El diputado de Bombignac, Alejandro Bisson

[Le député de Bombignac]. Comedia en tres actos repre­sentada en París en 1884. El conde Chantelaur se aburre mortalmente en su castillo cerca de Poitiers, donde, con su mujer y su cuñada, vive bajo el imperio de la terrible suegra, una beata reaccionaria e intransi­gente. Por fortuna, está con él Pinteau, un condiscípulo que hace las funciones de se­cretario y le tiende un cable cuando el conde quiere divertirse un poco. Ahora ocurre que, necesitando quince días de li­bertad para reunirse en París con Sidonia, una actriz de las «Varietés», no encuentra otro medio que hacerse proponer en la can­didatura para diputado, candidatura que el partido realista de Bombignac, en la Baja Garona, ha ofrecido en vano a su amigo Morand.

El lugar es lejano, la derrota es segura, porque se trata de un departamento de arraigo republicano, así es que podrá impunemente mandar al distrito en su lugar al fiel Pinteau, en tanto él vuelve a París. Pero el fiel Pinteau es un gran hombre; arrastrado por sus íntimas convicciones re­publicanas, olvida que ha de hacer el papel de conde Chantelaur y hace unos discur­sos incendiarios que le valen una estrepito­sa victoria; además, se enamora de una se­ñora de Bombignac, la marquesa Zenaida de Valboisé, que, a su regreso a Poitiers, le sigue a poca distancia.

Pero esta presunta marquesa no es más que la entretenida de Morand, quien, entre tanto, se ha hecho novio de la cuñada de Chantelaur, y ahora sospecha a su llegada una venganza; por otra parte, a la vez que ella, llega también Sidonia a Poitiers. La agitación es general, particularmente viva en Chantelaur, que, a su llegada de París, sabe por su suegra, que ha ejercido ampliamente de censor postal, la traición política y conyugal y la inmi­nente llegada a Poitiers de una mujer que le quiere. Naturalmente, todo se arregla y, excepto la suegra que queda derrotada, todos los personajes terminan por encontrarse más felices que nunca. La comedia, se podría muy bien decir la farsa, se sos­tiene por la viveza, especialmente de los dos primeros actos, y por la agudeza del diálogo que culmina en algunos golpes de irresistible jocosidad.

E. Ceva Valla