Elena, Eurípides

Tragedia representada en el año 412. La escena tiene lugar en Egipto, adon­de, como refiere la misma Elena (v.) en el prólogo, ha sido transportada por Hermes para que permaneciera allí escondida junto al rey Proteo, mientras una falsa ima­gen suya seguía a Paris a Troya y era la causa de la guerra y de la destrucción de esta ciudad. (Esta singularísima versión del mito de Elena nació antes de Eurípides [v. «Palinodia» en las Odas de Estesicoro] por razones morales y religiosas, pero él la adopta sólo porque es más nueva y fan­tástica que la tradicional). En Egipto Ele­na es ahora amada, una vez muerto Pro­teo, por Teoclimeno, hijo de aquél, pero ella (que en la tradición es la mujer infiel por excelencia) permanece fiel al recuerdo de Menelao (v.) y ruega sobre la tumba de Proteo para que se alejen de ella nuevas nupcias. Y he aquí que le llegan noticias de su patria y de los suyos.

Se las lleva Teucro, el hermano de Ayax (v.), quien, expulsado de Salamina por su padre Telamon, pasa por Egipto en dirección a Chi­pre, donde quiere fundar una nueva ciu­dad. Así Elena se entera de que hace ya siete años que cayó Troya y que corre la voz de que Menelao ha muerto. Afligida por la noticia, que contrasta con las promesas de Hermes, Elena exhorta a Teucró a que se esconda, porque él bárbaro rey que la ama da muerte a todos los hombres griegos que llegan al país. Una vez sola con el coro, compuesto por esclavas griegas, Ele­na se desespera por las calamidades de que ha sido causa su belleza. El coro la consuela, alentándola a consultar, para asegurarse de las noticias recibidas, a la adivina Teónoe, hermana de Teoclimeno. Así resuelve hacerlo y, después de un nue­vo canto lleno de lamentos, entra en el palacio.

Pero entonces llega, arrojado por un naufragio a las riberas del Nilo, el pro­pio Menelao, cubierto de andrajos, sin un solo vestigio de su antiguo poder real. En un monólogo, cuenta haber andado errante largo tiempo por el mar y haber por fin llegado a aquella tierra desconocida, con Elena (esto es, con el ídolo a quien él toma por aquélla) y unos pocos compañe­ros. Una vieja esclava, reconociéndole por griego en sus vestidos, le dice que se ale­je, porque el rey del país, por amor a Elena de Esparta, que vive en el palacio, manda dar muerte a todos los hombres griegos. Al oír el nombre de su esposa, de los padres de ésta y de su patria, Me­nelao queda estupefacto, pero de momento piensa que se trata de una serie de homo- nimias y decide aguardar, sea como sea, al rey del país, fiando que su fama habrá llegado hasta allí, a las riberas del Nilo, y que el rey bárbaro se compadecerá de él,» caído en tan gran miseria desde su grandeza real. Vuelve a entrar el coro con Elena y da noticia de la respuesta de la adivina. Menelao no ha muerto, sino que anda errante por el mar, lejos de su patria. Mientras Elena manifiesta su alegría, sale Menelao, y, después de haber sentido por un momento temor ante él, Elena le re­conoce. Quisiera abrazarlo, pero Menelao la rechaza, porque cree ser engañado por un parecido. Pero uno de sus compañeros, un anciano, le anuncia que la falsa imagen de Elena se ha desvanecido en el aire como un fantasma. Cesan entonces las dudas de Menelao. Los dos esposos manifiestan su ale­gría por el encuentro.

Luego de haberse mutuamente informado de sus vicisitudes, empiezan a pensar en el modo de escapar de Teoclimeno. Menelao está en peligro de muerte si el rey lo descubre. Y es muy probable que así suceda, porque la herma­na de aquél, la adivina Teónoe, en virtud de su don profético lo identificará y reve­lará luego su presencia. Es pues necesario que los dos esposos se aseguren de Teónoe. Elena le suplicará que no diga nada a su hermano y facilite la fuga que ambos están decididos a intentar. Llega Teónoe para celebrar un rito de purificación y recono­ce, como ya estaba previsto, a Menelao, pero vencida por las súplicas y las razo­nes de Elena, consiente en callar ante su hermano. Teónoe sabe que, con su ayuda, Elena y Menelao lograrán huir. El plan de la fuga es trazado por la astucia feme­nina de Elena. Después de un canto del coro deplorando los horrores de la guerra troyana y la infelicidad que siempre los dioses, por misterioso designio, envían a los hombres, llega Teoclimeno y se para ante la tumba de su padre. Ha sabido ya que un griego ha llegado a su casa y está preocupado y lleno de sospechas. Pero en­tonces sale de palacio Elena, vestida de luto, y le hace creer que se ha enterado que Menelao ha perecido en un naufragio.

