El Violín Mágico, Kurt Kluge

[Die Zauberflote]. Novela de Kurt Kluge (1886-1940), publi­cada en 1940. Ha sido definida por los crí­ticos como la novela de la música, por su encanto y su dulzura, y su éxito en Ale­mania fue, y sigue siendo, inmenso. Andrés, un delicado joven violinista que vive en una pequeña ciudad, pasa todas sus horas libres admirando un espléndido violín de Stradivarius que se conserva en una vitrina del museo de Lepzig.

A consecuencia de un conflicto con un prestigioso miembro del mundo musical de Kranichstadt, su ciudad natal, Andrés cree terminada su ca­rrera y lleno de desesperación va al museo para ver por última vez el suspirado violín y matarse después, convencido como está de su propia incapacidad. Pero se duerme en el museo y no despierta a la hora del cierre. Ya está muy avanzada la noche cuan­do se da cuenta de que se halla solo en el museo, delante del amado instrumento. Lo saca de la vitrina, lo hace sonar y luego, como en un sueño, cuando al amanecer los vigilantes están ocupados encendiendo la estufa, escapa con el violín, sin ser visto, por una escalerilla de seguridad. Quiere conservar el violín durante tres días para tocarlo a su gusto; después lo restituirá y se matará.

Transcurren dos días maravillo­sos, que él pasa vagabundeando, tomando parte en bodas campesinas, en plena cam­piña, sin cesar de tocar. Pero la tarde del segundo día Andrés encuentra a Inés, una discípula suya a la que ama desde hace mucho tiempo. Inés le ve dispuesto a escri­bir la carta en la que confiesa su delito y le aconseja que hable antes con algún artista que pueda comprender su tormento y ahorrarle tal vez unos años de prisión. Como Andrés se siente ligado a la mucha­cha, consiente y visita a un célebre direc­tor de orquesta, explicándole la razón de su gesto y su irresistible deseo de tocar duran­te algunos días el instrumento. El director le oye tocar el violín, comprueba su habi­lidad y como le falta un solista para su orquesta, encarga a Andrés que aquella misma noche toque en la gran sala del «Gewandhaus». Andrés alcanza así la gloria. También el asunto del robo del violín se arregla.

Toda la gratitud de Andrés se di­rige hacia la dulce Inés, que él identifica con la música misma y a la que dedica sus más bellas obras. Es de notar el estado de ánimo del joven protagonista, constante­mente mantenido en el grado máximo de la tensión histérica, como si ser artista signi­ficase necesariamente no tocar el suelo con los pies y vivir en una exaltada e irreal atmósfera de bohemia; es la atmósfera que cierta romántica retórica ochocentista gustó de crear en torno a los artistas, y que hoy nos parece envejecida. Es innegable, em­pero, que la novela contiene momentos de pura poesía: lo que la salva — incluso en sus convencionalismos — es la vena humorística, que es siempre la inspiración poética más vital de Kluge.

Ciertas escenas, como aque­lla en que Andrés toca, con inspirado éxta­sis, el Stradivarius robado, en una fiesta popular, metido en un nicho, envuelto por la humareda de las «Würsten» de un salchi­chero, mientras se dedica a hacer de recla­mo para poder matar el hambre, tienen un sello tan personal que difícilmente pueden olvidarse.

C. Gundolf