[II Cinque Maggio]. Es la oda más famosa de Alessandro Manzoni (1785-1873), escrita casi de un tirón en julio de 1821, cuando el poeta supo la muerte de Napoleón, ocurrida el cinco de mayo del mismo año en la lejana isla de Santa Elena. Esta oda es la expresión lírica inmediata al estupor atónito que invadió al poeta, como si en el mundo (son sus propias palabras) faltase de repente alguno de los elementos esenciales. El poeta, «virgen de servil encomio» en los tiempos en que toda Europa se deshacía en adulaciones serviles al gran déspota, virgen también del «cobarde ultraje» inferido al gran hombre caído, siente el deber y el derecho de elevar ahora, en nombre de la humanidad y de la serena justicia histórica, un canto al gran desaparecido. En una breve serie de estrofas rápidas y concisas, la oda prosigue recomponiendo en sus rasgos esenciales el cuadro de la estridente y fulgurante epopeya napoleónica, dejando a la posteridad la «ardua sentencia» de un juicio definitivo, porque el poeta se contenta con «inclinar la frente» ante el «Massimo Fattor», viendo en Napoleón al ejecutor de los inescrutables designios de la Providencia que gobierna la historia. Pero ni aun vista de tan cerca, ni el amor ni el rencor pueden destruir una realidad histórica, pues la obra napoleónica sella un momento de importancia fundamental para la historia europea en el tránsito del siglo XVIII al siglo XIX. Aquí se inicia la segunda parte de la oda: la epopeya se convierte en drama, desaparece el déspota fulgurante, quedando el hombre débil y dolorido; a la vastedad del continente recorrido con la rapidez del rayo, sucede el viaje a Santa Elena; a la acción sucede la inmovilidad, a la realidad el recuerdo, a la posibilidad de todos los sueños audaces, la triste certidumbre del declinar.
Aquella sustancia de gloria se hace recuerdo y, en el recuerdo imborrable, sustancia de dolor que amenaza trastornar al hombre y hace caer su mano cansada sobre las páginas en las que trataba de narrarse a sí mismo. El hombre débil y dolorido rescata y expía al déspota y al guerrero, pero gracias a su dolor, conquista nueva grandeza y nueva nobleza. El drama culmina: el espíritu del coloso está a punto de precipitarse en la sima de la desesperación, pero viene consoladora y «próvida» del cielo la mano de la Fe para llevarlo por los campos floridos de la esperanza, hacia los «campos eternos» en los que la gloria mundana no es más que* «silencio y tinieblas». El drama del hombre se purifica en la consoladora dulzura de la palabra cristiana, Napoleón se pliega al «deshonor del Gólgota»; prenda de ésta sublime reconciliación es el Crucifijo que «sobre la colcha desierta / junto a él mismo se posó». El Cinco de Mayo carece de la efusión artística de otras poesías líricas manzonianas, tales como Pentecostés o los dos coros’ del Adelchi (v.), pero en su ímpetu lírico es un todo inescindible, en el que el drama del héroe se eleva y se canta, bajo el impulso de un estímulo contingente, en las regiones superiores del sentimiento religioso y humano y de la justicia histórica. Como obra de circunstancias, El Cinco de Mayo es, en su género, insuperable; muy alabada en cuanto fue conocida, alcanzó hasta el honor de una traducción de Goethe. [Trad. de Juan Eugenio Hartzenbusch, en Tragedias, poesías y obras varias de Alejandro Manzoni, tomo II (Madrid, 1891)].
E. Mattalía
Poderoso trabajo de concentración en el que se precipitan los acontecimientos y los siglos como atraídos y elevados por una fuerza superior en aquellos esdrújulos impacientes, que se encrespan unos sobre otros, apenas frenados por la rima. En esto consiste la grandeza monumental de esa poesía. (De Sanctis)
Muchas veces censurada verso por verso, frase por frase, no siempre sin razón, es, con todo, una gran poesía. (Croce)