Se lo ha anunciado, según dice, un náu­frago compañero del héroe, que ha podido salvarse. Y, mientras habla así señala a Me­nelao, que sale de su refugio detrás de la tumba de Proteo. Elena solicita del rey el permiso para rendir a su esposo los últimos honores, haciéndole creer que es uso griego honrar a los que han muerto en el mar llevando a una nave las ofren­das fúnebres, las vestiduras y los objetos que se ponen en las tumbas, y dejándolos caer al mar. Una vez cumplido este deber, Elena se declara dispuesta a casarse con Teoclimeno. Éste, contento de haberse des­embarazado de un rival y crédulo como bárbaro que es, accede a la petición de Elena, y más aún, pregunta a Menelao cuáles son los objetos necesarios para el rito fúnebre, brindándose a facilitarlos. Son necesarios, dice Menelan, los dones fúne­bres de costumbre, y además una nave, una nave rápida con buenos remeros.

Teo­climeno encuentra quizás un poco extraña la petición, pero consiente también en este punto. Sigue un bello canto coral que tie­ne escasísima relación con el asunto, y empieza luego a llevarse a cabo el engaño. Elena cuenta al coro que Menelao, libre­mente acogido por Teoclimeno, ha podido trocar sus harapos por vestiduras dignas y que se dispone a cumplir el rito. Teocli­meno, tal vez algo inquieto, quisiera que Elena permaneciera en tierra durante la ceremonia. Pero ella insiste y el rey cede de nuevo, consolándose con la idea de sus próximas bodas, para las cuales da ya las oportunas disposiciones. En el último canto el coro augura e implora para Elena un regreso feliz a su patria lejana. Un mensa­jero anuncia la ejecución del engaño. Me­nelao y Elena se han embarcado junto con los demás náufragos, a quienes Mene­lao ha invitado a tomar parte en el rito fúnebre. Una vez en alta mar y luego de ofrecido el sacrificio, Menelao se ha dado a conocer y a una señal suya los náufragos griegos han atacado a los marineros egip­cios; como los griegos estaban armados y los egipcios no, la victoria de los primeros ha sido fácil. El mensajero se ha salvado milagrosamente. En su relato da clara­mente a entender que la ingenuidad del rey ha sido la causa del desastre.

Teoclimeno se enfurece y quiere dar muerte a Teónoe por no haberle avisado. El coro le suplica que perdone a la joven, afirmando que la defenderá y que está dispuesto a morir por ella. Pero no lograría vencer la ira de Teoclimeno sin el «deus ex machina» (v.) fi­nal. Los Dioscuros, divinos hermanos de Elena, aparecen y ordenan a Teoclimeno que perdone a Teónoe, ya que ésta no ha hecho más que cumplir la orden de los dioses. Anuncian luego para Elena un re­greso feliz a su patria, donde al final de su vida ha de ser reverenciada como una dio­sa, mientras Menelao gozará de la inmor­talidad en la isla de los Bienaventurados.

Eurípides está lejos no sólo de la seriedad ético religiosa del drama ático más antiguo, sino incluso de la nueva seriedad, hecha de pasiones y de problemas humanos y ac­tuales, que es el tono más característico de sus obras maestras. Este es uno de sus dra­mas (como el Ion, v., la Ifigenia en Táuride, v., y en parte también Alcestes, véase) en los que parece que el poeta haya querido abandonarse a un rico y ágil juego de la fantasía. En la variedad de los inci­dentes, en los efectos teatrales, y en varias escenas dialogadas sobre las que se adivina cierta sonrisa, Elena, se parece no poco a una comedia. Pero la base completamente irreal y fantástica sobre la que se funda (el ídolo de Elena) le da una libertad y ligereza mayor que la de cualquier come­dia, convirtiéndola, por así decirlo, en una verdadera comedia de enredo. La observa­ción psicológica siempre aguda e ingeniosa no logra, sin embargo, crear verdaderos ca­racteres, que nacen siempre de una pro­funda participación del poeta en las vici­situdes del drama.

A Setti

*             Para la Elena de Eurípides compuso música escénica Heinrich Kohler (1820-1886). También alguna ópera se ha inspirado en la figura de Elena: una de Francesco Cavalli (1602-1676), representada en Venecia en 1659; una de Reinhard Keiser (1674- 1739), Hamburgo 1709; otra de Étienne-Nicolas Méhul (1753-1817), París 1803; otra de Adalbert Gyrowetzs (1763-1850), Viena 1830; y otra, en un acto, de Camille Saint- Saéns (1835-1921), terminada en Montecarlo en 1906.

*             Numerosas son también las obras plásti­cas sobre este asunto: se han perdido casi todas las antiguas de Zeuxis, Polignoto, etc. Entre las modernas son célebres los cuadros de Rafael, Guido Rerxi, Claudio de Lorena; las frescos de Julio Romano, los cua­dros de Vanni, del Schiavone, etc.