[Vlaicu-voda]. Drama en cinco actos y en verso del escritor rumano Alexandru Davila (1860-1929), estrenado con éxito en 1902 y considerado como la obra maestra del teatro histórico rumano.
Ladislao I, rey de los rumanos y al mismo tiempo vasallo de Luis el Grande, rey de Hungría, sueña en liberar a su país de la servidumbre extranjera, que no sólo procura la conquista política sino también la religiosa. Los príncipes rumanos ortodoxos consideran que Ladislao es demasiado débil y sometido a su madrastra, la reina Clara, húngara de nacimiento, quien intriga en la corte con el barón Kaliany, delegado de Luis. Por ello deciden obligarlo a abdicar en favor de su joven sobrino Mircea. Pero éste, enamorado de Anca, hija de Clara y hermanastra de Ladislao, teme por su amor y se niega. Ladislao está enterado de todo ello, pero tiene confianza en sí mismo y en que el ban serbio Simón Staret le traerá fuerzas militares suficientes para truncar toda opresión húngara. Para hacer duradera dicha alianza ha decidido además dar como esposa su hermanastra Anca a Staret.
La reina Clara, para impedir los designios del rey, instiga a los príncipes para que aprueben pronto los bodas de Anca y Mircea; entonces interviene enérgicamente Ladislao y finge aprisionar a los principales rebeldes, a quienes revela su plan; Mircea, que espera obtener de Ladislao a Anca, le revela que su madrastra se dispone a matarlo y Ladislao la hace encarcelar. Entonces, seguros de los refuerzos próximos, envía al rey su delegado Kaliany, denunciando todas sus obligaciones de vasallaje y declarando su independencia. Pero Mircea, cuando comprende que se verá privado de Anca, desesperado trata de matar al rey, y sólo consigue herir a su fiel e íntimo consejero Grue. Ladislao se da cuenta del dolor del joven y, seguro de su autoridad, en lugar de atacarle, le induce a sacrificar su amor al amor a la patria y sustituir en adelante a su lado a Grue, convirtiéndose en su consejero y sostén. El drama, que se resiente de la influencia de Hugo y de Rostand, revela el gusto por las minuciosas reconstrucciones históricas. El autor, para conseguir mayor dignidad en el diálogo, alterna palabras de origen literario con otras en desuso, estableciendo un lenguaje áulico y docto que por otra parte, a fines del siglo, fue adoptado en muchas literaturas para el drama histórico.
G. Lupi

