Eminentes Victorianos, Giles Lytton Strachey

[Eminent Victorians]. Este libro que al ser publicado en 1918 suscitó gran interés en Inglaterra, está constituido por una serie de cuatro biogra­fías. La primera es la de Henry Edward Manning (1807-1892).

Hacia 1830, se inicia­ba en Inglaterra el «movimiento de Ox­ford», es decir, el acercamiento de una parte de la iglesia anglicana y la iglesia de Roma. Entre sus promotores, algunos se detuvieron a medio camino, pensando poder reformar la Iglesia nacional sin subordinarse al Pontífice; otros, como Manning, y an­tes que él John Henry Newman, dieron el paso decisivo, abandonando el anglicanismo por el catolicismo romano.

Uno y otro llegaron a ser cardenales: Newman atravesó dificultades y amarguras, Manning halló el camino amable y llano. Como dice Strachey, «no era hombre que se olvidara de prepararse antes de saltar, ni de sal­tar con menos convicción si acaso se ente­raba de que un excelente colchón estaba preparado para recibirlo». El autor (si bien en el fondo un poco escéptico) demuestra reverente simpatía por Newman, tan gran­de de alma como de ingenio. El segundo retrato (desde luego el mejor) es el de una heroína de la caridad, Florence Nightingale (1820-1910), célebre por haber organiza­do durante la guerra de Crimea el servicio de asistencia a los heridos y por haberse dedicado incansablemente a crear un siste­ma racional hospitalario que fue imitado en todo el mundo civilizado.

La «señora de la lámpara» (según la llama Longfellow) está representada, por la tradición, como un ser todo dulzura. Pero en el carácter de esta joven, el autor descubre y saca preferentemente a luz la energía batalla­dora, que la sostuvo en su victoriosa lucha a lo largo de decenios contra la indiferen­cia de los gobernantes y hasta contra la de muchos médicos, y contra la inercia burocrática. Tercer personaje eminente es el doctor Thomas Arnold (1795-1842), que, como director de la escuela de Rugby, im­primió nuevas direcciones a todo el sistema educativo de la escuela media inglesa. Stra­chey nos le describe no exento de rasgos humorísticos en su modesta vida privada y en su incansable actividad pedagógica; nota cómo él, hombre entusiasta y grave, que se inspiraba en los preceptos del «Antiguo Testamento», logró ser, sobre todo, el fun­dador del culto de los «deportes» y de la corrección mundana.

La última biografía está dedicada a Charles George Gordon (1833-1885), que, después de mil aventuras en el extremo Oriente y en África, pereció trágicamente en Khartum. Sencillo e inge­nuo de espíritu, místico e imperialista, am­bicioso y desinteresado, devoto de su país, pero independiente hasta la insurrección, excéntrico en muchos aspectos, era un ab­surdo y heroico conjunto de contradiccio­nes. Así lo pinta el autor. Aunque más artista que historiador, Strachey está mo­vido por un valeroso amor a la verdad. Se atiene a las fuentes, interpretándolas con rara finura psicológica. Con la agilidad de un gran escritor clásico, con originalidad de estilo, a menudo con sutil agudeza y velada ironía, hace revivir ante nuestros ojos personas y épocas.

E. Di Carlo Seregni

Strachey hace pensar a menudo en Proust por su cuidado de lo infinitamente pequeño en el campo de las pasiones y del carácter. Posee, además, como Proust, el timbre del estilo, tan raro y delicado, que sabe unir la familiaridad con la perfección y la des­preocupación con el vigor. Como Proust, es sobre todo un gran poeta, es decir, un hombre que sabe crear un mundo vivo con imágenes nuevas. (A. Maurois)