El Príncipe Otto, Robert Louis Stevenson

[Prince Otto]. No­vela legendaria de Robert Louis Stevenson (1850-1894), publicada en 1885, a continua­ción de la célebre novela de aventuras La isla del tesoro (v.).

Diríase que después de haberse trasladado en espíritu a los lejaní­simos mares donde más tarde la vida había de conducirle, entre piratas pintorescos, la poesía de Stevenson quiso acariciar un tema ceñido, grácil y leve. El príncipe Otto es un libro elegante y frío, una especie de exquisito minué setecentista. La acción se desarrolla en una pequeña corte alemana, en un pequeño Estado, amanerado, perdido entre las selvas alpinas preferidas por los cazadores: Grünewald (que significa Selva Verde), «miembro infinitesimal del Imperio germánico». La época es un siglo XVIII convencional y garbosamente ironizado, re­movido sin embargo por algún soplo revo­lucionario y volteriano.

Los cuatro perso­najes principales forman una «partie carrée»: son el príncipe Otto, débil, sin la menor confianza en sí mismo, amablemente escéptico, sin creer lo más mínimo en su misión de príncipe ni en sus derechos; la princesa Serafina, gracioso y dócil instru­mento en manos de los intrigantes de la corte; el primer ministro Gondremark, ma­quiavélico político sin escrúpulos, y su cí­nica amante, la condesa von Rosen. Muchos consideran al ministro el favorito de la princesa; en compensación la condesa von Rosen, para mantener en el cuarteto una especie de equilibrio, coquetea ostensible­mente con el príncipe. A través de un gra­cioso juego de aventuras que no llega a ser apasionante, se alcanza el previsible desen­lace: caído el efímero reino y proclamada la república, el ministro y la condesa mar­chan juntos mientras el príncipe Otto y la princesa Serafina — ahora que sólo son un hombre y una mujer — descubren que se aman.

Hay además, externo al relato, un curioso viajero inglés, sir John, que se con­vierte en mordaz cronista de los escándalos de la efímera corte de Grünewald. El príncipe Otto es un juego refinado y algo in­útil, obrita rica en dotes estilísticas, pero pobre en vida; más hija de la civilización que de la naturaleza, y de una civilización libresca y despreocupada. Su mérito radica en el buen gusto con que es tratada; su límite, la sustancial indiferencia del mismo autor, que lleva el juego de los personajes con participación puramente estética. Obra de exquisito cansancio: de hecho, Steven­son, al escribirla, era víctima de la tisis, contra la que luchó heroicamente toda la vida, peregrinando de Davos a la Riviera francesa y finalmente a los Mares del Sur: siempre al borde de la muerte y siempre trabajando con tenaz probidad de artista.

P. G. Conti

Si Thackeray es nuestra juventud, Ste­venson es nuestra infancia: y aunque ésta no sea en él lo más artístico, es lo más importante en la historia del arte Victo­riano . (Chesterton)