El Anillo y el Libro, Robert Browning

[The Ring and the Book]. Poema inglés de Robert Browning (1812-1889), publicado en 1868- 69; la obra más importante del poeta. Los hechos están extraídos de lo que el mismo Browning llamó «el viejo libro amarillo» [«the oíd yellow Book»], comprado por él en Florencia en la plaza de San Lorenzo, y que narraba los detalles de un proceso por asesinato ocurrido en Roma en 1698. La composición de su obra puede decirse que ocupó a Browning desde el día que adquirió el viejo volumen, en 1862, por más de tres años. El delito excitó la fantasía del poeta, que, como su padre, era un apasio­nado de las causas y los crímenes famosos. El «libro» del título es el que sirvió de base al poema. Y como el orfebre, que para hacer un anillo de oro puro, debe mezclar con aleación el metal precioso, formar y decorar el anillo y al final separarlo de la aleación; así el autor ha de­bido mezclar, al oro puro del «viejo libro», demasiado crudamente fiel a los hechos, la liga de su imaginación y mezclar sus ideas con aquéllas: de ahí el «anillo» del título. Aunque se dijo que el lector, llegando al fin de los veinte mil versos de los doce libros del poema, no está verdaderamente informado de cómo se desarrollaron los hechos, porque sólo tuvo testimonios par­ciales, puede afirmarse que Browning, in­cluso desde un punto de vista de pura téc­nica narrativa, supo utilizar magistralmen­te el material encontrado que, además de las declaraciones testificales y las defensas, comprendía el «veredicto definitivo» y al­gunas cartas manuscritas.

Los hechos del poema son los siguientes. En 1679 vivían en Roma Pietro y Violante Comparini, ancianos esposos que disfrutaban de una buena renta pero estaban endeudados. Como su capital dependía de un posible heredero que no te­nían, pensaron en procurarse uno; tomaron como hija a una niña, nacida de una mu­jer de mala vida, y la llamaron Pompilia. Había en Roma un gentilhombre pobre, el conde Guido Franceschini de Arezzo, de unos cincuenta años y deseoso de rehacerse un patrimonio con bodas señoriales. Cre­yendo que Pompilia era muy rica, la pidió por esposa y fue aceptado por los Com­parini que a su vez le creían riquísimo. Después de las bodas los cuatro vivieron en Arezzo, pero pronto Pietro y Violante volvieron a Roma. El desacuerdo era ya grave, por el recíproco descubrimiento de la inexistencia de caudales. Poco más tarde Violante confiesa el fraude Cometido y se le dice que, para obtener la absolución, debe devolver a los verdaderos herederos el dinero que había conseguido. Guido tra­ta a Pompilia con la mayor crueldad, y decide deshacerse de su mujer, cuyo origen ya no ignora, y la acusa de serle infiel y de amar al canónigo José Caponsacchi a quien ella conoce apenas. Pompilia pide protección contra el marido al arzobispo y al gobernador, pero en vano. A punto de ser madre, decide huir a Roma, bajo la protección de Caponsacchi. En Castelnuovo son alcanzados y llevados a las Nuevas Cár­celes de Roma, en espera de ser procesa­dos por adulterio. Reconocidos culpables, son condenados: Pompilia, que ha de dar a luz a su hijo, es trasladada a casa de los Comparini.

El conde Guido envía a la casa cuatro asesinos y hace matar a la mujer y a sus padres, pero es descubierto infraganti, procesado y ajusticiado. El poema, que en el primer libro expone el asunto del relato y en el último da el epílogo, es una serie de monólogos dramáticos en los cua­les los principales personajes del drama y otros, narran los sucesos según resultan a sus ojos. El segundo y tercer libros dan la opinión de Roma; el cuarto («Tertium Quid»), la de la sociedad elegante que, in­diferente y cínica, excusa y acusa a cul­pables e inocentes. En el quinto libro se defiende ante los jueces; en el sexto Capon­sacchi, indignado, rechaza la acusación; en el séptimo Pompilia, muriendo en el hos­pital, narra su conmovedora historia; en el octavo y el noveno los defensores hacen gala de su habilidad de juristas sin preocuparse demasiado por lo que han dicho sus clientes; en el décimo el Papa, a quien ha apelado el conde Guido, considera los tris­tísimos sucesos; en el undécimo Guido, en la cárcel, la noche anterior al suplicio, im­preca y trata con desdén a los dos sacer­dotes que le llevan los consuelos de la re­ligión. Como se ve, el poema muestra en sucesión variada los mismos hechos, tal como aparecen a los protagonistas y a quienes forman parte importante del pro­ceso. Browning consiguió dar, con su inspi­ración rica y fluente, compuesta e inclina­da a las complicaciones, estupendos retratos que viven por sí solos, independientemente de las relaciones que tienen en la obra. Cada uno busca la verdad, su verdad, y la expone con claridad humana, con fuerza dramática, con conmovedora sinceridad, con cinismo y violencia, con sabia doctrina que sigue a los hechos y los interpreta, con bondad comprensiva: según su carácter y naturaleza.

El poeta lo da todo en la in­mensa obra; y su gusto por lo paradójico y lo grotesco, su piedad humana, su amor del pasado, sus esperanzas, es materia de observación y está marcado con efusiones que a menudo tienen un calor lírico y una grandeza poética que hacen de esta obra, necesariamente desigual, uno de los grandes logros del siglo XIX. El asunto de mero reportaje está elevado a altísimo va­lor humano. La busca del valor poético en el horror de la novela sensacionalista, está conseguida con sabia psicología y genial reconstrucción de los hechos y la época. Fascinado por los problemas espirituales el poeta recrea la historia y hace de ella cen­tro de remordimiento y dolor, de grandeza y de miserias humanas. La verdad de la emoción y del espíritu está siempre pre­sente y es la única que le alcanza. De ello surge un resultado épico que fue diversa­mente juzgado por sus contemporáneos y sucesores. La forma no está demasiado tra­bajada y cae algunas veces en crudezas e imperfecciones; el verso no es, siempre regular y se dijo que varias veces era infor­me. Pero hay momentos de intensidad con­movida y acentos líricos que muestran al poeta en toda su grandeza.

A. Camerino

Browning es el inglés centrado obstina­damente en sí mismo, que sigue su olfato como un alano, según sus simpatías o anti­patías. (Chesterton)

Considerado como creador de caracteres, el lugar de Browning está inmediatamente a continuación del que creó Hamlet; si hu­biese sido menos confuso hubiese podido sentarse a su lado. (Wilde)