Elegías de Duino, Rainer Maria Rilke

[Duineser Elegien]. Es la última y más importante obra del autor, en la cual queda expuesto íntegramente el mensaje del poeta. Las Elegías deben su nombre al lu­gar en que, en 1912, fueron comenzadas; fragmentariamente continuadas en España y en París hasta 1914, interrumpidas durante los años de la Guerra Mundial y en los que le siguieron inmediatamente, fueron en par­te compuestas y terminadas, junto con los cincuenta y cinco Sonetos a Orfeo (v.), «na­cidos del mismo parto», en el tempestuoso transcurso de pocos días en Muzot, en la primavera de 1922. La multiplicidad de te­mas, la audacia y rapidez de los cambios, la singularidad de las imágenes, la novedad y la originalidad de los asuntos, contribu­yen a hacer la obra, que, sin embargo, se presenta totalmente orgánica por la unidad de tono y de inspiración, de no muy fácil lectura. El mismo Rilke había pensado en un eventual comentario; de todos modos, buen material propedéutico se ofrece hoy en una carta escrita el 13-XI-1925 por el poeta a su traductor polaco W. Hulewicz.

Las Elegías representan el desarrollo y la conclusión de premisas expuestas en el Li­bro de Horas (v.), en Nuevas Poesías (v.) y en los Cuadernos de Malte Laurids Brigge (v.): ellas dan la solución positiva de los problemas ante los cuales Malte había fra­casado. Vida y muerte no son opuestas entre sí, distintas como una zona iluminada y otra en sombras. En las Elegías ambas son representadas como momentos del eterno proceso del devenir, las dos limitadas y sin excluirse la una a la otra: «La verdadera forma de la vida pasa a través de entrambos territorios (de la vida y de la muerte), a través de entrambos se impele a la sangre de la más grande circulación; no existe un «de aquí» y un «de allá»; existe la gran unidad en la que habitan los ángeles, cria­turas superiores a nosotros, en los cuales la transformación de lo visible en invisible, que en nosotros se está operando, está ya concluida». He aquí el pensamiento funda­mental de las Elegías y de los Sonetos a Orfeo: la Naturaleza, es decir todo lo que nos circunda y utilizamos, son cosas pro­visionales y caducas; pero mientras nosotros permanezcamos aquí ellas representan nues­tra riqueza y nuestra alegría… debemos no sólo no hacerles mal ni envilecerlas, sino que por aquella provisionalidad que las se­para de nosotros debemos comprenderlas con más profunda inteligencia y transformarlas…

Porque nuestro deber es éste: impri­mir en nosotros esta provisoria, esta efímera tierra tan profunda, dolorosa y apasionada­mente que su esencia renazca invisible en nosotros. Nosotros somos las abejas de lo invisible. «Nous butinons éperdument le miel du visible, pour l’accumuler dans la gran­de ruche d’or de l’Invisible». Reducir a es­quema el contenido de las Elegías, aislar los principales motivos, no es trabajo demasiado fácil. En nuestra exposición nos atendre­mos a los resultados de los comentadores que en general se pueden considerar como defi­nitivos. La base de las Elegías la constitu­yen aquellos interrogantes que en las obras de Rilke inmediatamente anteriores a ellas, habían tenido una solución negativa o ha­bían quedado sin resolver (v. particular­mente Cuadernos de Malte… y Requiem). Tales interrogaciones pueden reducirse fun­damentalmente a dos: ¿cómo es posible la vida si el deseo de posesión la falsea a cada instante en todas sus manifestaciones y si sobre ella pesa constantemente el miedo de la muerte? ¿Quién pudo alcanzar jamás la pura duración, el «ser» sencillamente, si la vida se presenta al hombre como una sel­va de símbolos que lo refrenan, lo distraen y apartan de su destino? Entre el animal que ignorante de la muerte y libre del ansia de poder se siente inmerso en el curso uni­versal del Todo, y el Angel, criatura per­fecta más allá de la vida, está el hombre, en una posición ambigua, presa inerme de la voracidad del tiempo.

