El Veinticuatro de Febrero, Zacharias Werner

[Der vierundzwanzigste Februar]. Tragedia en un acto del alemán Zacharias Werner (1768-1823), escrita en 1809 y estrenada en Weimar en 1810. Sacando el motivo de Cu­riosidad fatal [Fatal Curiosity, 1736], del inglés George Lillo, implantó en Alemania la moda de la tragedia del destino.

La acción principal está vinculada a los antecedentes, que se repiten con apremiante martilleo. Kunz y Trude tienen un hijo, Kurt, que vive lejos. Sobre la familia pesa una terri­ble fatalidad: Kunz, un 24 de febrero, discutiendo con su padre, que no quería que se casara con Trude, muchacha honrada pero pobre, le había arrojado un cuchillo que, aunque sin alcanzarlo, había provo­cado la muerte del anciano por el susto. La maldición paterna se convirtió en obse­sión, junto con esa fecha y ese cuchillo, que en la escena cuelga de una pared. A los pocos años el hijo Kurt, aún niño, mata por un fatal accidente a su hermanita, y sus padres, horrorizados, le alejan de la casa, confiándole a un tío. La escena se abre en una tempestuosa noche en la mon­taña. Kunz y Trude están desesperados: al día siguiente, el fatídico 24 de febrero, los acreedores los echarán de su miserable choza, lo único que les queda. No hay pan, y sólo poca leña en el hogar.

La fecha y el crimen se imponen con horror en el diálogo, obsesionantes. De repente los ancianos oyen llamar a la puerta, y he aquí que entra un viajero que se sienta junto a ellos y les habla de su inquietud que le empuja de país en país sin darle paz, como una maldi­ción continua, pero también cuenta que es rico y tiene una bolsa de oro. Es Kurt, quien, no se sabe por qué, varias veces está a punto de revelar su identidad, pero acaba por callar. Los ancianos no le reco­nocen y su pesadilla va aumentando. Final­mente Kurt se acuesta y Kunz, llegando al paroxismo de la desesperación, aterrori­zado y sugestionado por la hora fatal que está a punto de llegar, toma el cuchillo y mata a su propio hijo, que muere revelando su identidad y perdonando. Pero el perdón no es suficiente para librar el ánimo del peso del sombrío terror, ni para aligerar un poco la atmósfera sofocante del pecado. El drama alcanza así, entre tantas atroci­dades, una fuerza de sugestión innegable, aunque con medios brutales. El argumento está desarrollado con habilidad, y hay mo­mentos líricos de gran belleza.

El prólogo, en verso, añadido en 1815, lleva una nota en la que el autor recuerda que la tragedia tuvo en 1810 el honor de ser estrenada en Weimar en presencia de Goethe, y a finales de septiembre de 1809, en Coppet, en presencia de Mme. de Staël, a la que «arrancó unas preciosas lágrimas». Siguiendo el ejem­plo de esta tragedia surgieron un sinfín de piezas horripilantes, que buscaban los efectos más violentos, y que llenaron los escenarios alemanes hasta más allá de la mitad del siglo.

G. F. Ajroldi

Esta tragedia es una combinación fantás­tica de horrores, y puede dar a los lectores y espectadores un escalofrío, pero nunca una emoción francamente poética, ya que el sentimiento de la culpa sólo es tal cuando se aclara a la luz de la conciencia, que es el verdadero objeto de la poesía. (B. Croce)