Enrique IV, Luigi Pirandello

[Enrico IV]. Tragedia en tres actos representada en Milán el 24 de febrero de 1922, un año después de los Seis persona­jes en busca de autor (v.), corriendo la misma suerte discutida y contrastada. Como todas las obras de Pirandello, también ésta se produce en el ambiente agitado de los años inmediatamente siguientes a la gue­rra del 14, de los cuales parece expresar el desconcierto y la vacilación. El reconocible dato dialéctico en que se basa ha hecho algunas veces que la obra se catalogara bajo definiciones formularias: tragedia del con­traste entre forma y vida, entre realidad y ficción, negación de la realidad pensada y fingida. Pero con la perspectiva del tiem­po, Enrique IV, separado de sus motivos polémicos, aparece como la expresión trá­gica de un debate humano alto y eterno. No tiende a seguir el motivo de una verdad irónica pirandelliana, a anular el límite entre razón y locura en la amarga disolu­ción de toda certidumbre, sino que expresa un tormento humano más vivo, casi un fluir subterráneo del drama de Hamlet en la desesperada incapacidad de encontrar la con­dena suprema y pacificadora de sí mismo en la acción que nace libremente del im­pulso de la pasión.

Un joven gentilhombre, mientras toma parte en una cabalgata his­tórica, vestido de Enrique IV emperador de alemania, es arrojado al suelo por el caballo, recibe un golpe en la cabeza y enloquece. Cree que es verdaderamente Enrique IV (v.), y exige respeto al vestido que lleva. La ficción es compasivamente seguida por los parientes y amigos, que le transforman la quinta en palacio y colo­can a su alrededor criados disfrazados de cortesanos; en aquella corte ficticia, Enri­que IV (el autor no habla del nombre que tenía anteriormente, es y continuará sien­do (Enrique IV) ha vivido inocentemente durante doce años hasta que, de repente, recobra la razón. Y se ha encontrado ya maduro, sin haber vivido la juventud, defi­nitivamente solo. Matilde Spina, la joven marquesa que le acompañaba la noche de la cabalgata, se ha convertido en la amante de Belcredi, el odiado rival, quien provocó su caída para desembarazarse de él.

Exclui­do, pues, de la vida, decide continuar fingiéndose loco y contemplar curiosamente la vida desde fuera, ahora que ya le es ne­gada. En este momento empieza el drama: llegan al palacio la hermosa pero ya enve­jecida Matilde con su hija Frida, el pro­metido de ésta, Belcredi y un médico que se propone curar al supuesto loco. La au­diencia con el Emperador (Matilde disfra­zada de Condesa Matilde de Toscana y Belcredi disfrazado de Pier Damiani) es sutilmente dramática y preparatoria. Enri­que IV se divierte, a base de un juego enigmático y destructivo, con su cordura; dirige a Matilde frases alusivas que, alcanzándola íntimamente, le dan en ciertos momentos la impresión de que ha sido reconocida. El médico, que observa el caso científicamente, no duda de la locura, pero está seguro de que bastará un sencillo ex­perimento para devolver a Enrique IV la razón: preparará un encuentro de Enri­que IV con la marquesa Matilde y con su hija Frida, ambas vestidas de condesa Ma­tilde de Toscana: mostrándole en la hija «a la Matilde de otro tiempo, la que estaba a su lado a caballo, aquella noche trágica, devolverá el loco a aquel momento y le permitirá reemprender desde allí una nue­va vida: «Como un reloj que se paró en una hora y vuelve a marcar el tiempo, después de una detención tan larga». Pero Enrique, mientras los preparativos se ace­leran, se ha explicado ya con sus criados. Agitado al ver a Belcredi, disfrazado y con­tento, confiesa que ya no está loco y que la mascarada está a punto de terminar.

Y he aquí que Frida, disfrazada de condesa Matilde, ocupa su lugar en un gran cuadro que representa a la condesa; cuando Enri­que entra, ella le llama, y la voz y la visión sumen a Enrique en loco terror, en la sensación de continuar loco y de volver a ver fantasmas. Entonces entran los demás; los criados ya lo han revelado todo y, en vista de que la locura ha terminado, Bel­credi y Matilde se lo quieren llevar con ellos. Pero, ¿dónde se encaminará, en ade­lante, la lúcida existencia de Enrique IV? El último camino de salvación, un pretexto concreto, lo ha dado Frida o, mejor dicho, su imagen arrancada de los años, su sím­bolo: el tiempo se ha detenido en ella y renace con aquella última ficción. Pero no impunemente. Enrique va a abrazar a Fri­da y, como Belcredi trata de impedirlo, le atraviesa con su espada.

De ahora en ade­lante la locura es necesaria a Enrique como condena y, al mismo tiempo, como libera­ción. La amargura vibrante de esta tragedia lleva a un resultado de límpida belleza y a una catarsis fatal; quizás en ella, más que en otras, el pirandellismo sale de sus már­genes elevándose a una universal tensión interior. Aunque los motivos externos se continúen y entenebrezcan (es un destino de Pirandello el de producir símbolos y ale­gorías que se destruyen unos a otros: vida y forma, locura y razón, realidad y ficción), todo se convalida en una tormentosa y apasionada busca del hombre y de una con­sistencia suya que no sea efímera. Sobre las palabras frívolas y ridículamente laboriosas de quienes le rodean, se desarrolla un ininterrumpido monólogo en los gestos y pa­labras de Enrique IV, sobre la responsabili­dad y la misma vida del hombre. Por esto el juego más habitual y hábil de Pirandello — el uno, ninguno, cien mil, las persona­lidades refractadas y dispersas, las mil ver­dades simultáneas — se hace aquí extre­madamente serio y solemne, adquiere una alta melancolía.

G. Guerrieri

La belleza de Enrique IV radica en la extrema sencillez casi cotidiana del len­guaje, interrumpido, desconectado, entrecor­tado, y en la resonancia cósmica de lo que dicen los personajes.            (Tilgher)