Él amor que entre todas las experiencias concedidas podría ser la única capaz de llevarlo más allá de sus límites, es también un camino cerrado por el deseo que tiene el amante de hacer suya a la criatura amada. Especial suerte es la del que muere niño o de las «abandonadas», de las grandes heroínas del amor que, cor­tado con la fuga del hombre amado todo lazo terreno, ascienden, en la pureza de su propia llama amorosa, a lo eterno. Éstos, en líneas generales son los temas tratados en las primeras elegías. En la quinta y sexta el poeta propone dos tipos suscepti­bles de humanidad que quizá pueden realizarse cumplidamente: la del saltimbanquis vagabundo y la del héroe. En la pobre y hu­milde existencia arriesgada del primero, dependiendo de un hilo, siempre amenazada, en la que las leyes fundamentales de la vida — como por ejemplo la de la gravedad — parecen abolidas, el poeta cree al principio que es posible un cambio, una radical trans­formación capaz de operar la salvación; pero por su misma exteriorización por la ausencia de amor que lleva consigo, por su carácter fulminante — que excluye todo posible desarrollo — tal forma de vida acaba por fin siendo igual a cualquier otra forma vana de existencia.

En cambio, es positiva la vida del héroe: como en el fruto de la higuera — que es flor a la vez— todas las linfas del árbol se recogen concentrando su esencia, así cada instante de la vida del hé­roe, del predestinado, confluye en el curso de un alto destino: «Por cierto que el Héroe se aproxima extrañamente a los juveniles muertos, / El durar no le importa. Su albo­rada es existencia». En las restantes elegías, eliminada toda duda o incertidumbre, es por fin reconocido y cantado el valor de la exis­tencia: «Estar aquí es maravilloso… / úni­camente nosotros olvidamos con facilidad lo que el vecino reidor / no nos confirma o envidia. Visiblemente / queremos alzarlo, si bien la fortuna más evidente / sólo se nos revela cuando la transformamos dentro». El deber del hombre es éste: eternizar las cosas del mundo trasvasando su esencia a él mismo, para legarla a las generaciones futuras, reducir la vida de las cosas a es­píritu: «Alábale al Angel el mundo… Dile las cosas…». Ellas «perecederas / confían en nosotros, los más efímeros… / Tierra, ¿no es esto lo que tú quieres: rebrotar / en nos­otros invisible?… / ¿Pues qué otra cosa, sino transformación, es tu apremiante mandato?».

Y la vida por parte del poeta es virilmente aceptada: «Tierra, querida, lo quiero… / Estoy indeciblemente decidido, desde lo más remoto, hacia ti». En la décima y última elegía, afirmando finalmente el valor de la existencia e inmerso el hombre en el cír­culo universal del ser, el poeta celebra la muerte. De todo cuanto se le concedió en la tierra, únicamente le será permitido al hombre llevar al más allá la carga de sus propios dolores. Más allá de la metrópoli, estas ferias de la vanidad que impiden de mil maneras el conocimiento del dolor, se abre la realidad: suburbios donde viven los seres más próximos a la naturaleza: niños y amantes.

Aún más allá se extiende el País de las Lamentaciones: una Lamenta­ción, mientras guía al muerto a través de esta misteriosa región, lo inicia gradualmente en su nuevo estado haciéndole remontar contrariamente (al revés, bruscamente), gra­cias a la revelación de muchos símbolos, todo el curso de la humanidad, hasta que juntos en la Montaña del Dolor Originario, el hombre debe encaminarse solo hacia su sede eterna, para entrar en el círculo de la vida universal. Las Elegías significan el punto culminante del arte de Rilke, la suma de la experiencia poética y humana de su autor. Aun dejando entrever huellas de los contactos del poeta con la poesía francesa más reciente —Valéry, Gide— sin posibles cotejos es la inmediatez — diríamos casi la violencia—de su más alto mensaje. Por la riqueza de su contenido las Elegías de Duino son sólo comparables a las últimas elegías de Goethe. [Trad. esp. por Gonzalo Torrente Ballester, Madrid, 1946].

G. Zampa