[A velhice do Padre Eterno]. Poema satírico del poeta portugués Abilio Manoel Guerra Junqueiro (1850-1923), publicado en 1885. Es el más virulento ataque lanzado en poesía contra el catolicismo, bajo el nombre de clericalismo.
El poema carece de verdadera urdimbre narrativa o dramática y está constituido por sátiras e invectivas a lo Víctor Hugo, sin otro ligamen entre ellas que el denominador común anticlerical y revolucionario, la violenta irrisión de los dogmas, las invectivas incendiarias contra los sacerdotes, que sacrifican a los humildes y desheredados de la fortuna a la soberbia de los príncipes y a las voraces fauces de la burguesía cristiana y liberal. La poesía cesa de ser aquí contemplación o efusión, y se convierte en un arma de combate. Un arma tomada del arsenal de las filosofías positivista y evolucionista, que en aquellos años sustituían victoriosamente al espiritualismo, pero que usada por el autor fuera de su oficio lógico, da lugar a declaraciones vacías y vulgares.
Bajo el ingenuo cientificismo se advierten, sin embargo, las vibraciones de un poeta y la indignación de un espíritu que anhelaba ver el bien triunfante en el mundo, y que contra las hipocresías estratificadas y sancionadas por la religión _ afirma su evangelio humanitario. Tal indignación se traduce en hinchada oratoria llena de antítesis, que, sin embargo, cuando coincide con el sentimiento (como en el prólogo, al recordar a la madre que de niño le enseñó a rezar), se aplaca en momentos de sincera emoción, que hallarán su verdadera y directa expresión lírica en Los simples (v.).
Guerra Junqueiro es el más fiel y el más dotado representante de la poesía revolucionaria de su tiempo y de toda la ideología del siglo XIX, con todas sus presunciones e insanias: …la confusión de palabras audaces e irreverentes, de metáforas, de ideas, de raciocinio, la superstición de la ciencia — una ciencia que sus propios adoradores, * pobres literatos, a menudo nunca llegaron a poseer —; el delirante amor por la libertad, en política y en arte; la ingenua simplicidad de la filosofía; las precipitadas generalizaciones y la injusticia de los juicios. (F. de Figuereido)

