La Virgen de Mama, Alfredo Panzini

[La Madonna di mamá]. Novela de Alfredo Panzini (1863-1939). Escrita en el verano de 1915, esto es, en los primeros meses de la guerra ítalo-austríaca, publicada en 1916, refleja muy de cerca el doloroso y a menudo sarcástico agu­dizarse — en el triunfo de las fuerzas irra­cionales — de aquel humorístico contraste, posición personal suya, entre el mundo, juicioso, todo virtud, de su educación hu­manista, y el mundo actual, mecánico, uti­litario, hedonista; entre el asiduo recuerdo de la fe tradicional y la comprobada impo­sibilidad de creer.

Estado de ánimo que, en un orden propiamente reflexivo y crítico, le dictó por aquellos mismos años el Diario sentimental de la guerra (v.), pero que aquí tiende a trasponerse en modos objetivos y fantásticos. La novela narra, en efecto, las experiencias morales y sentimentales del joven Aquilino, el cual, terminados sus es­tudios con las mejores notas, por mérito, además de por buena inclinación, de los ahorros y trabajos de mamá (es huérfano de padre), es aceptado por el marqués de Torrechiara como preceptor de su Bobby, verdadero «enfant terrible». Luego de haber dejado, pues, su país y a su madre por la ciudad, se conquista pronto en aquella casa las simpatías del marqués Ippolito, singu­lar tipo de filosofante misántropo y misó­gino, y mucho más de la marquesa todavía joven y simpática, doña Barberina, la cual, con la complicidad de la pedagogía y la gramática, lo inicia — a él, todavía absorto en la contemplación de la virtud y del amor ideal — en el dulce culto de Venus terrenal. Pero mientras, la madre de él ha muerto y la guerra se aproxima también a Italia; la juventud llena las plazas pidiendo la inter­vención y dispuesta a combatir.

Entonces Aquilino, en cuyo pecho, del culto de Venus ha ido poco a poco surgiendo el de Marte, se mezcla con aquella multitud, también por sugestión del ardor guerrero de una rubia y caprichosa inglesa, miss Edith, institutriz en casa de Torrechiara, a quien él corteja hace tiempo. Y miss Edith, en medio del fervor de aquellas jornadas, corresponde finalmente a aquel amor y al patriotismo con su rendi­ción más completa; mientras que Aquilino, al partir, le deja como recuerdo, y tal vez como prenda de sí, la querida imagen de la Virgen heredada de mamá. Este libro, si es bastante feliz y delicado de matices en sus partes que menos adolecen de aquel sarcasmo doloroso, y, en cambio, ofrece una inspiración lírica e idílica, por lo que adquiere el carácter y el tono del «viaje» panziniano (los diversos recuerdos de su madre y de la vida de su pueblo; algún ras­go de la figura del marqués Ippolito, el epi­sodio del amor con miss Edith, etc.), en sus demás partes y especialmente en las «brillantes» que sirven al mecanismo novelesco, revela cierta frialdad de concepción, y en su conjunto fuertes desequilibrios expresi­vos.

Por ello es la única novela que, al disponer la edición definitiva de sus obras, Panzini ha abreviado mucho y enmendado. Pero las páginas más bellas del libro siguen siendo las de la dedicatoria a Renato Serra, muerto combatiendo en el Podgora; también ellas emparentadas con el Diario sentimen­tal, pero respirando aquel clima de casta y poética embriaguez, propio del mejor Pan­zini.

A. Bocelli