Epistolario Schiller-Goethe, Wolfgang Goethe

[SchillerGoethe Briefe]. Correspondencia entre Friedrich Schiller (1759-1805) y Wolfgang Goe­the (1749-1832), publicada por Goethe en 1827-28 con una dedicatoria al Rey de Baviera. La correspondencia comprende desde 1794 hasta la muerte de Schiller y se espa­cia a partir de 1799, año en que Schiller se estableció en Weimar.

Comprende unas 500 cartas de Goethe. Durante bastantes años, se resistió a aproximarse a Schiller, cuyas obras juveniles le inspiraban desconfianza. Dichos sentimientos se transformaron en amistad precisamente en 1794 y entonces se inició la «nueva primavera» en la que, dice Goethe, «todo empezó a germinar en alegre aproximación recíproca». La corres­pondencia principió con la colaboración de Goethe en las Horen (v.); pero después de las primeras y breves cartas de cortesía, una más larga de Schiller, del 23 de agos­to, inició una amistad que permitió a los dos grandes hombres el análisis y la con­fesión recíproca de su vida interior. Dicha amistad es más bien intelectual que sen­timental, pero profundísima.

Goethe, más abierto, confía por entero a su amigo todos sus problemas; Schiller se retrae algo, sobre todo cuando se trata de las relaciones de Goethe con Cristiana Vulpius, a quien no nombra o llama ceremoniosamente «la se­ñorita Vulpius». Al principio de la corres­pondencia, los mundos de Goethe y de Schiller son, a no dudar, filosóficamente opuestos. La mentalidad objetiva y expe­rimental del primero, se opone al antropocentrismo kantiano del segundo. Para Goe­the el arte es una toma de posesión de la verdad divina expresada en el mundo ob­jetivo, que el poeta o el artista ha de re­crear en forma bella; se opone, pues, a las concepciones estéticas de Schiller, aun­que durante algún tiempo, en la correspon­dencia, se sitúe casi como discípulo, cuan­do se empeña en penetrar la concepción del mundo de su amigo, quien, oprimiéndole con la fuerza de su lógica, reanimándole con el ardor de su fanatismo de neó­fito, parece, en cierto momento, intimidarle y persuadirle. Pero luego Goethe se libera y surge de las trabas de una filosofía doc­trinaria que no se ha hecho para él.

El contacto con el pensamiento schilleriano dejará empero trazas visibles en su obra, en una nueva exigencia de construcción del pensamiento y de armonía más com­pleta; sin este contacto, probablemente no hubiera nacido el segundo Fausto (v.). Pero lo que Goethe y Schiller tienen en común es su grandeza: ambos de estatura sobre­humana, sufren con la vida mediocre de una ciudad de provincias, por la incom­prensión de un público que los coloca en el mismo plano de un Kotzebue o de un Matthisson, del cerrado horizonte de que son irremediablemente prisioneros, haciendo que incluso los grandes acontecimientos euro­peos les alcancen atenuados y amortiguados, como ecos lejanos. De la comunidad espi­ritual de ambos poetas vemos nacer, en este epistolario, el fragmento de la Aquileida (v.), Hermann y Dorotea (v.) y Guillermo Tell (v.), ya entrevisto como poema por Goethe, y puestas en discusión muchas otras obras de la misma época; y como verdade­ra colaboración de hecho, las Xenias (v.).

La última carta de Schiller, del 25 de abril de 1805, que Goethe «conserva como una reliquia entre sus tesoros», pone objeciones al ensayo de Goethe sobre Diderot. El 9 de mayo Schiller muere y en perpetuo monu­mento suyo, el amigo escribirá, como última epístola, «El Epílogo a la Campana de Schi­ller» y, en 1826, «Reliquias» (v. Poesías varias). El valor que puede tener la corres­pondencia para nosotros, lo expresa el mis­mo Goethe en una carta dirigida al editor Cotta, en el momento de la publicación: «Aclarará, y servirá de luz incluso a quie­nes pretendan seguir por el mismo camino, el concepto de lo que ambos queríamos, y cómo nos formamos y animamos recípro­camente; los obstáculos con que nos en­contramos, hasta dónde pudimos llegar con nuestra obra y por qué no supimos seguir adelante».

G. F. Ajroldi