El Espejo De Oro, Christohp Martin Wieland

[Der goldense Spiegel]. Novela politicofilosófica aparecida en 1772. El autor simula haber traducido un antiguo libro chino, donde, al estilo de Las Mil y una Noches (v.), para hacer conciliar el sueño a Schacht Gebal, sultán del Indostán, la sultana Nurmahal empie­za a narrar las historias del pueblo asiático de los Ciescianos.

El filósofo Danischmed interrumpe cierta noche el relato para ha­blar de un país bienaventurado donde to­dos viven según las leyes de la naturaleza y de la benevolencia e ignoran el mal y el dolor que de él dimana; país utópico que sólo puede realizarse en pequeñas colo­nias. Alternativamente, Nurmahal y Da­nischmed continúan las historias de los reyes de los ciescianos que culminan en las figuras de dos tiranos, Azor, débil es­clavo de las mujeres, e Ispandian el insa­ciable, víctima de la adulación de un fa­vorito.

El pueblo, reducido a la esclavitud y privado de los más elementales derechos, el día en que el favorito asesina al rey, se rebela al grito de libertad, mata al traidor y elige rey en su lugar a Tifan, sobrino de Ispandian que, educado clandestina­mente por el sabio Oschengas, se convierte en príncipe modelo. Ello da a Wieland posibilidad de delinear su ideal del perfec­to príncipe. Un buen rey no es el que efectúa grandes gestas, sino el que sabe gobernar bien a su estado y lo ordena con criterio sensato. Lo primero es una buena legislación que delimite los derechos y de­beres de cada ciudadano y a la que el mismo rey debe someterse.

Es necesaria también una cuidada administración de los bienes públicos, que han de estar netamen­te separados del patrimonio real; y, final­mente, la clase de los bonzos y sacerdotes, que tienden a oscurecer la verdadera reli­gión del Ser Supremo con bajas supers­ticiones, ha de mantenerse alejada del pueblo. Estamos en pleno período de re­formas, y el «ilustrado» Wieland, con su doctrina que le valió el puesto de precep­tor de los hijos de la regente Amelia de Sajonia-Weimar, aplaude al príncipe refor­mador.

G. F. Ajroldi

A Wieland debe su estilo toda la Alema­nia septentrional. Ella aprendió mucho de él, y la facultad de expresarse convenien­temente no es cosa despreciable. (Goethe)