Emilia Galotti, Gatthold Ephraim Lessing

Definida por su autor como tragedia burguesa, fue escrita en 1772 en Wolfenbüttel, donde Lessing era bibliote­cario del duque de Brunswick. En prosa y en cinco actos, Emilia se relaciona con el drama de Virginia (v.), la joven e ino­cente romana, muerta por su padre para arrancarla al deseo del decenviro A. Clau­dio. El duque Héctor de Guastalla, a quien el poeta llama príncipe, separado de la condesa Orsinia, su amante, atenta al ho­nor de Emilia Galotti (v.) hija de Eduar­do, un capitán suyo, auténtico soldado, rudo y honrado. Emilia está prometida al conde Appiani, a quien el Príncipe, por sugeren­cia de su diabólico consejero Marinelli, hombre sin carácter y dispuesto a todo con tal de contentar a su señor, trata de alejar de Emilia, haciéndole embajador en el ex­tranjero.

Appiani no se deja engañar por la halagadora oferta, y entonces Marinelli recurre al crimen: el día de las bodas, mientras se dirige a la iglesia, la feliz pa­reja es asaltada por falsos bandoleros; el conde Appiani es muerto, y Emilia llevada a salvo al castillo de Dosalo, donde la es­pera el impaciente señor de Guastalla. Pero la inocente muchacha, antes que ceder a los halagos del Príncipe, está dispues­ta a morir. Llegan al castillo el padre de Emilia y la condesa Orsina, que impulsa­da por los celos y el rencor de haber sido abandonada, se ha precipitado a informar a Eduardo Galotti del grave peligro que corre su hija, induciéndole a dirigirse junto con ella al castillo. Ella misma ha entre­gado al padre un puñal, para que mate al Príncipe; pero Eduardo Galotti (el moder­no burgués Virginio de la historia romana), consiente en cambio a las insistentes sú­plicas de su hija y la inmola.

Represen­tada por primera vez en marzo de 1772 en el teatro de corte de Brunswick, la tra­gedia fue luego puesta en escena con éxi­to en Berlín y en Viena y traducida al francés, al inglés, al ruso y al polaco. La acción se desarrolla desde la mañana hasta la noche de un mismo día, los dos prime­ros actos en la residencia del duque en Guastalla, los otros tres en su castillo de Dosalo. La época puede fijarse tanto en el siglo XVII como en el XVIII. Escrita según las ideas expresadas en su Dramaturgia hamburguesa (v.), o sea con la intención de sacar del teatro clásico la intensidad y ceñimiento de la acción, y del teatro mo­derno inaugurado por Shakespeare la am­plitud y viveza de sentimientos, Emilia Ga­lotti — que ya Friedrich Schlegel definía como «un gran ejemplo de álgebra dramá­tica»— no consigue librarse de los víncu­los de un programa y nos aparece como una fatigosa tentativa de fundir dos espí­ritus distintos.

La protagonista vive en la atmósfera apasionada y lacrimógena en que se agitaban, después de Clarisa Harlowe (v.), casi todas las heroínas de la época; pero, a su alrededor, los demás personajes aparecen rígidos por la tentativa de dar nueva sangre y nuevo calor a figuras toda­vía sustancialmente clásicas. Sin embargo, su importancia histórica continúa siendo grande —y no sólo por lo que significó en los orígenes del «drama burgués» hasta Schiller. Es la obra que Werther (v.), la noche del suicidio, tiene abierta encima de la mesa. «En aquel tiempo — explicará pre­cisamente Goethe, cinco años más tarde, en una carta dirigida a Zelter — la obra sobresalía del diluvio gottschediano-gellertiano como una isla de Délos presta a re­cibir el parto de una diosa. Nosotros, los jóvenes, extrajimos de ella el consuelo que necesitábamos». [Trad. anónima (Barcelo­na, 1869)].

O. Lennovari