El Comediante y la Gracia, Henri Ghéon

[Le comedien et le grace]. Obra dramática de Henri Ghéon (Henri Vangeon, 1875-1944). En un prólogo interesante, el autor no se limi­ta sólo a hablarnos del tema de su pieza teatral, y se extiende sobre algunos de los puntos esenciales de sus teorías dramáticas. Insiste particularmente en la necesidad de una continua colaboración entre el autor, el intérprete y el público, colaboración que ha dado origen y carácter a sus Diversio­nes y milagros para el pueblo honrado y ha inspirado la fundación y actividades de los «Cofrades de Nótre-Dame». El comedian­te y la gracia, que primitivamente se titu­laba «El comediante interviene en el jue­go», pertenece a la serie de comedias y dra­mas que el autor considera «capaces de ba­rrer algún día las vallas alzadas desde hace ya siglos entre el arte dramático católico y el gran público». El autor vuelve a abordar aquí el tema tratado por Rotrou: Dioclecia- no hace que el actor pagano Ginés ponga en escena la historia del mártir Adriano y de su mujer Natalia y, al interpretar el papel de aquél, el actor se convierte. En la ver­sión de Rotrou, la gracia le venía al actor del exterior; una voz procedente del cielo conminaba a Ginés a rendirse; y a partir; de aquí, proseguía ya sin resistencias la acción dramática hasta su fin.

Pero la ver­sión de Ghéon nos enfrenta con un drama profesional (el del gran actor enamorado de su arte que debe ingeniárselas para repre­sentar lo mejor posible a un personaje que detesta), con un drama personal (el del co­mediante que se adentra en un papel que va removiendo las fibras más sensibles de su alma y le obliga a salir de la ficción para tomar contacto con la realidad; en este caso, Ginés recurre para informarse a su herma­no, que es cristiano), con un drama sobre­natural (el de la gracia sirviéndose de las propias razones del actor, de las razones y pasiones de los hombres, y si el actor ce­de, sólo es, en principio, en honor de su arte, arrastrado por la convicción de su va­lía; él demostrará que puede desempeñar aquel papel despojado de la máscara, sin te­mor de que en su rostro se dibujen rasgos en desacuerdo con el personaje encomen­dado). En el primer acto Ginés se nos apa­rece en su papel, de director de escena du­rante el ensayo de El rapto de Elena. Una actriz muy joven recita su parlamento, cuan­do, de súbito, irrumpe Popea, la gran actriz de moda y favorita del Emperador, que in­terrumpe el ensayo para dar salida a su despecho. Después, se presenta Diocleciano en persona, para proponer, o mejor dicho imponer una nueva obra a la compañía.

El autor, Polidoro, se somete mansamente a este nuevo capricho y, por tratarse de un tema tan distinto al habitual repertorio dé dioses y mitos, solicita un plazo. Ginés, por el con­trario, protesta.Cierto que ha sabido en­carnar toda suerte de personajes y de ca­racteres, pero, en esta ocasión se le pide demasiado, como es identificarse con una creencia que aborrece. Finalmente, acaba por ceder y, a partir de este momento, con celo profesional, le vemos poner en juego todos sus recursos para iniciarse simultánea­mente en la fe y prácticas de los cristianos, conocimientos que tan necesarios le son para representar una de sus más puras encarna­ciones: un mártir. A esta labor preparatoria le veremos consagrado en el segundo acto. Quizá la obra que Polidoro ha escrito sea mediocre, pero el actor se encarga de forjar cálidamente en su corazón lo que el dramaturgo ha concebido abstractamente, en frío. Aquí se intuye el arranque del drama, el punto de partida que brinda la conciencia profesional, reveladora en ciernes de la con­ciencia espiritual. Y para dar más vida, ma­yor agudeza a la crisis que se prepara, he aquí a Ginés asediado por el amor de Popea, por el patético espectáculo que le brinda con su pasado de cortesana. «Si yo hubiese co­nocido antes el amor verdadero, jamás lo habría traicionado, jamás lo habría cam­biado por ningún otro», declaración que, tras la íntima conversación sostenida con su hermano cristiano, cobra ya a ojos de Ginés un sentido sobrenatural.

Las últimas instruc­ciones que da a los miembros de la compañía corroboran ya el presentimiento. El acto tercero — día del estreno del Martirio de Adriano, en el teatro Baco, de Nicomedia — es la consagración simultánea del genio del actor y del triunfo de la gracia: Ginés se despoja de la máscara en cumplimiento de la orden del Emperador entusiasmado, para desentenderse al mismo tiempo de su papel escrito: «Yo soy Adriano y no soy Adriano. Yo soy Ginés y ya no soy Ginés.» Se des­aloja la sala entre el tumulto y Diocleciano, casi a punto de comprender y quizá de perdonar, termina por desviar la atención del actor, para ordenar a los suyos que hagan justicia. En la producción dramática de Henri Ghéon, esta obra ocupa un lugar par­ticularísimo y muy bien, junto con su pró­logo, podría titularse algo así como «Defen­sa e ilustración del teatro cristiano». Si, por regla general, los temas tienden a desarrollarse en la más estrecha armonía posible con las exigencias del espectáculo y los ca­racteres de los personajes, en El comediante y la gracia nos encontramos, al mismo tiem­po, con que incluso las reglas del arte dra­mático representan a su vez los goznes que hacen posible el juego del drama.