias ten­dencias sentimentales, sean de la naturale­za que sean.

Espontaneidad, en su alma, meramente pasiva, sin la menor exigencia de redención humana ni de liberación en una forma armoniosa, de la cual Puccini ha dado pruebas en esta ópera y que ha valido, como es sabido, un extraordinario éxito. La música está basada en algunos motivos fundamentales, de pequeño conte­nido pero bien apropiados a las respecti­vas situaciones, en trazos evocados duran­te toda la ópera según la técnica de los temas conductores que de los grandes mo­delos wagnerianos se había transmitido a los melodramas franceses perdiendo la complejidad de los desarrollos polifónicos, por lo cual sólo quedaba al tema el carác­ter de evocaciones psicológicas. Puccini aprendió el sistema a través de Massenet y otros músicos de análoga tendencia y lo aplicó con habilidad y en algunos momen­tos con finura.

En general puede considerarse a Massenet, junto al italiano Catalani, como el antecedente más próximo de Puccini, que es músico menos experto y fino, pero por otra parte bastante más há­bil en escoger los medios de sugestión sentimental y sensual. En su expresión lo que reina por encima de todo es el des­ahogo melódico que, pese a la forma del conjunto, basada sobre el desarrollo musi­cal ininterrumpido, se encuadra algunas veces en fragmentos sustancialmente «ce­rrados» (arias, dúos, concertantes), ya de libre desarrollo, ya de forma estrófica. Ta­les, las arias de Mimí en el primero y ter­cer acto, el vals de Musette en el segundo, el cuarteto final en el tercero, el aria de Colline despidiéndose de su sobretodo («zimarra») en el cuarto, etc. La armoniza­ción que sostiene la melodía es, en sus límites, blanda y delicada y lo mismo puede decirse de la orquestación; una y otra, combinadas, producen incluso acerta­dos efectos colorísticos, como la dilatada sucesión de «quintas», al evocar el paisa­je bajo la nieve, en los comienzos del acto tercero. Pero todo ello es manifestación de sensibilidad aguda y morbosa y de habili­dad teatral, no arte en el sentido selecto de la palabra.

El virtuosismo poético musical del asunto, dado especialmente (si se tiene presente la novela original) por la compasiva representación de la miseria y fragilidad de Mimí y la tierna imagen de los vagabundeos de los bohemios, está sólo intuida de tarde en tarde por Pucci- ni y conseguida con felices toques de acor­des o incluso pausas que pronto ceden a los acostumbrados desahogos sentimenta­les y melodramáticos. Sin duda el aria de la «zimarra» es, tanto en la música como en la letra, la más próxima a la pureza. Por eso puede decirse que la Bohéme es, junto a Manon Lescaut, la expresión más clara y conseguida de un temperamento musical que, no siendo grande, se ha con­sagrado por completo a acariciar el senti­mentalismo y el sensualismo de las multi­tudes.

M. F. Fano

*     En el mismo asunto se inspiró Ruggero Leoncavallo (1858-1919) para la Bohéme, ópera en cuatro actos representada por pri­mera vez en la Fenice de Venecia, el 6 de mayo de 1897, cuyo libreto escribió él mismo. La Bohéme representa, después de I Medici (1893) y Chatterton, con fuertes ‘ tintas, una tendencia hacia lo patético-sentimental que será recogida más tarde en Zaza (v.) y abandonada de nuevo en el Rolando di Berlino (1904). La ópera, deci­didamente inferior a su rival pucciana, no carece de buenos fragmentos líricos espe­cialmente en los dos primeros actos, donde encontramos algo del mejor Leoncavallo, pero carece de unidad y de verdadera ins­piración.

F. A. Mella

*      Sobre el mismo tema y con libreto de Guillermo Perrín y Miguel de Palacios, el compositor catalán Amadeo Vives (1871- 1932) escribió una de sus mejores y más representadas zarzuelas: Bohemios, estre­nada con gran éxito el 24 de marzo de 1904 en el Teatro de la Zarzuela de Madrid y que sigue gozando del más auténtico fa­vor del público. Amadeo Vives, tempera­mento nato de músico, aportó al teatro lí­rico nacional-, enalteciéndole, su exquisito gusto, su sabia formación, los frutos de su delicado vena melódica y de su rico sen­tido armónico.

La acción de Bohemios, cuyo único acto está dividido en tres cua­dros, transcurre en París, hacia 1840, y narra las aventuras en pos del suspirado triunfo, que finalmente es alcanzado, de la cantante Cosette, de su pretendiente el mú­sico Roberto y del poeta Víctor. Otros im­portantes personajes de la obra son Marce­lo (padre de Cosette), la portera Pelagia y el falso mecenas señor Girard (uno de los tipos mejor definidos), cuya frase «Yo te empujo…», con que promete protección a todo el mundo, se hizo rápidamente muy popular. Entre los números más afortuna­dos de la partitura, pueden citarse la deli­cada y tierna aria de tiple (Cosette) «La niña de los ojos azules», el melodioso y sentimental dúo de tiple y tenor (Cosette y Roberto) «Por fin llegaste», el popular coro del segundo cuadro, encendido canto a la vida bohemia, y el «Intermezzo», una de las páginas instrumentales de Vives más celebradas.

Oriol Martorell